Reseña

Hablas demasiado

martes, 21 de junio de 2016 · 00:00
Christian Jiménez Kanahuaty
 
Juan Fernando Andrade es cronista, ensayista, guionista y escritor de novelas. Entre ellas, Hablas demasiado, que es la novela más notable de una de por sí notable generación de nuevos narradores ecuatorianos que despojados de la estirpe de Pablo Palacio o Jorge Icaza y Javier Vásconez, explora el mundo urbano desde una mirada que podría ser tipificada como neoliberal o globalizada. Pero que no por eso deja de ser cierta y compleja, porque explora justamente aquello que las ciencias sociales e incluso cierta literatura ha dejado de mirar: el modo de comportamiento, aficiones y deudas pendientes con su pasado de una clase alta que se ha modernizado y ha recorrido otras latitudes geográficas, modificando también su identidad cultural, política y estética.

 Una literatura como la de Andrade nos muestra el desencanto juvenil de los años noventa y sus estertores, pero también nos ayuda a ver mejor lo que es Ecuador en general y Quito en particular. Y en ese sentido, los personajes que funcionan en la novela nos acercan a dudas existenciales que están en cierto modo emparentadas a las preocupaciones formales y espirituales de los personajes que pueblan las novelas de, por ejemplo, Alberto Fuguet, Daniel Alarcón, Maximiliano Barrientos y Alejandro Zambra. Andrade dialoga desde la lejanía con cierta tradición de la novela urbana anclada en América Latina, pero la refuerza por una mirada y un tiempo narrativo que tiene mucho del cine y de la literatura norteamericana contemporánea que no pierde el tiempo en imágenes retóricas o en metáforas innecesarias, sino que se enfoca en contar una historia de la mejor forma posible. 

Lo que encontramos en una novela como ésta es la manera en que la juventud también genera sus propios mitos y sus propias rupturas no sólo afectivas, sentimentales o ligadas al sexo opuesto. Lo que hace esta novela es también explorar cómo la ciudad va quedando atrás, como el Quito de una generación de los sesenta pasa a ser el Quito de la generación de los ochenta y de los noventa. Un Quito que es múltiple, como toda ciudad; pero que reniega como ninguna otra de su pasado y de su impostura moral. 

La novela de Andrade  es una tensión entre los silencios y entre las apariencias que sólo pueden reflejar las insuficiencias de una vida por medio de las palabras. Por eso el hablar demasiado es una apelación a construir un mundo propio, interior y asumir las consecuencias de los excesos. Ya no es necesario hablar, parece decirnos; lo importante es vivir. Y la vida es peligrosa y a veces también, aburrida. 

No hay salida. Aunque a pesar del pesimismo de estas líneas. El final, la carretera, el camino y la ciudad siempre te devuelven a casa, a las respuestas y a sentirte más o menos bien con la imagen que el espejo refleja de ti por las mañanas.

 (*) Es escritor.

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