Contante y sonante

Demografías

“El olor de una carta recién abierta es como el de un libro. No es la misma sensación la de abrir un libro de papel que la de abrir una pantalla”.
sábado, 16 de diciembre de 2017 · 00:04

Óscar García / La Paz


Recientemente, ayer, para mayor exactitud, se ha encontrado un documento impreso en papel reciclado, una cara de cada hoja tenía poemas impresos, de varios autores de distintas épocas y dos recetas para picana, una con el estilo de Sucre en el siglo XVIII y la otra de picana potosina, será como de los años cincuenta. En los años cincuenta había ya pasas de uva y aceitunas negras. 


En realidad siglos atrás ya las había pero la picana no es tan antigua. ¿Vendrá de por el siglo XVI? Habrá que averiguar, solo para saber. Siempre es bueno saber. El saber da montón de ventajas frente al no saber. Para la mayoría de las gentes en situación de poder, sin embargo, lo ideal es que sus súbditos, colectivos corporativos, empleados, esclavos y demás, no sepan. Mientras menos, mejor. 


A más ígnoro el ser, más sumiso, y sobre todo, fanático. La otra cara del papel, el que cuento como documento, lleva un texto que al parecer el dueño de los papeles estaba en proceso de escribir. Firma como Adalberio Tristaldo Yago. Medio anticuado el nombre y de rara procedencia, será como de origen armenio, quizás cruce con cartagenés y punateño, o cualquier otra combinación improbable. La cosa es que el interés por el texto en cuestión radica en su capacidad para informar cuando al mismo tiempo se evocan ciertos episodios de su existencia.


Eh aquí un fragmento:


He contado veintitrés chinos. Desde la esquina del YMCA hasta el carro del jadoquero en la 6 de Agosto. ¡Veintitrés! Todos los días paso por el mismo lugar y camino con distintos pensamientos. A veces con ninguno. Ya sé que no es posible pero prefiero hacerme a la idea de que sí es posible para evitar que sea recurrente eso de pensar en que ya viene siendo hora de enfrentar un camión basurero sin moverse y dejar que pase por encima mientras suena a buen volumen la música casi barroca que se repite hasta que salen 12 bolsas de basura  como con miriñaque y largan a bailar una sarabanda.


Hace dos semanas, lo recuerdo bien, conté menos de una docena de chinos, en el mismo trayecto.

No creo que sea ofensivo para nada contar personas del mismo genotipo. Si hay un juego por el que da ganas de rociar gasolina a los pequeños humanos en un vehículo de transporte público, es ése de contar petas. A la séptima peta ya merecen tomarse una pastilla, aunque inofensiva, de cianuro. Pero no es el caso. Yo cuento chinos de callado. Me doy cuenta de que es una actividad útil. 


Cuando empecé conté dos. Me puse a pensar en la relación entre mi conteo y la aparición de chifas, por ejemplo. O en la aparición de aguayos hechos en China, que a su vez tendrá, ya se sabrá, relación con los chinos hechos en Bolivia. Habrá entonces un perfecto equilibrio entre producción de cultura nacional hecha en la China y personas chinas hechas en Bolivia. Lo que sí es evidente es que en poco tiempo se ha incrementado el número en un porcentaje preocupante. 


Cualquier rato se supone que veremos emerger un inmenso dragón de papel desde la Eloy Salmón, el compositor vuelto calle, hasta la parada del PumaKatari en la avenida del Ejército. Uno enorme y amarillo con muchas muchas gentecitas adentro moviéndose en ondas, como los minibuses pero menos peligrosos.


Antes conté adoquines, cuando habían adoquines que se ponían azules con la lluvia. Esos que venían de Comanche, de la cantera donde está la Puya Raymundi que florece cada 100 años. Cuándo habrá sido la última vez, alguien la habrá visto. Por supuesto que hay fotos que se han vuelto postal y se vende en el correo, en el que era el correo cuando la gente enviaba y recibía cartas escritas a mano, o a máquina. El olor de una carta recién abierta es como el de un libro. No es la misma sensación la de abrir un libro de papel que la de abrir una pantalla. 


 Contaba adoquines y un día, cuando quería terminar de contar los adoquines que habían en dos cuadras, me encuentro con la calle interrumpida porque los estaban sacando para cambiarlos por asfalto. Los cargaban en volquetas, los lanzaban. El sonido de los adoquines contra el metal y entre ellos era fascinante, se construía una pieza de autopoiésis rítmica. Ojalá a alguien más le haya quedado esa sonoridad en la memoria, porque no se grabó en ninguna otra forma. Eso ocurre de manera efímera una vez y no se repite. Ningún sonido se repite igual.


Después conté contigo, de muchas maneras, tantas que se me hizo imposible contarlas. Es lo único que me ganó, matemáticamente hablando, no poder contar las formas en las que conté, contigo, con las temperaturas y las palabras, con los abrelatas y las coles moradas, con los aleros debajo de los cuales se veía y se escuchaba llover pero había cobijo.

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