Carta de vuelta de tuerca

sábado, 30 de abril de 2016 · 00:00
Óscar García / La Paz

Señor Sepúlveda, Isidoro Sepúlveda Veizaga, presente y todo lo que se usa para una carta de esta naturaleza. Primero lo saludo, con total cordialidad, como si fuera verdad. Ya sabe usted que en las cartas nos ponemos todos cordiales y es probable que hasta nos apreciemos y nos digamos querido esto, querida esto otro. Para el caso nuestro mantengamos el asunto en cordialidad.
 
Mire, la cosa es que de acuerdo con  su nota de no se qué fecha, en la que nos pedía hacerse cargo de la construcción de semejante infraestructura, la verdad es que ya alguien se está haciendo cargo. Con absoluta transparencia, por supuesto. Ya sabe usted que las transparencias dejan ver un manejo impresionantemente claro e inocuo de las cosas. Nuestros tratos siempre los hicimos detrás de un velo de nailon transparente para que las siluetas, las nuestras, dejen sugerir cada paso que damos.
 
Si no le pareció así, nada podemos hacer al respecto. Mire, antes de llegar al primoroso contrato que lo tiene ante sus ojos, le dimos muchas vueltas, nos reunimos con los otros innumerables veces, en un café, en una piscina cerrada, en la casa de uno de los ejecutivos. Fuimos un fin de semana a un lugar paradisíaco en el que había, además de mucha piña colada, muchachas deambulando en paños menores, cosa que para la vista, de día, era una maravilla y en la noche, ya sabe usted Sepúlveda, ya sabe. 
 
En otra ocasión estuvimos largas horas en un karaoke de mala muerte, allá por la zona de Chijini Alto. ¿Así se llama, no? Ahí donde van los rateros. Y que hayamos estado ahí no nos hace de semejante condición, por supuesto. Hay rateros y rateros, no hay que confundir. El hecho es que de todas esas reuniones y arreglos, como se dice, de caballeros, han surgido estas condiciones que para los ojos suyos y de cualquier otro ingenuo ciudadano que mira con los ojos de total asombro, son inmejorables, limpias, claras. No nos hagamos, señor Sepúlveda, nadie es tan estúpido como para escribir en un documento su propia inculpación. Hay de todo en la villa del Señor, pero los tontos inútiles están afuera, para mirarnos y que nosotros los miremos, para que elevemos una carcajada cada vez que preparamos una nueva artimaña para incrementar nuestras arcas, las personales, claro.
 
Usted, señor Sepúlveda, fue parte de estos mecanismos, por mucho tiempo. Sabe cómo es, sabe que primero se arregla, después se escribe. ¿Cree usted que no sabemos que usted sabe? ¿Y que todos saben que nosotros sabemos y que usted sabe que todos saben y nadie dice nada al respecto porque en medio inventamos argucias y palabras con un extraño contenido estrambótico que por lo general no quiere decir nada?
 
Sabe usted, señor Sepúlveda, y por favor cuando escriba una nota a este despacho, hágalo en clave o algo así.
 
Lo que está escrito suele quedar como una fuente, como un documento inalterable aunque ahora y de antes, sospecho, que no hubo ningún documento que no se pudiese alterar. Hasta el certificado de nacimiento de Mister Atlas está alterado, yo sé porque lo alteramos nosotros. Ahora sabe algo más. No se asombre ni se ponga triste, solo quedó fuera de un trato que no fue un trato, las gentes cambian, aquí, de puesto y de jerarquía. Se habrá dado cuenta de que el que fue recepcionista ahora es director y si usted le cayó mal por algún motivo, ahora cuando necesite su firma, le va a ir mal. Así es, y usted sabe que así es. No se asuste, no es que se lo saque de en medio, solo lo estamos reasignando, a la calle.
 
Ya ve, todo da una vuelta, los que suben caen, los que andan reptando algún día se levantarán y treparán por los troncos hasta la densidad de los árboles ahí arriba. Pero intentaremos que no pase. Haremos lo posible. ¿Sabe qué,  señor Sepúlveda? Ahora con calma, viva un poquito cada día, no se preocupe, no se haga dar pataleta, al final, ya no tendrá que estar correteando. Mientras menos tiene, verá que menos se preocupa. Como los consejos opiómanos de la Iglesia, sea pobre Sepúlveda y será feliz. Aquí, en todo caso, ya no tiene cómo ganar.
 
Quedo de usted y me despido con una cordialidad que no tiene idea.
 
Y por último, en los avatares de estos tiempos en los que la velocidad nos vence, la conexión es más importante que la comunicación y la cosa más que el verbo;  vaya por ahí, a oler los mercados de las calles, a escuchar la ciudad desde una altura, vaya a amar en una cocina bien usada, vaya, ahora tendrá tiempo.

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