La tierra prometida

sábado, 13 de agosto de 2016 · 00:00
Óscar García   / La Paz
 
Cave un hoyo, de aproximadamente dos metros de largo, uno y medio de ancho y tres de profundidad. Cuando lo haya logrado, si es que ha conseguido el pedazo de tierra para hacerlo, siéntase satisfecho puesto que hay personas en el mundo cuya única tierra será ésa. Y lo vaticinaron ya compositores y cantantes y oradores y chamanes con sospechosa reputación. La tierra que querías, ahí está. Es la marca y el síntoma de hace siglos pero hoy es más que un destino. Más que todos los destinos y los haberes materiales. El único pedazo de tierra que toca a más personas de las que tendremos noticia, es la tumba.

Cuando el hoyo esté alistado y limpio y haya descansado lo suficiente, vaya por el cuerpo inerme. Haga que parezca en paz aunque lo esté en verdad. Pase las manos por las mejillas y cuide de no interrumpir eso que parece un sueño. Hable, aunque no va a escuchar, susurre como si la intensidad de su voz fuera a molestar el estado de contemplación final en el que parece estar el cuerpo. Observe, fíjese que hay una sonrisa que no se ve.
 
Una palabra que no se oye. Hay una mirada para adentro y una vibración perpetua de los huesos. Nada más. El resto es el ropaje. A veces más grande de lo que se quisiera.

Cuando el cuerpo no tiene la ropa adecuada para lucir en el antes de la tierra, suele comprarse ropa en lugares en los que la ropa es barata y usada. Lo que si hay que cuidar es que combine. Esto de la combinación es cosa subjetiva. En algunas culturas está bien combinar colores contrarios porque hay un guiño a los contrarios complementarios y a las enseñanzas que esta relación tendría para con la vida. Los contrarios se unen sin embargo hay un nexo, algo que los amarre, algo que permita que la unión tenga una frontera, un umbral a través del cual transitan las partes encontradas para lograr así el equilibrio. En otras culturas pasa que no. Que las combinaciones se hacen entre gamas del mismo color. 

De grises, de rojos y de azules. Combinaciones que no impliquen un alboroto y menos todavía violencia. La gente muerta que se respete, combina bien. Por lo general grises con negro, blanco con grises. Debe haber, sin embargo, muertos coloridos. Con hawaiana, con traje de caporal y con pollerita de tela tornasol. No tendría por qué no haber. Total, las gentes fenecidas no tienen vergüenza ni remordimiento. No tienen pudor. Se puede pegarles un lapo, pegarles una calcomanía en la frente, de piolín. No van a decir nada. No se van a quejar ni a reírse. Pero es inapropiado. A nadie se le ocurriría tal cosa. A nadie que esté en juicio sano. A pesar de que en estas atribuladas tierras parece que no hay juicios sanos. Todos parecen estar cubiertos de una enfermedad que se contagia a través de los oficiantes de la ley, en términos genéricos. Se contagia y toca a todos. Como el ántrax.

Cave un hoyo, de aproximadamente dos metros de largo, uno y medio de ancho y tres de profundidad. Cuando lo haya logrado, si es que ha conseguido el pedazo de tierra para hacerlo, siéntase satisfecho puesto que hay personas en el mundo cuya única tierra será ésa. Se repite la operación, se va a repetir muchas veces más hasta que la humanidad se acabe y cuando queden dos personas solas, una tendrá que hacer el último hoyo del mundo para la penúltima persona del mundo y no va a importar cómo viste ni con qué. La tarea de hacer huecos, simbólicos o verdaderos es parte de una necesidad de los humanos de volver siempre a las raíces y a la tierra. Volver a un lugar, a un sitio en el que se pueda hablar con la tierra, poner flores y agua.

Los sitios sagrados en los que descansan, que ya es una exageración porque las gentes fenecidas ya no se cansan. Ni lo otro. No descansan. Ya no están nomás. Y da pena, da pena la gente que se queda, con tristeza profunda. La gente que se queda sola, la que queda con deudas, con las cosas inútiles, con los bienes por los que tendrá que pagar los impuestos con los que, más temprano que tarde, se financiará un capricho de gentes abusadoras, para ir de compras a Buenos Aires, un fin de semana, en verano.

Cave un hoyo, de aproximadamente dos metros de largo, uno y medio de ancho y tres de profundidad. Cuando lo haya logrado, si es que ha conseguido el pedazo de tierra para hacerlo, siéntase satisfecho puesto que hay personas en el mundo cuya única tierra será ésa. La reiteración de este trabajo, si ha aprovechado bien de la vida y los recursos, ajenos, va  dar como resultado que pueda usted auto enterrarse, y taparse hasta que sea una tumba sin nombre, sin fecha, sin perro que le ladre.

Valorar noticia

Comentarios

Otras Noticias