Reseña

El Soliloquio de Mesa

martes, 5 de julio de 2016 · 00:00
Ignacio Vera Rada (*)
 
Se ha tendido casi siempre el velo del silencio a los literatos que han estado vinculados a la política, y ésa es la peor iniquidad. Se ha hecho a un lado, también, a los escritores que componen contracorriente, es decir, que van contra los estilos que promueven los círculos literarios contemporáneos. Me inicio, entonces, reseñando esta obra: Soliloquio del Conquistador, de Carlos Mesa.

      En un paisaje metafísico, incorpóreo, y al mismo tiempo harto real, a la vera del ponto, el Conquistador cogitabundo desea a la Amada, y ésta, haciendo honor al nombre que lleva (Marina), se encuentra en las solemnidades silentes y soporíferas del mar. En su frenesí por tocar, por sentir a la mujer dilecta, accede al mar el Conquistador. Pero éste ya ha amado, ha suspirado ya por otras, mas cual lo ha hecho por la Amada, por Marina, nunca. Digno de elogiar en esta novela es el tiempo en que el Conquistador ora su soliloquio; están ambos, la Amada y el Amado, en el pasado, sin embargo, recuerdan cosas consumadas en el futuro. Esto se me figura como la "Anamnesis” griega  a la inversa. Ir al pasado para rememorar el futuro. Desafiar la ley fatal del Tiempo.

      Se debe además resaltar la quintaesencia de lujuria que destila así el Conquistador como Mesa, éste al concebir tan sensual tragedia, aquél al ser protagonista de tan lujurioso drama. Estas letras son fruto de la libídine del autor, del clímax del erotismo literario. Pero no es narración impúdica; al contrario, hallo sutilidad superlativa en el manejo de las palabras voluptuosas y candentes. ¡Qué romance más sibarita en tierra mexica!

Además de amor, hay entre líneas un mensaje implícito pero categórico: el triunfo del mestizaje. Pero antes de esta mezcla, hay una epopeya que es la alianza con los tlaxcaltecas, la caída de Tenochtitlán, Felipe y Moctezuma, catolicismo y sabeísmo autóctono. Simbiosis genial. Marina es la tierra virgen y Hernán Cortés el aventurero apasionado. Ambos son humanos, con las mismas miserias y clarores. Es nuestra naturaleza. El Conquistador letrado es la síntesis de lo que trajo la Península a la América: miserias y virtudes. La esbeltez de Marina es la belleza de la india. Porque del encuentro fecundante de la simiente peninsular con el vientre nativo hemos nacido. Porque así debemos entendernos.

No sé si catalogarla como novela histórica o como historia novelada, mas creo que esta última etiqueta es la más apropiada, porque el contenido histórico e intelectual es riquísimo, porque la coherencia de los hechos acaecidos en esos años de la conquista están relatados con fidelidad fotográfica. Confieso que nos hubiese gustado leer menos dato histórico y más vuelo literario.

Me placería comentar dilatadamente esta obra en cuanto a su forma, pero por razones de espacio me limito a apuntar lo que sigue: Mesa usa pronombres demostrativos (como este o ese) prescindiendo de tildes, como ha establecido la RAE últimamente; tiene un buen uso de los vocablos -y rescata algunos del desuso-, como nunca se ha visto en el historiador y periodista. Pero mezcla cifras con letras, algunas comas están mal situadas y no separa con coma los sustantivos que fungen como vocativos. No hace distingo entre aun y aún.

Examinando forma y fondo, no le catalogaría en las nomenclaturas de la novelística contemporánea, y qué bueno que así sea. Encuentro equilibrio entre imaginación e inteligencia.
 Nos gustaría leer más del Mesa novelador.

(*) Es poeta, dibujante, activista político y estudiante de Ciencias Políticas, Historia y Comunicación.

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