Reseña

Hasta quemarse los dedos

martes, 06 de septiembre de 2016 · 00:00
María José Navia (*)

Uno de mis cuentos favoritos de infancia es  La vendedora de cerillas (en ese español lo leí, así aprendí, probablemente, qué eran las "cerillas”). Ese de la niña que vende fósforos el día de navidad. Y hace frío y la chica comienza a encender los fósforos y, con cada chispazo, con cada llamita tenue, llegan imágenes felices. La niña los enciende, uno tras otro, hasta que se queda sin más. Uno luego se olvida con los años, pero por lo general uno sale de los cuentos de hadas de rodillas, o con el corazón partido de un hachazo. Hay una crueldad inmensa en ellos; hay castigos feroces de brujas bailando hasta morir, de niñas metiendo piedras en estómagos de lobos para luego lanzarlos al pozo.

Pienso que leer cuentos se parece un poco a encender esos fósforos, a dejarse envolver por esas escenas breves, hasta que se apagan y vuelve el frío. O, por lo menos, la imagen volvió con intensidad a mi cabeza mientras leía Para comerte mejor, reciente colección de relatos de la escritora boliviana Giovanna Rivero. Porque estos cuentos se leen con una voracidad furiosa, porque cada historia, al terminar, trae el frío y la compulsión por querer leer más, querer sumergirse otra vez en ese mundo, y así, dejar que la cerilla se consuma y duela: leer y leer hasta quemarse los dedos.

Rivero es maestra en llevar los límites de la realidad hasta sus últimas consecuencias. La suya no es una observación delicada y atenta del presente, sino un retrato bestial de todo lo que la realidad podría ofrecer si se desbordara, si dejáramos que todo se saliera de cauce. El suyo es un realismo desbordado, un relato del exceso: las palabras vibran en la página, cada una inflamada de desesperación, locura o deseo. Hay zombies y vampiros; hay científicos delirantes que quieren curarse del mal de amor con veneno de escorpiones; los personajes de Rivero temen morir de aburrimiento y la búsqueda es la del deseo incandescente, arder, arder, arder. Arder mientras unas cholas zen mascan y mascan coca, mientras una de las protagonistas visita a su hermano loco (y su mente desbordada es también la piel desbordada de acné, el exceso del cuerpo y de la mente), u otra se ofrece a ser embarazada por el Evo en una oscura ceremonia.
 
Pero también es arder mientras se viaja en el metro de Nueva York y los pensamientos parecen rebullir en la cabeza de la narradora que quiere salvar su matrimonio y agujerea su cuerpo con jeringas y hormonas para tratar de concebir. Es arder de miedo porque hay un caso de pedofilia en la escuela y una madre teme que su hija le esté ocultando una verdad terrible. Arder, también, en los detalles, como cuando nos enteramos de que la novia de uno de los personajes, la Innombrable, murió en el atentado a las Torres Gemelas.

Hay en estos cuentos una fascinación por las palabras. En ellos, el lenguaje es también selva, un bosque para hundirse  y perderse. Y los personajes se revelan en su relación con palabras y expresiones que los violentan. Como cuando la niña narradora de Humo comenta: "Mi abuela dice ‘mujercita’ con la boca llena de saliva, del mismo modo en que se dicen las malas palabras o se masca chicle”, o, en otro cuento, Los dos nombres de Saulo, se retrata la locura de un hermano desde cierto examen del lenguaje: "Saulo habla con modos impersonales, separándose de los objetos, de los signos, de los afectos. Separándose de mí y, al mismo tiempo, llamándome a gritos desde ese despeñadero en que se ha convertido su espíritu”.

Las historias de Rivero conjuran con maestría personajes, temáticas y atmósferas propias de los cuentos de hadas. Flautistas de Hamelin (indigentes alucinados en Bolivia, escuchando las noticias del futuro en los sonidos de las ratas), vampiros (que son, ante todo, extranjeros, personajes que no pertenecen), madres y abuelas desbordadas de miedo, amor, o sobreprotección y que observan a sus hijas con atención voraz.

Para comerte mejor es un libro de cuentos feroces e implacables, en los cuales el lenguaje fluye con vértigo o bien se analiza con paciencia de entomólogo para darle nuevas luces y sombras a los personajes. Cuentos de hadas que se leen con el cuerpo entero, en un acto de lectura alucinado, y cuya belleza permanece, arde, arde, arde, aún después de agotar todas las "cerillas”.

(*) Es escritora y licenciada en Literatura y Lingüística Hispánica por la Pontificia Universidad Católica de  Chile.

Comentarios

Otras Noticias