Laberinto visual

Alain Labrousse, amigo de Bolivia

domingo, 17 de julio de 2016 · 00:00
Alfonso Gumucio Dagron 

Todo empezó en un departamento en el quinto piso del número 6 de rue Geoffroy St. Hilaire, en París, que habían alquilado a fines de los años 60 y principios de los 70 sucesivamente estudiantes y exiliados bolivianos (primero Lorini, luego Laredo, seguidos de Trigo e Iturralde y después Otero y Minaya). En el edificio contiguo vivía Alain Labrousse con Elena, su pareja uruguaya. Alain todavía no había publicado su libro más traducido: Los tupamaros, el primero sobre el movimiento de guerrilla urbana en Uruguay. Pronto se construyó una firme amistad entre el intelectual francés solidario con América Latina y los bolivianos.  

A principios de la década de 1970 cuando llegué a París, nos veíamos con Alain frecuentemente y él compartía con nosotros, como uno más, la identidad de ser exiliados latinoamericanos. Era una hermosa ciudad para vivir como paria, porque ofrecía enormes posibilidades culturales y un espíritu renovado desde las revueltas de estudiantes de mayo 1968. "Debajo de los adoquines, la playa”, decía un famoso grafiti. Se respiraba todavía esa sensación de libertad en una ciudad que había estado mucho tiempo sometida a la mediocridad de la vida cotidiana y del envejecimiento de su política. Yo me empeñaba en revisitar las calles y lugares que Cortázar mencionaba en Rayuela, novela emblemática para cualquier exiliado latinoamericano en París. 

Otro motivo de mi identificación con Alain fue el cine. Armado con su pequeña cámara Súper 8, la ponía al servicio de las luchas sociales. Una de sus primeras películas fue un reportaje sobre la huelga de los limpiadores del metro de París, en su mayoría inmigrantes del norte de África: La grève des éboueurs de Paris, creo que se titulaba.

Para entonces yo estudiaba cine en el IDHEC, en Vincennes, en Nanterre y en la École Pratique con los mejores: los críticos cinematográficos de Cahiers du Cinema y Cinethique, con Jean Douchet, con los cineastas Jean Rouch y Louis Daquin, con el historiador Marc Ferro, con Néstor Almendros, y otros que me hicieron ver que la primera pregunta que uno tiene que hacerse es: "¿para qué quiero hacer cine?”.

Alain lo tenía muy claro y era eficiente y rápido en los documentales y reportajes que elaboraba en Súper 8. Recuerdo cuando entrevisté a Philip Agee, el exagente de la CIA, que estaba de paso por París. Con ayuda de mis colegas del IDHEC monté el escenario con luces, una cámara Eclair de 16mm, sonido con Nagra IV, y filmé probablemente dos rollos (20 minutos) de los cuales utilicé apenas dos o tres minutos. En eso llegó Alain Labrousse con su cámara Súper 8 y le dijo a Philip: "¿puedes decirme lo mismo que le dijiste a Gumucio, pero en tres minutos?”, y Agee se las arregló para hacerlo. 

Alain animó Audiopradif, un colectivo de cineastas creado en 1977, que llegó a producir y/o distribuir cerca de 40 títulos, la mayoría en cine Súper 8. Visitó Bolivia muchas veces y en 1978 lo ayudé como asistente de dirección en dos películas documentales que hizo en las minas. Lo de "asistente de dirección” suena grande, pero en realidad en el equipo éramos él y yo… (y ocasionalmente alguien para sostener el micrófono). Así realizamos La huelga de hambre de las mujeres mineras y Elecciones sindicales en Viloco. En Perú filmó Waraka, la resistencia indígena en los Andes. Su trabajo de guerrillero del cine, armado de una pequeña cámara, fue inspirador para mí en una época en que el video estaba recién naciendo, precariamente, y el Súper 8 era una alternativa accesible y ágil para hacer cine. 

A pesar de esas incursiones en el cine, como activista más que como cineasta profesional, Alain era un sociólogo que investigaba en profundidad y un escritor profesional cuyos libros se tradujeron a muchas lenguas. 

Publicó una docena de ensayos, la mitad dedicados a América Latina, como LosTupamaros (1971), La experiencia chilena, reformismo o revolución (1972), Argentina, revolución y contra-revoluciones (1975), Sur les chemins des Andes, à la rencontre du monde indien (1983), Le réveil indien en Amérique Latine (1985) dedicado a Rigoberta Menchú y a Genaro Flores, y junto a Alain Hertoghe Le Sentier lumineux du Pérou: Un nouvel intégrisme dans le tiers-monde (1988), entre otros libros que se ocupan de la realidad política de nuestra región y de la emergencia de los movimientos indígenas.

La otra parte de su producción comienza en 1990 cuando funda el Observatorio Geopolítico de las Drogas, un organismo internacional que dirigió durante 10 años y que le permitió ir hasta el fondo de un tema espinoso que afecta a todos los países productores, consumidores o de tránsito. Son fruto de esa experiencia varios libros, como La droga, el dinero y las armas (1991), Atlas mundial de las drogas (1997), Dictionnaire géopolitique des drogues (2002), Géopolitique des drogues (2004),  Afghanistan, opium de guerre, opium de paix  (2005). Ya antes había publicado con Alain Delpirou Coca Coke (1986).

Nuestros itinerarios se cruzaron primero en París, luego muchas veces en Bolivia e incluso en Nigeria. En el marco del Observatorio me visitó en 1994 cuando yo trabajaba para Unicef  en Lagos, ciudad que era el centro de tránsito de la droga que llegaba de Asia y de América del Sur para seguir camino a Europa y a Norteamérica. Hay nigerianos presos por narcotráfico en todas las cárceles del mundo. Lo alojé en casa y cada noche regresaba de sus investigaciones alarmado por lo que había logrado descubrir. 

Después de su experiencia con el Observatorio, Alain volvió nuevamente su mirada hacia América Latina, particularmente hacia Uruguay donde había vivido dos años cuando era un joven profesor de colegio. Se interesó en el proceso democrático que llevó al poder a José Mujica y poco antes de ello publicó Una historia de los tupamaros (2009) y un número especial de la revista Problèmes d’Amérique Latine: L’Uruguay gouverné a gauche (Uruguay gobernado por la izquierda, 2009). 

La última vez que nos vimos fue en el Café Le Rouquet en el Boulevard St. Germain, en París.  Alain llegó primero y Margit Vermes, su pareja de más de tres décadas, se sumó para almorzar juntos.  Alain caminaba con dificultad por una operación en la cadera, pero estaba, como siempre, con el espíritu alto. Después de ese encuentro, el resto fue por teléfono o por Skype. Incluso durante alguna visita fugaz que hice a París cierto pudor por su intimidad me impidió visitarlo. 

Con enorme tristeza recibí de Margit la noticia de su fallecimiento en París, el 7 de julio reciente, al cabo de una larga enfermedad. 
 
 
 
 

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