Una carta para entrega inmediata

sábado, 14 de octubre de 2017 · 00:00
Óscar García / La Paz
 
 Eres la cantidad a veces mucha a veces menos, la única luz que se hace campo entre un postigo rajado y la canasta. Eso que parece una gota, que no se ve, que golpea sobre la yerba. Lo que el humo de un incienso dibuja, siempre distinto, siempre complejo. Pero no sabes todavía, hasta que den las 12 en un reloj sin pretensiones folklóricas, en las huellas de la arena que han dejado unas pulgas al huir.
 
Así empieza una carta encontrada en el bolsillo del muerto sin nombre. El que estuvo varios días sin ser extrañado, sin llamadas perdidas y sin mensaje alguno. El muerto no tiene que ser necesariamente un hombre en la indigencia. Este tenía dónde caerse muerto, un cuarto aunque ajeno, cuarto al fin. Y tenía teléfono, no muy inteligente, modesto pero con capacidad para recibir mensajes de texto sin mayor problema. Tenía una hornilla y ropero y ropa más sucia que limpia. Tenía una máquina para envolver serpentina manualmente y solo mirarla ya informa sobre su posible oficio. No se encontraron rastros de pis ni ninguna otra clase de animal que no sea él.
 
Eres de roca merced a tu firme postura cuando el viento arrecia, ya cerca del mar, cerca de la cumbre, en las avenidas amplias en las que a veces dejaste un pedazo de cáscara y un botón. Aquella vez en invierno, el movimiento del fuego o a lo mejor su sonido leve y grave. ¿Qué mas? Ah! Mucho más. La caja de fósforo con un fósforo, por eso tan preciada y cuidada en el medio de una travesía por un lugar en el que no hay tiendas a la vista pero hay frío y papel periódico. La parte que le falta a una esquina en la pared porque se nota y esa falta es un algo que no está y es importante. Nadie se fija en la pared perfecta y completa. La atención se pone a las faltas, a las grietas, a los hoyos y a las fisuras. Lo perfecto no necesita de mayor atención que las imperfecciones. Eso, la parte que falta, no por la ausencia, porque es una analogía a eso, a la importancia del pedazo que no está.
 
Así seguía la carta, escrita a mano con letra temblorosa y cursiva. Pareciera que hubiera estado nervioso al escribir, o sería nomás su tembladera. Había tachaduras, no tantas pero había. Un párrafo entero, tachado rayado por encima muchas veces hasta ser un ruido. Qué cosa habría ahí debajo de lo negro. Qué palabras, qué pregunta y qué afirmaciones. Ni mirando a contraluz, ni con experto en grafología, ni con lector de tarot ni con adivino ni con gitana que lee las palmas de las manos se sabrá.
 
Afuera suena un motor que no cesa, parece de camioneta antigua. Eso se puede especular a juzgar por el sonido. No se puede saber la marca, ni el año, ni el color de la camioneta, si es que es una camioneta. No se puede saber si tiene o no focus, a juzgar por el sonido del motor. Es, la escucha causal, esa actitud de la escucha, informa solo la causa del sonido, no sus detalles, informa, juega con la curiosidad, impulsa a saber qué es eso que suena, lleva los pasos a una ventana, si es que hay una ventana, para ver. El sonido llama para completar con la visión la idea de lo que se quiere ver.
 
El cuerpo estaba tieso sobre el piso, los ojos abiertos. Los oídos abiertos, porque no se cierran nunca, no tienen párpados dice Quignard y es cierto. Pero no es importante tal constatación si no lo que la ausencia de párpados provoca. El hombre no dejó de escuchar desde su nacimiento hasta el último segundo de su existencia. En el cuarto hay unas revistas. Leía cosas de ciencia en versión pop. Hay unas chompas, le hacía frío. El cuarto es frío y de paredes oscuras, azules parecen, de un azul con una pizca de verde, es como un pedazo de mar con petróleo. Se puede saber qué tomaba, hay una caja de jugo de esos que se hacen con leche de soya y una botella con aguardiente de caña, a medias. Lo que no se puede saber es qué escuchaba, que no sea música. Con qué sonidos se detenía al salir por la puerta. ¿Buscaba de dónde provenía el crujir de la madera? El piso en el cuarto es de madera. No de la mejor del mundo y descuidada. Es probable que por falta de tiempo o de cera, que es lo mismo que falta de recursos para comprarla, el piso se haya ido deteriorando de a poco hasta quedar más plomo que café. Ni modo. Así pasa.
 
Eres lo que fue la ciudad perdida antes de estar perdida. Uno de los jardines colgantes, no los pintados, no los imaginados. Uno de ellos. Te llevo estas palabras que no leerás. Las voy a leer yo estando frente a ti, porque ahí voy, donde seas que estés, para decirte en voz queda, sin temblor alguno y en persona, esto, esto que eres tú para este que ya no soy o dejaré de ser en un instante.

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