El espacio ritual de Francine Secretan

domingo, 25 de septiembre de 2016 · 00:00
Alfonso Gumucio Dagron
 
Con motivo de la visita a Bolivia de Carmen Perrin, la artista boliviana que ha hecho su carrera artística en Suiza, fuimos a visitar el espacio de arte creado hace exactamente un año por la escultora Francine Secretan en la parte alta de Achocalla, en Alto Marquiviri, donde se yerguen  cuatro enormes esculturas suyas cargadas de simbología ritual. 
 
Nos costó llegar, aún cuando íbamos con María Isabel Álvarez Plata que ya había estado ahí antes. La ruta que se despega del camino pavimentado de Achocalla no está señalizada, no hay nada que indique que a pocos minutos de allí se encuentra una espacio escultórico excepcional en esta ciudad "tan sola en su agonía” (parafraseando al poeta Gonzalo Vásquez Méndez). 
 
No solamente la Alcaldía de Achocalla no ha cumplido con su compromiso de instalar 10 carteles que puedan guiar a los visitantes hacia el lugar, sino que tampoco ha sembrado los árboles ni construido el muro de baja altura que debía delimitar el lugar y las gradas en círculo que permitirían acceder al espacio de mejor manera. 
 
Pero lo peor de todo es que Achocalla se ha convertido en un basural, como si no hubiera ni Alcaldía ni alcalde. La basura está en todas partes y contamina esa zona que alguna vez fue un lugar agradable de paseo. A los vecinos no parece importarles, acostumbrados a vivir en medio de la basura, y menos al alcalde, quien probablemente hizo muchas ofertas para ser elegido en ese puesto, y luego se olvidó de lo prometido, como suele suceder con los políticos de poca monta.
 
Al llegar al espacio escultórico creado por Francine Secretan uno no puede sino sentir asco y dolor de ver a poco metros acumularse la basura y las descargas de escombros de construcción. Los camiones descargan su porquería indiferentes a la belleza del lugar donde se yerguen las esculturas.
 
Llegar al espacio escultórico, a pesar de la falta de señalización, de árboles y de la basura, constituye un hermoso descubrimiento. La capacidad artística de Francine y su generosidad le han permitido crear con el apoyo de la Fundación Bonhôte de Suiza  ese lugar que estremece por la calidad de la obra escultórica, pero también por la vista que ofrece sobre la ciudad de La Paz y las montañas que la rodean. 
 
Desde el mirador se puede ver toda la cadena montañosa que incluye el Huayna Potosí, el Mururata y el Illimani, un panorama sobrecogedor que invita al recogimiento y a la reflexión. El rojo intenso de las esculturas contrasta con el azul del cielo y el blanco de las montañas. El viento atraviesa las esculturas como si quisiera elevarlas, poniendo en evidencia su carácter aéreo aunque se trate de pesadas estructuras de metal (18 toneladas) y de piedra de Comanche. 
 
La cultura no me alcanza para descifrar el conjunto de símbolos contenidos en cada una de las esculturas de Francine, quien sin duda pensó cada detalle con base en el profundo conocimiento que tiene de Bolivia y de la espiritualidad andina luego de 42 años en nuestro país. Sin embargo, como espectador me atrevo a arriesgar mis impresiones, porque de eso se trata al fin y al cabo la apreciación del arte.
 
Las esculturas que se elevan al cielo en el espacio ritual andino son tótems cargados de energía significante. En estas obras de sincretismo cultural dialogan las miradas del arte en múltiples dimensiones. La carga andina es indudable, pero también lo es la propia cultura occidental, de cuya tradición procede la artista, que no se limita a representar lo que es visible, sino aquello que está en la naturaleza interior del mundo andino, los mitos y las proyecciones rituales. 
 
Los nombres de las esculturas orientan: "La puerta”, "La chakana” (cruz andina), "El guardián” y "El recipiente”… A través de "La puerta”, la única realizada en piedra, se divisa el Illimani. Como todo portal de cualquier cultura, representa la comunicación entre el mundo visible y el invisible, entre dimensiones complementarias y contradictorias: el interior y el exterior, arriba y abajo, pasado, presente y futuro. En ese sentido la puerta es el centro y la bisagra cósmica.
 
Las otras tres esculturas-ofrendas de rojo intenso vigilan en arco unos metros más atrás. "El guardián” es quizás la más impresionante por su complejidad simbólica hecha de círculos auspiciosos, flechas que apuntan hacia el mundo subterráneo y curvas que subrayan la transparencia y proyección de la obra. Recortado sobre el Mururata, "El recipiente” parece disparar al cielo notas musicales, como un corno andino que quiere despertar a los dioses. Finalmente, hacia el atardecer, "La chakana” proyecta su sombra en dirección al Illimani como si quisiera dialogar con el nevado. 
 
Francine Secretan eligió Bolivia para vivir y crear su obra. Se ha entregado con amor al país que no suele reconocer el valor de sus artistas. La gran mayoría de los veinte premios que ha obtenido a lo largo de su carrera son internacionales, a pesar de que dos de cada tres exposiciones individuales las ha realizado en nuestro país. Sus esculturas monumentales enriquecen el paisaje urbano o están en museos en México, Argentina, Finlandia, Suiza, Japón, Chile, Inglaterra y Perú, además de La Paz, Santa Cruz y Sucre. Pero además Francine a desplegado una actividad intensa como conferencistas y profesora de escultura y de meditación trascendental. 
 
Por todo ello es lamentable que su espacio escultórico en Achocalla sea un sitio descuidado, donde comienza a acumularse la basura de manera alarmante. ¿Hay un alcalde en Achocalla?  Si hay y tiene nombre, a ver si da señales de vida y no se duerme. 
 
A principios de febrero de 2015 Cergio Prudencio hizo públicas sus recomendaciones sobre el Espacio Ritual y la necesidad de crear allí "jardines, terrazas flotantes e infraestructura propicia para actividades culturales al aire libre, así como espacios cerrados para la contemplación”… Ojalá que ahora, desde la presidencia de la Fundación Cultural del Banco Central de Bolivia, pueda llevar adelante esas ideas que propuso.

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