Reseña

El americanismo de Mateo Montemayor

martes, 19 de julio de 2016 · 00:00
Ignacio Vera Rada  (*) 

Fernando Diez de Medina: americanista. Una de las plumas más ágiles y finas como el país ha visto pocas veces. Gran patriota. ¡Ay!,   ¿por qué nuestros más lumínicos escritores tienen la maldición de quedar dentro de las sombras de la tiniebla? – ¡la bendita política! No brillan porque la oscuridad para el escritor es el mutismo.

 Diez de Medina: humanista. Catarata de cultura. Reconocido alguna vez en el Perú, en la Argentina, en Venezuela, en la Península ibérica… pero aquí… Diez de Medina: diplomático intuitivo y asaz conocedor de la teoría y realidad políticas. Las patrias americanas tenemos fulgores artísticos: Diez de Medina es uno de éstos, del mismo modo es también Mateo Montemayor. Novela cíclica, narrativa deslumbrante. ¿Novelística autobiográfica? –Quizá. Lo cierto es que Diez de Medina es Montemayor; Montemayor es Diez de Medina. Poseo un anhelo ya vetusto: reseñar esta novela boliviana.

 Mateo Montemayor –y cuando hablemos de él, estaremos también refiriéndonos al autor de esta obra-, protagonista de esta novela de 467 páginas, es un americanista innato de la montaña andina. Letra de ímpetu telúrico a la par que cuartillas colmas de cultura universal. Esto no es paradoja. ¿Quién como Diez de Medina, más universal al mismo tiempo que tan hondamente boliviano? Los grandes ingenios  de todos los tiempos –Dante, Nietzsche, Goethe, Sarmiento, Tamayo, verbigratia- fueron beodos de saber foráneo y marmitas de conocimiento humanista; sin embargo, a la vez fueron estudiosos de sus culturas y credos nativos, patriotas hasta la médula.  

      Montemayor es un hombre de ambiciones; tiene tres caminos enfrente: arte, política y    estudio. Gruta de la soledad meditabunda; cavila, piensa, observa su entorno. Y llega el amor, ¡oh Eros! ¿Hay algo en el mundo que pueda turbar la mente de un estudioso que no sea "el paso rítmico y altivo de una mujer hermosa”? De vuelta a la meditación, al estudio. Es un nacionalista consumado (no en la terrífica significación hitleriana). Siente amor por la tierra: América es su patria. Se da cuenta de que la mitología andina es fascinante: revela. Siente en el alma la mitografía de los ancestros. No recurre al intrincado sociólogo, al charlista, al antropólogo esotérico; a través de ellos no sentirá la autoctonía; "leyenda, poesía cuentan más”. "La teogonía americana espera del poeta y no del sabio”.

Montemayor es teórico artístico, ¡gran esteta! Se pregunta si Gallegos pudo retratar nuestra realidad hispana; si el costumbrismo ha sido saludable; si debiéramos analizar ahora la psicología de los nuestros, a la manera dostoiewskiana. ¿Qué huella tienen Sábato, Cortázar, García Márquez? ¿O Huxley! Ninguno ha interpretado al sudamericano. Borges tentó hacerlo. De pronto llegan destellos de preocupación de asuntos universales: carrera armamentística, espacial; las armas nucleares amenazan al ser humano. 

Melómano. En la soledad mental la fuerza descomunal de Beethoven; piensa que Mozart otorga paz; ¡pero la nota bachiana eleva! Los solfistas solo analizan la nota, la arquitectura musical. Montemayor no. Él cree que tras esas fuerzas músicas augustas hay un secreto que aún no se ha entregado.

Política. La desilusión. Sus "Illimánicas” son las confesiones de un americano escéptico; ¿sigue siendo la política el arte de gobernar naciones? "Sucia, sucia, sucia es la política; necesaria sin embargo”, se lamenta. Pero la fe queda.

Novela ciclópea, Mateo Montemayor es de lo mejor de la narrativa boliviana.

(*) Es poeta, dibujante, activista político y estudiante de Ciencias Políticas, Historia y Comunicación.

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