Crítica

Casi un sociodrama

jueves, 28 de abril de 2016 · 00:00
MARCO ZELAYA
Periodista



Habría sido fascinante que aquel 24 de abril, en el Teatro Municipal, la adaptación dramática de una de las célebres Novelas ejemplares,  El casamiento engañoso, alcanzara la altura de las palabras con que se evocaron los cuatro siglos de la muerte de su autor, el más encumbrado de los escritores de la lengua castellana, Miguel de Cervantes, pero lamentablemente no fue así.

No lo fue porque Perra Vida apenas refleja el argumento de la novela corta de Cervantes y porque la traslación de la ficción a las tablas no suele ser automática. El casamiento engañoso es una obra ligada a El coloquio de los perros -la primera da lugar a la segunda-, que es, acaso, la más bella de las Novelas ejemplares, incluso más que Rinconete y Cortadillo y El licenciado Vidriera, entre otras, lo cual no es poco, ya que hablamos de los mejores textos de la picaresca española. El diálogo entre los canes Cipión y Berganza refleja el talento del inmortal escritor español, que estuvo a un paso de convertirse en autoridad y vecino de esta ciudad, como está escrito.

De tal suerte que vemos al alférez Campuzano convertido en el propietario de un bar, quien narra sus desventuras a Peralta, transformado en Perra Vida en una comerciante; el papel central, tanto en la obra cervantina como en la del director y autor José Padilla, es el que interpreta Estefanía de Caicedo; si en la novela corta Estefanía engaña al alférez Campuzano, a quien hace creer que es una moza con una buena dote, lo cual es falso de toda falsedad, y se casa con él, en la versión libre hay una Estefanía no menos taimada, que engatusa al dueño del bar -es tan sobria y existencialista que lee El extranjero de Albert Camus- al extremo de quedarse con el negocio y condenar al incauto a la mendicidad.
 
Pero lo que en la novela corta incluso arranca risas de complicidad, por los tejemanejes de la pícara Estefanía, cuyo propósito en realidad era desplumar al alférez Campuzano, en la versión libre el ambiente es más bien tétrico y de velorio; Perra Vida renuncia a la vena picaresca y se sumerge en un valle de sombras en el que se extravía para siempre; se juega por la moraleja: ojo, desconfía, que un extraño, rumano para más señas, te puede arrebatar todo lo que tienes con tanto sacrificio; parece, en consecuencia, no una adaptación libre de la genial novela corta cervantina, sino un sociodrama patrocinado por el gremio de propietarios de bares, para evitar que sus afiliados sean estafados.
 
Ayuda a este propósito la actuación llana y sin matices del elenco, a excepción del que lleva el papel de Campuzano caído en desgracia. Lo demás es para el olvido.

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