Reseña

Todas las historias de amor son historias de fantasmas

martes, 28 de junio de 2016 · 00:00
Christian Jiménez Kanahuaty
 
La biografía escrita por D.T. Max sobre David Foster Wallace es quizá el acercamiento más importante que se ha hecho hasta la fecha sobre la obra y la vida del escritor estadounidense que fue catalogado en diversas oportunidades como "el genio de su generación” y la ruptura más interesante que se ha logrado en la narrativa norteamericana desde la aparición de Thomas Pynchon, al cual el mismo Wallace rendía honores toda vez que podía.

 Su transición desde los estudios sobre la literatura, el estudio de algunas religiones y las matemáticas y luego la manera en que afrontó los periodos creativos de donde emergió cargado de cuentos, crónicas y novelas, son los espacios vitales de una historia intelectual y creativa que a D. T. Max le sirven no sólo para hablar de la obra del mítico escritor, sino para unir vida y obra y encontrar las conexiones entre ambas esferas que para muchos no se deberían tocar, porque ¿cómo puede explicar la vida, la obra imaginativa de un autor de ficción?

 Bueno, pues, de eso se trata: en primer lugar, Foster Wallace no fue solamente un escritor de ficción, sino un hombre capaz de ejercer distintos oficios y de desplazarse de un campo de conocimiento a otro con autoridad y autonomía relativa con respecto al anterior.

 Para él, a través de la biografía nos damos cuenta que tanto la ficción, como el periodismo y la crítica cultural junto a la reflexión de las lingüística y las matemáticas pasan a ser esferas de conocimiento interconectadas que se retroalimentan mutuamente y que poseen porosidad y profundidad explicativa sobre la totalidad del mundo. 

David Foster Wallace se suicidó el 12 de septiembre de 2008 y tras él, una legión de autores lo reconoció como su génesis. Tal como en este lado del mundo en 2003 tras la muerte de Bolaño, muchos escritores lo reclamaron como su padre literario y mayor influencia. Así, Wallace tiene mucho de mito y mucho de místico, porque es algo inacabado como su novela póstuma: El rey pálido. Pero, por suerte, esto no detiene el trabajo del biógrafo que conoce que la muerte no es sólo una parte más de la vida, sino que facilita el trabajo porque se trata de ahí en más de reconstruir de atrás para adelante y del futuro hacia el pasado una vida que fluctuó en distintas direcciones guiadas tal vez por los problemas depresivos del autor o por su falta de interés y autoestima en algunos tramos de su vida, donde los medicamentos eran además de ser un placebo, los mecanismos por los cuales Wallace se conectaba con comunidades de ciudadanos que estaban lejos de todas sus preocupaciones estéticas y formación académica. 

El trabajo de D.T. Max es un trabajo largo y apasionado por indagar cada uno de los espacios por donde Wallace anduvo y en todos ellos se detiene con calor, con ánimo interrogativo pero también con sorpresa. No se encandila ante la figura de Wallace, pero la respeta. La conoce y la hace suya y la explora como si indagara en las fotos del álbum familiar de su mejor amigo. Y esto se agradece, porque así nos otorga la posibilidad de encontrarnos con un Wallace multidimensional, lleno de pasiones, miedos y fobias y que sin embargo, en sus momentos de mayor lucidez y concentración disciplinada fue capaz de labrar una obra que hasta el momento no ha perdido ni encanto ni lucidez y que está destinada a ser revisitada permanentemente por lectores que quieras preguntarse algo más que lo evidente.

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