Solsticios cotidianos

sábado, 25 de junio de 2016 · 00:00
Óscar García / La Paz

Las vizcachas saben de los menesteres de tomar sol. Los beneméritos también, en la plaza que descansa patas arriba frente a la iglesia de San Francisco. Pero ya casi no hay, beneméritos, claro, plaza hay para rato. El benemérito tomando sol, estático como antigua estatua de alguna heroína de la que poco se sabe, a pesar de los esfuerzos de los profesores de historia de primaria quienes atribuyen la estatua a doña Juana en su versión más infantilizada. Otros, a sor Juana Inés, en caballo. Un profesor se atrevió a sugerir que la estatua correspondería a la esposa del Cid Campeador, personaje del cual por estos lares no se tiene mucha noticia.

 El benemérito tomando sol, retomando la descripción, habla sólo de la inclemencia del clima en el Chaco Boreal. Cuenta de los árboles bajos, arbustos y se corrige. De la falta de agua o de cualquier líquido que fuera tomable. Cualquiera servía. Y de la asombrosa polifonía Sonora de los días, y de las noches. Habla de la muerte, de la de los otros y de la propia que se avecina a la velocidad con la que se avecina la muerte de cualquiera de los seres vivos en el planeta. 

La vida está colgada de una especie de perchero, en un hilo de pescar, el más fino, el más precario. Un soplo demás y la vida se escurre, se vuela y se escapa. El señor de la Guerra habla solo para que nadie lo escuche. Al hablar solo aprendió a mentirse y a creerse las mentiras. Se obligó, cierta vez, a decir que amaba a una mujer a la que no amaba puesto que todo el tiempo que podía  la evitaba. Un día le decía que tenía que arreglar los cables del zaguán, otro día, que tenía que ir al cementerio. Un benemérito como él no tenía otro lugar al que ir a visitar a las personas queridas. 

Otro día, que se había enterado que al final del mercado de Villa Fátima irían a rematar latas de sardina y que era una ocasión imperdible para hacerse de sardinas para los próximos seis meses dado que ya no podía comprar otra cosa. ¿Carne? Ni hablar. ¿Pollo? Alguna vez, en Navidad. Y marcaba las Navidades en la pared de su cuarto, una línea por cada navidad. Ya iba por la fila 2, de a cinco cuadrados con cinco líneas cada uno. 50 Navidades en el cuarto. Pero a la mujer que quiso amarlo, según dicen las novelas románticas y las buenas costumbres, decidió ignorarla de a poco hasta que se diluya toda sombra y aroma de ella. Pero a ella le decía que la amaba, a lo mejor para tener siempre una persona disponible si es que aconteciera un ataque de soledad o un  cataclismo mundial después del cual hay que estar mejor, acompañado. No para resolver la soledad, sino para abrir puertas, para escarbar, para defenderse de los peligros del mundo después de un desastre y para abrir latas sin abrelatas. Dos personas siempre van a poder resolver más cosas mundanas juntas, que una sola. Aunque se estorben en determinadas ocasiones.

Si la luz del sol recorría, él recorría con ella. Comenzaba el señor de la guerra las mañanas cerca de la puerta de la iglesia y terminaba la tarde lejos de la puerta de la iglesia. En invierno las jornadas eran más cortas. La luz del sol se iba detrás de las montañas más temprano, lo que le causaba una tristeza lenta, pesada como el ropero que lleva el aparapita para que otro guarde la ropa heredada y grande. 

Una tristeza que se veía desde lejos, agazapada, a su lado, como sombra, esperando el momento preciso para saltar y aferrarse de los hombros, para empujarlos hacia abajo, para que pese, para que se agache. Hace tanto tiempo ya que acostumbrado a andar agachado, había perdido la noción del horizonte. 

El suyo llegaba hasta sus zapatos. Es lo que veía mientras andaba. Los zapatos y los adoquines, el asfalto, la bolsa de nylon impulsada por el soplo, la cáscara de mandarina, el pedazo de factura, el moco, los otros zapatos y la huella de un crimen horrendo. Y subía la mirada, obligado, al llegar a su puerta y buscar el hueco de la cerradura para achuntarle con la llave. Y al entrar,  debía abrir la llave de paso y no de paso abrir la llave, el orden de las palabras puede causar un desorden en el sentido. 

Las palabras en el momento impropio y las cosas en el lugar equivocado y las personas en el mundo errado. Y el sol que da a la esquina imposible o a la naranja inalcanzable o a ninguna parte. Al sol hay que perseguirlo como a ratero, en días en los que es un rey. Ya se sabe que la palabra desastre seguramente viene de invierno, o de sombra o de frío. Desastre es el resultado del "desastrum”, la no estrella. Las vizcachas lo supieron antes que la guerra y la guerra antes que los sobrevivientes a la guerra y estos últimos  fueron siempre los últimos.

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