Las aguas conduce n

El río lleva por dentro otros ríos menores hechos de líquidos también menores y densos.
sábado, 20 de agosto de 2016 · 00:00
Óscar García / La Paz
 
Las aguas de adentro se deben seguir llevando todo lo que encuentran a su paso, sobre todo si lo que encuentran es liviano. Aunque no se hacen mayor problema si lo que llevan es pesado. Las aguas de adentro siguen llevando cosas y seres, muertos. Hay un ropero que flota y adentro hay cositas que también flotan. Un collar tan antiguo como la iglesia que está cerca del lago, una blanca con un campanario bajo. Una iglesia blanca que en el campanario ése tiene montón de manchas rojas, de sangre de oveja o de llama. Debido a los rituales para los techados o para espantar a las malas energías que hacen que los frutos de la tierra se queden adentro para ir a cobrar alguna deuda con los seres de ahí abajo.

 El collar ése que habita en el ropero que flota, tiene una caja. Está dentro de una caja que en su vida útil fue una caja de galletas. Las cajas de galletas, las antiguas, hechas de cartón rígido o bien de madera, servían para varias cosas. Se podía hacer con ellas un tambor o una proyectora de fotografías en positivo cuya finalidad, más que ampliar la imagen, era la de pintar encima y vender el cuadro como si se tratase de una habilidad impresionante para el dibujo. Pero no. Una caja de galletas repintada con motivos de florecillas del campo podía servir para guardar, por ejemplo fotos en blanco y negro de algún tiempo en el que tener fotos en blanco y negro era una especie de privilegio y patrimonio de la familia. 

Fotos en las que se juntaba a la familia. Una abuela, un abuelo, una bicicleta, una pelota de playa, una niña con un rulo aparentemente rubio, y detrás una cortina de terciopelo oscuro que para efectos del blanco y negro sugiere la posibilidad de haber sido rojo sangre o borra de vino. De vino tinto pero no del dulzón, ese es un poco más oscuro y espeso y sirve más para hacer queques que para tomar. De hecho, en cierta ocasión, un grupo de tomadores se encontró una botella conteniendo oporto y lo sirvieron en primorosas copas para tomar vino.
 
Después de una copa, cada uno de ellos, tomadores de cosas duras y ásperas, tenían los labios pegados y todo empalagosos y todas las tripas coladas. Y renegaban dando saltos como de cabras que hubieran pisado asfalto hirviendo. 

Despotricaban y pedían al cielo que por favor, llueva. Que llueva aguardiente de uva, o al menos, de caña. Pero el cielo nada. No escucha. Se le puede pedir cualquier cosa y la verdad es que por razones científicas no se puede pretender que el cielo, una envoltura del mundo hecha de elementos químicos y de física, de pronto nos lance, digamos, una cantidad respetable de billetes de 200 bolivianos o un auto nuevo, o un anticrético. O la cura de la enfermedad más extraña del mundo, que sólo les da a las personas que carecen de un químico en el cuerpo, que produce raras reacciones. Se habla en lenguas, se cree en el circo de la plaza mayor, se comienza a componer y a escribir loas a los ídolos del barro y de las ovejas, se bebe champán en tutuma. Y otras reacciones peores. No se puede esperar que el cielo cure, o que en tiempo seco, de pronto, llueva. Aunque pasa, pero por otras razones.

El río lleva por dentro otros ríos menores hechos de líquidos también menores y densos. De líquidos como las sangres y como los jugos gástricos y los jugos de fruta que son vertidos en las calles sin miramiento alguno.
 
Todos los líquidos van al río y éste, y los otros, al mar. Y allá, en el mar, en el mar adentro, siguen los ríos viviendo las aguas de antes. Recuerdan a las aguas de antes. Se llevan los ríos en sus adentros a la primera muñeca de la niña y termina sin brazo y sin pierna en la barriga de una ballena azul, haciendo mal con un dolor intenso que no hay calmante que lo arregle. 

Las ballenas no toman calmantes y la gente, la interesada, se pregunta, ¿qué hace una ballena cuando el dolor, el intenso dolor de un arpón clavado en su pulmón no la deja en paz por mucho tiempo? No se queja, al menos no se sabe cómo es que se queja. Su dolor y su lágrima se van al mar, y de éste, al aire, y del aire, en un largo proceso de condensación se hará lluvia que caiga en la ciudad, en ésta ciudad de gentes esparcidas y de engañosas gentes y de calles desparramadas, en ésta ciudad con ríos cubiertos dentro de los que viajan toda clase de cosas y de seres.

Se ha sabido de una vez, cuando un río abrió su armadura de concreto, en la que salió de ahí adentro una persona envuelta en abrigo negro largo, cubierto de un poco de lodo y de pelos. Salió diciendo palabras a muy poca intensidad. Casi un susurro.

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