Los motivos del miedo

sábado, 24 de septiembre de 2016 · 00:00
Óscar García / La Paz
 
Es la cuarta vez que lo intenta. Dobla el periódico en cuatro partes, longitudinalmente, lo agarra firmemente con la mano izquierda, lo que dice de su condición zurda. Se dice que los zurdos son especiales en esto o aquello, o que tienen en el cerebro capacidades especiales, que piensan de otra manera y más. Son sólo zurdos. Y ésta en particular, es zurda y tiene fuerza. 

Aprieta el periódico y se acerca sigilosa hasta unos veinte centímetros de la pared. Golpea fuerte. El golpe se escucha en la habitación de al lado. En esa habitación vive un estudiante de tuba. Se entra por otro lado, subiendo una cantidad de gradas que parece cambiar cada vez. A veces se hacen pocas y otras veces interminables. Al llegar a la última grada, casi inmediatamente está la puerta, angosta y bajita. Cada día, sacar y meter la tuba por ella es una aventura. De tanto hacerlo el estudiante desarrolló una especial técnica moviendo el instrumento de izquierda a derecha primero, luego haciendo un giro hacia adelante y un leve impulso hacia arriba pero sujetando la parte ancha de la tuba desde abajo. Y un leve impulso adelante y adentro. O afuera, según.

 Ensaya de noche. Ahí está el problema. Se podría pensar que la tuba es un instrumento que no necesita ensayo sino tedio, en negras. Las negras son la cuarta parte de una redonda, son cosas de valor en relación al tiempo. La música en general infla el pecho porque se enorgullece de haber domesticado al tiempo. Pero no. No se cree que sea así en definitivo. Siempre habrá una sensación de tiempo y el tiempo mismo actuando de forma sorprendente, en todo cuanto se mueva, en las ondas y en los cuerpos danzando, en el movimiento cuántico y la velocidad de las arañas. De la que acaba de escapar, por ejemplo, del golpe con periódico.

Se separa un poco de la pared, mueve una silla y busca con paciencia hacia abajo, se aquieta, se inmoviliza. Sólo mueve los ojos. En el fondo es miedo. Es temor. No sabe objetivamente si es que la araña en cuestión es venenosa o no, no sabe si en realidad lo que hace es comerse a las moscas en progreso y que eso equilibra el pequeño mundo micro climático que tiene en el cuarto. No lo sabe, y eso es el miedo. Se lo resuelve matando a lo que puede estar causando el miedo. Y para lograr tal cometido, la causa tiene que aparecer. No puede dormir con la causa desaparecida. Estará pensando todo el tiempo dónde puede estar. Será que se ha metido debajo de la almohada y como si fuera parte de un cuento de Horacio Quiroga le succione la sangre por la parte posterior de la cabeza, o que, peor aún, le introduzca un poderoso veneno que la paralice sin perder las sensaciones ni la lucidez y que luego, la devore de a poco empezando por los ojos, por uno de ellos, mientras el otro mira horrorizado cómo la araña ataca a la parte blanca y los colmillos al introducirse hacen un sonido del horror que por causa de la parálisis se amplifica y retumba en toda la cabeza? No se puede permitir siquiera la posibilidad de que suceda algo así o algo menor, como un beso. Un simple beso de la araña.

 Entonces busca, vuelve a doblar el periódico, hace ruido con los pies descalzos a ver si la araña al sentir la vibración se mueve y aparece. Nada parece pasar. Respira hondo, mueve la cama lentamente alejándola de la pared y cruje y rechina. Es uno de esos catres con espaldar de metal que al ser movido rechina. Es lindo cuando está apoyado a la pared, tiene un aire del siglo XVIII pero es del siglo XX, de principios debe ser. Igual se ve antiguo y respetable. Un catre debe ser respetable primero, luego ser respetable su sonido y por último su posible finitud. No va a durar para siempre aunque es probable que dure más que uno hecho recientemente con material que simula ser lo que no es. Madera que es plástico, metal que no es metal, "sunchu” que no es "sunchu”. En la edad de lo perecedero, nada dura, o muy poco. 

Aquí se aplica eso de todo cambia, no por razones poéticas o físicas sino por razones industriales y comerciales. Que una lata de sardina dure cada vez menos es importante para quien envasa las sardinas y las vende. O un software, o un teléfono o un juego de comedor o una blusa o un par de ojos que con el paso del tiempo ven menos. O las ideas, que si no se trabaja el cerebro, se terminan, se estancan, se convierten en fijaciones, en reducciones mínimas que requieren el mínimo esfuerzo y dan la sensación de total felicidad. Mientras menos se sabe menos se conecta, menos se comprende, menos preocupa el mundo, menos problemas que resolver. Entonces surgen los candidatos. Los candidatos a las farsas del poder, o a la imposibilidad total. Y estos se reproducen y no hay un periódico del tamaño ideal para aplastarlos contra una pared porque no se sabe si son útiles para algo o si van a envenenar a quien ose tocarles la espalda con una puntabola para saber si están vivos  y respiran. Parece que no respiraran el mismo aire de los demás, parece que tuvieran un aire propio y viciado.

En silencio parcial, busca y se mueve con cuidado. De pronto salta hacia atrás, el corazón se le alborota, se le erizan los pelos de los brazos y abre los ojos desmesuradamente. El chico de la tuba ha empezado a ensayar, un sonido grave y poderoso la hizo saltar, la sacó de su tarea meticulosa. Un sonido grave bastó para moverla del mundo. Entonces y debido al do grave y su vibración, la araña muere, muere de tuba.

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