Bloqueado

sábado, 03 de septiembre de 2016 · 00:00
Óscar García / La Paz

¡Oye! Tú. Sí, tú, ¡El de manto negro! Sé que estás escuchando aunque parezca que no lo haces.
 
Sé que estás escuchando porque a cada pequeña explosión mueves las orejas para atrás y das un diminuto salto, con las dos patas delanteras. Escuchas, claro que escuchas. Me voy acercando, ¿sientes? Estoy apenas a dos metros de tu cola. Ya vas a saber cuando esté totalmente cerca. Y en cuanto te alcance, vas a saber de estas cosas que no entiendes. Pararse en medio del camino. Dejar que el sol, desde que sale, se convierta en la medida de mis movimientos, se convierta en mi brújula y en mi huella.

 Dejarlo quemarme la frente y pelarme la nariz, no es comprensible. ¿Quién haría algo así? Ya ves, aquí estamos los que somos, un montón, cientos. Cada uno parado pretendiendo ocultar el rostro y las manos. Cada quien sosteniendo una explosión inexorable. Una reventada cinematográfica que anuncie la presencia y el propósito colectivo. La suma de los propósitos personales. Que ya no tenemos, creo. Pienso, y pienso otra vez, y vuelvo a buscar en mis pensamientos algo que me evoque a mí mismo. 

Una travesura en la infancia, un sabor de los que solía llevar mi madre a la mesa. La madre que sospecho que no quiso tenerme y que en silencio me odiaba con un odio cariñoso. Claro, esto lo pienso cada vez que quiero saber si hay algo que me lleve afuera del camino. Que me empuje a un lugar en el que no haya ninguna profundidad a la que tenga que entrar para hurgarle la barriga a la montaña y rascar sin pausa su roca y humedecerla como si fuera la intimidad con la que he soñado tantas veces. Esa que nunca pasó de ser un sueño. Quiero saber, en medio de este asfalto que empieza a hervir, si hay algo aquí, que me expulse, lejos. Que me haga aparecer en alguna parte en la que haya al menos árboles con hojas verdes, y brisa. No viento incesante que no deja escuchar nada, que lastima la cara y trae a los ojos arenisca con olor a mineral. Que me bote, que me bote.

Pero no hay nada. No encuentro nada. No creo que estés entendiendo, ni una palabra, pero escuchas. Me decía mi mamá que a veces yo escuchaba y no entendía nada. Oía nomás, como el cerro al viento. Ni se inmuta. No se queja del frío. En este camino ya estoy días. Parado, vigilando. Noche y día. Agarrando explosivos, con fósforo en el bolsillo. Estoy oyendo todo lo que pasa. Las voces que gritan de todo, desde arengas hasta insultos contra todas las gentes. Oyendo la sed y las hambres. Las voces conspirando y las que tiemblan y no atinan a decir nada más que oraciones para volver a casa. 

A esa casa en la que la luz en la noche tiene el color de la duda y no importa, es una casa, y hay una familia que espera, encariñada o no. Alentada por la costumbre o por las necesidades, espera. Yo siempre esperaba que me esperen, o esperaba esperar a los que llegaban con una carga de cariño y gratitud. Creo que ninguno de los hijos ha sido esperado sino más bien inesperado y así sucede. Las noches y una lata de dónde tomar ayudan a querer y a desear. Y donde el deseo es de a dos parece no importar lo que se espera o se deja de esperar. 

Aparecen los hijos. Queridos o no, eso viene después. Y saben agradecer aunque su Mirada sospeche que no hay mucho de eso que se llama amor. Pero algo hay. Para eso dejamos el aliento cerca del tío. Para tener cosas que llevar, cosas de comer y de vestir, cosas para calentar la noche. Aquí parado escucho lo que se planea. Morir para conseguir lo que ningún otro boliviano tiene. No queremos nada que se tenga que cumplir. Ni impuestos, ni ambiente bien cuidado ni estado al que haya que rendirle cuentas. No me tiembla la mano si tengo que lanzar esto y que reviente en el vientre de toda la patria. No me tiembla ni la mano ni las costillas.
 
Hemos venido por más y así nos vamos a ir. Colmados, con todos los bolsillos colmados, con el brillo ése que he visto en otras gentes y ahora sale de mi propio ojo. Ese brillo que consigue el oro en las pupilas. Vamos a quitarle a cada uno de ellos, a los bolivianos, su pedazo de estaño y de bismuto y de plomo y su pedazo de tierra. Así se ha decretado. Así va a ser. Y que el sol que quema mi piel sea testigo.

¡Oye! El de manto negro! No te apures, no tienes a dónde ir! Este camino no tiene fin!. ¡Vas a estar dando vueltas y vueltas hasta que se acaben tus días, como el de todos! Como mis días. Pero me voy a llevar conmigo a todo lo que se ponga al frente, me voy a levar lo que pertenece a todos y a la tierra. Me voy a llevar a la madre de todas las madres si es necesario. Y a ti, perro negro, al primero de todos. Y sé que me escuchas.

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