Reseña

Síndrome Wakefield

domingo, 11 de septiembre de 2016 · 00:00
María José Navia  (*)

En uno de mis cuentos favoritos de la vida, Wakefield, de Nathaniel Hawthorne, un hombre decide perderse. Se trata de una desaparición simple: removerse de su vida, de su mujer de muchos años, para vivir a solo un par de cuadras de su casa. Wakefield, así, puede observar su vida desde afuera: la vida de lo que se desarma y de lo que se queda. Sin embargo, luego de muchos años, se decide a volver. El narrador lo deja en el momento en que abre la puerta de su casa, con la sonrisa de siempre, como si nada hubiera pasado. Pero ese gesto, nos dice, por ese simple movimiento, Wakefield arriesga volverse un exiliado del universo.

 En La Desaparición del paisaje, de Maximiliano Barrientos, tenemos algo replicado el gesto de Wakefield, solo que aquí se encuentra cargado por la presencia de la muerte. Vítor, el protagonista, se va a Estados Unidos por diez años, dejando atrás a Laura, su novia de entonces, y a su padre que muere en el intertanto (y él ni siquiera entonces regresa). Cuando lo hace, el peso del pasado le pega de golpe en el rostro, un pasado que no se deja domar y que se queda guardado, en primera instancia, en los objetos.
 
 Todo puede pasar, pero los objetos quedan parece decirnos la novela de Barrientos; son los objetos los testigos de un pasado que los personajes humanos prefieren guardar en silencio. Así, por ejemplo, empieza la segunda parte de la historia: "Abracé a María y miré las sillas del living y me di cuenta de que fue en una de ésas: allí encontró muerto a mi padre una mañana de 2003”. Y sigue un poco más el reconocimiento: "También había botellas con restos de whisky en los lugares donde solía esconderlas. Las destapé y olí. Olían a mi padre”.
 
Frente a esta memoria en objetos se opone una insistencia en lo sonoro como un repositorio de una memoria evanescente, espectral ("En el bar sonaban viejas canciones de los 80, canciones que cuando llegamos a ellas ya eran viejas, pertenecían a otra generación, pero las hicimos nuestras, las adoptamos como himnos de una guerra sosa que cada quien peleó a solas (…) como si el bar, como si Santa Cruz entera, fuera un museo de canciones que en otra parte, en las ciudades de verdad, ya no escuchaba nadie”) e incluso la madre es descrita como un sonido ("Mi madre muerta es bulla”) y un paisaje siempre a punto de desaparecer.
 
El regreso a Santa Cruz trae consigo el reencuentro con el mejor amigo de la juventud, Alberto, y la reparación de un trauma (ambos fueron testigos de la violación de una compañera de escuela); así como también la oportunidad de retomar una relación con un viejo amor (con el que solo se quiere presente y nunca futuro). 
 
Como el Juan Preciado de Rulfo, el protagonista de La desaparición del paisaje vive atormentado por los murmullos. Como si pertenecer a la familia fuera sintonizar una antena para llegar a esa canción que traiga la tranquilidad que nunca llega. A Vítor, claro, no lo matan los murmullos. Aunque está cerca. Y Maximiliano Barrientos indaga con precisión y enorme belleza en todos los recovecos de ese rumor que parece repetir, una y otra vez, la misma imposibilidad del regreso.
 
La memoria como esa música que nunca se va.

(*)   Es escritora y doctora  en Literatura y Lingüística Hispánica por la Pontificia Universidad Católica de  Chile.
 

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