Las vueltas de la fiesta

sábado, 11 de junio de 2016 · 00:00
Óscar García /  La Paz
 
La cereza de la torta se cayó de cabeza. Rebotó en el pavimento, dos veces. Y se fue a un rincón a morir sin arrepentimientos. Desde lo alto de la torta, en un movimiento originado por su propia decisión, parece que saltó.
 
No se vio de lejos. Las personas estaban ocupadas en otras cosas, unas en elegir a su gusto del día, otras en rodear al mozo para asaltar la charola proveniente de una cocina sumida en la locura colectiva. Otras gentes en mostrarse no en vivo sino en auto fotos para destacar ya sean atributos o la asistencia a un evento de la naturaleza de ese evento.
 
La cereza no importa, es una. Una que adorna, que remata. Una que no sirve para nada más que para ver. Una que está ahí sin haberlo pedido, sola, brillosa, rodeada por el todo, pero sola. Y ahora, muerta. 
 
Roja con el rojo de la sangre y esférica como el mundo, temprana como el llanto primigenio, emparentada con el humus, lista para los placeres escondidos, dubitativa por sus múltiples deseos y, por lo mismo, abierta a la otredad, cerrada a la unicidad. Roja con el rojo de las medias rojas que se separan en el mejor momento de las medias, sensible, con una pepa en el corazón.
 
Afuera ladra un perro negro a la luna que, como siempre, ni se inmuta y no se cree un queso. Los quesos no son de luna, no hay una vaca universal de la cual la luna haya sido hecha, no hay nada más que atracción e interferencia entre la luna y el mar. A eso le ladra el perro negro y a su negrura que resalta entre la luz y el empedrado azul. De los empedrados que quedan en la ciudad en la que sirvieron para enfrentar a un tanque diminuto con diminutos soldados con diminutas ametralladoras  con balas diminutas para hacer agujeros diminutos en los corazones agrandados de los entusiastas defensores de la vida pasada por las armas.
 
En el fondo de la torta viven unas macanas doradas atadas a cintas de colores varios. Están los aros y las ranas, los sombreros y las cornetas. Si una persona de pronto saca una corneta no se sabe qué es lo que le irá a pasar.
 
Probablemente nada, se irá con la corneta en el bolsillo, a la casa de una invitada que sacó el aro. Y se hará de día y tendrán sed y ganas de callar. La torta tiene la capacidad de ilusionar con sus cositas como las palabras que se dicen alguna vez para aplacar los síntomas del frío.
 
Es el propósito de la torta. No parece haber cosa sin propósito, ni acción humana sin propósito.
 
El de la sombra, saberte residuo de la luz y atarte como remedio de la gravedad, a las paredes y a las aceras, al contorno del árbol cuya sombra hace lo mismo. El del zapato, ir y venir y volverse cueca y esperar que amanezca cuando los pies entrelazados han vivido ya una estación sin trenes pero con cosquillas. El del pan, ser la paciencia del trigo y la sutura elemental de la mesa endeble, de la sola y de la temblorosa. El de la palabra canto, sonar en medio de los humos y establecer las insignes melodías de las silenciosas luciérnagas que moran por ahí, tocando el agua.
 
El propósito del camino ni es llevar ni traer, es el estarse mientras circulan seres y cosas mecánicas pensando en irse o en llegar. El camino se hace primero del andar y no al revés. Después queda, y se abandona a su suerte.
 
El de la vida es la muerte, un estado mayúsculo de la felicidad fuera de todas las consignas que han sido nada más que deseo en este tránsito. Y el del Tránsito, por lo general, pasar multas por doquier, detener las ciudades para combatir la puntualidad y otras tonteras.
 
En el lugar del suicidio de la cereza hubo una mutación en el estado civil de los luminosos convocantes, dos, a juzgar por la ceremonia previa y atardecida. Dos que vienen de cuatro y cuatro de ocho y éstos del doble. Dos que quisieron ser uno para ser tres, como lo manda la ley sin ley alguna. Dos que son una abstracción conducente y constructiva, un número hecho de partes únicas e inseparables.
 
El perro negro se ha ido y no sabe qué se ha ido, se traslada y no abandona. Queda la memoria del ladrido a la esfera que no se ha movido. Se ha movido el mundo.
 
La fiesta ha terminado y en medio, en otro lugar, virtual, oculto, escondido, hace rato ya, otra fiesta ha comenzado.

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