La distancia

sábado, 10 de septiembre de 2016 · 00:00
Óscar García / La Paz 

Tan lejos del espanto. Tanto de los techos vistos desde abajo. Tan lejos de las gradas que llevan al cielo y su nube icónica. Tan lejos de los comensales de extensas mesas en las que se erigen cuerpos adornados con manzanas o bien con perlas salidas del fondo oscuro de los mares. Tan lejos de los calabozos y de los osos. Lejos de las calles que a altas horas de la noche quedan desiertas y desoladas, aptas para la contemplación o para el crimen. 

Tan lejos del mar, tan cerca del bar en cuyos interiores ha pasado el amor esporádico tantas veces que la cuenta se ha perdido y se perdido el tiempo y se ha perdido la vida y con un trozo de ella, la posibilidad de hacer muros y colgar en ellos un cuadro pequeño que muestra una playa y en ella a una niña jugando como si de Lacroix se tratase. Y ahí en el mar, un sonido que de a ratos es música y de a ratos solo sonido hecho de otros sonidos. Sonidos que fueron alguna vez otra energía quién sabe de qué clase, traída y llevada por un medio como el aire, de allí para allá, del suelo al cielo.

Tan lejos del mercado ése en el que los sábados se ha instalado un guitarrista en medio de las naranjas, a tocar alguna cosa de Bach medio mal tocada mientras todo habla, habla la palta y las zanahorias y habla el ají Colorado y el pescado y su ojo muerto. Y ahí, inmanente, Bach sonando como las campanas en un día santo dispuesto a atardecer.

Tan lejos del atardecer. Cuando las plazas se alistan para irse sin haberse ido y dejan empedrado teñido de azul y leve olor de orines vagabundos dejados en una bajada para que viajen al mar. De alguna manera llegarán, antes de la evaporación. Tan lejos de la palabra, de la que se derrama queriendo decir una cosa, a duras penas, que no es. La palabra caricia y la palabra respeto. Y otras meas. Unas desconocidas entre ellas y otras tan repetidas que se parecen al dolor o a la ira o al corazón. Que como órgano de la sístole y la diástole funciona regularmente hasta que cae la noche de los siglos.

Tan lejos de los chocolates hinchados y las gelatinas sin sabor. Tan lejos de las cocinas en las que el vapor ya tiene un teñido especial y un aroma que son cien aromas al mismo tiempo, un golpe de sabiduría para los perfumistas y uno de conciencia para los comensales. Tan lejos del sentido que transporta sabores a las corrientes alternas del cerebro y de éste a la experiencia y a su vez, de ésta, al papel, o al objeto.

Tan lejos de los animales y tan cerca de la piel quitada a mordiscos para cubrir los fríos y las heridas más antiguas. Tan lejos de las sangres que se muestran con orgullo el día de las madres y el día de la bandera. Ambas, madre y bandera, tienen en común las sangres y las historias que se cuentan desde ellas. Una pizca de heroísmo y otra de dramatismo. Una cara épica y otra que se desmorona cualquier rato, cuando aparecen los vasitos con sus contenidos de colores que otra vez, se parecen a una bandera.

Tan lejos de la justicia como tanto de las ideas de justicia. Un brazo que corta a un brazo debiera tener la misma suerte del brazo primero, sin dudar ni poniendo cara de circunstancia ni de pena. Brazo por brazo aunque ojo por ojo ciegue a todo quien frecuente la venganza o el placer del dolor del otro. La cosa es, justicia es una cosa de justeza, y aunque parece pero no es, no se trata de perdón.

Tan lejos del desorden, de su intrépida crecida y de su impredecible salida a diferencia de los órdenes que se han predicho y sabido de antes, como se sabe de las reacciones de los seres que acostumbrados a mentir han desarrollado rituales del engaño tan conocidos que se hacen lugar común en los signos de los días.

Tan lejos del mar.

Tan lejos de la maraña embarrada ésa que se derrama de las calles altas hasta la puerta de una habitación que no le pertenece ya a nadie pero está abierta, abierta como un pecho cuya única finalidad fue la entrega y de vez en cuando, servirse de los abrazos para inflarse.

Tan lejos de las tardes apacibles con una brisa apenas detectable por los pájaros adormilados. Tan lejos de la paz que viene llegando, desde allá, y que se apura.

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