Las manos idas

sábado, 16 de julio de 2016 · 00:00
Óscar García /  La Paz
 
Se le fue la mano. De verdad. Agarraba una dinamita con mecha corta. La prendió y la velocidad de la mecha prendida fue mayor de la velocidad de la mano intentando lanzar la dinamita al cerro colorado. Y se le fue la mano. Lo mismo le pasó a otra persona en el desfile a propósito de los no sé cuántos años de la efeméride de la ínclita ciudad. Quiso lanzar una dinamita a la puerta del hemiciclo principal y se le fue la mano.

En otra oportunidad le ocurrió lo mismo al abuelo de un bordador de ilusiones que inventó el dragón fósforo para ponerlo en la espalda de la capa de un Diablo que pidió a propósito un dragón con características especiales, claro; se entiende que el bordado debió ser especial porque el sujeto que iría a usar la capa fue dos días de su vida, hace ya tres años, bombero voluntario. Tuvo tres incendios y 12  fogatas en San Juan. De los tres incendios ninguno llegó a convertirse en una tragedia. Sin embargo,  recibió por su valentía en uno de ellos una medalla al mérito. Había salvado un colchón y dentro del colchón había plata.

 La dueña del colchón no estaba en el momento del fuego,  así que el colchón salvado desapareció en los confines del universo como parte de las cosas quemadas. Y con esa plata se compró un Mercedes Benz de cuatro puertas aunque a medio uso, y le puso de nombre Mecha porque a las Mercedes se les dice Mecha y al hilo que tiene una dinamita también. El exbombero escogió un dibujo chino, de un dragón. Los chinos saben dibujar dragones, no todos, claro; hay unos que dibujan arroz y otros que saben dibujar todo lo que ven, copian cualquier cosa y no tan bien. La mayoría,  sin embargo, se dedican a comer todo lo que vuela, menos los aviones.
 
 Y se dedican algunos irreconocibles, a hacer desaparecer de a poco las especies en peligro de desaparición, por el simple hecho de que tienen plata y pistola. Y tienen empresas, pero de plástico.

Una vez que el dragón estuvo elegido, le pidió al bordador innovar, ser original. Le contó sus aventuras de bombero. Sobre todo una anécdota cuando fue designado como apagador oficial de fogatas en la zona de Ovejuyo. Cuando fue a apagar las fogatas que se veían desde lejos, se quedó colgado mirando los hermosos farallones cuya sola presencia hace temblar hasta al más incrédulo toro de las pampas. Tienen colores, hasta de noche, que cambian de acuerdo con  los caprichos de la luz. Y ahí se quedó. Parado, azorado, mirando, pensando. En ese momento se volvió a enamorar, de una persona desconocida y sin nombre. Se enamoró como la palabra Milady está enamorada de la palabra norte. Casi sin notarse, casi como un lazo invisible que amarra a dos partículas separadas por dos universos coetáneos.

El bordador, con sus manos mágicas y llenas de pinchazos, tenía la costumbre de comer en la mesa de trabajo.
 
Su creatividad se basaba en una técnica extraña, de acuerdo con  cómo salpicaba el ahogado de su plato sobre la tela, así bordaba. Y el éxito de sus bordados radicaba justamente en una suerte de caos con formas folklóricas y meticulosas. Era algo así como un "Pollock” de la calle Los Andes. Los amigos de las inmediaciones con quienes compartía sin medida ni clemencia 23 cervezas, ni una más, ni una menos, le decían, sin saber nada al respecto, el Pollok. El pintor, el de las manchas de pintura, se pronuncia con una ele; éste, el bordador, con dos.

Bordador y bombero se pusieron de acuerdo en dos por tres. El bordador, después de escuchar con atención al bombero, se dio cuenta de que podría poner un fósforo en la boca del dragón chino. Y resuelto el pleito.

Al abuelo del bordador, fundador de un equipo de fútbol que llegó a estar cerca de ascender de categoría, se le fue la mano, también. Justo el día en que su equipo debía ganar para ascender a segunda B estando en la tribuna, llena de aficionados a quedarse al festejo o al evento de la derrota, se le ocurrió hacer reventar una dinamita para alentar a su equipo. No calculó el tamaño de la mecha. Se acabó tan rápido que se le fue la mano junto a la explosión. Ésta, de considerable volumen y expansión,  fue además la causante de que el equipo no subiera jamás de categoría. Una esquirla o un pedazo de dinamita fueron a parar directamente y sin ninguna barrera, a los ojos del arquero que atento a la jugada, iba a tapar un penal. La dinamita despedazada le quitó la vista, el jugador pateó, el arquero ni voló, ni nada. Fue gol. Se le fue la mano, el partido, el arquero. Al  arquero, seis meses después, se le fue la esposa que no pudo aguantar el proceso del hombre a acostumbrarse a no ver, no tener oportunidades, no ser considerado ciudadano digno. El exarquero ahora vive en una calle inclinada de la ínclita ciudad, esperando que pase la noche más larga del mundo.

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