Contante y sonante

El refugio que aguarda

“Aparecen los seres amados que no están más, riendo, saltando, con los ojos como preguntando todos los porqué de los que jamás se habló por el apuro de los días del mundo”.
sábado, 22 de abril de 2017 · 01:14
Óscar García / La Paz

 Para cuando den las diez de la noche y afuera la ciudad haya cambiado de sonoridad y de luces, se habrá encendido una hornilla y encima de ella, una caldera con agua en pleno proceso de cambio de estado. De fría a hervida, proceso que valió la consolidación de la ley del caos. Pues pasa que las moléculas nunca se comportan de la misma forma. No son como los alumnos de determinada clase, que uno sabe que su comportamiento es siempre igual. Entran, toman asiento cuando hay campo, sacan no su cuaderno sino el celular, agachan la cabeza, se ilumina el rostro, y están en esa posición hasta que el maestro encargado tose y se da por inaugurada la clase. Y en la clase misma no pasa mucho, alguna mosca, el carro basurero por allá lejos con música de Handel en campanitas de Belén. Pasa el tiempo con su misterio no lineal y sus sorpresas incesantes.

Cuando la caldera silba se hace un silencio especial que recuerda al largo silencio de las tumbas en los cementerios, ésas que no aceptan disculpas ni lágrimas, las que contienen no a una persona muerta, sino que a los actos y a las palabras que faltaron. Son tumbas llenas como un libro, como un disco, como un cuadro, como un plato con siete aderezos y cientos de especias y todos los sabores del mundo. A las que los vivos vuelven siempre a descargar otras culpas y otras frustraciones. Cuando la caldera silba, más allá de toda metáfora, quiere decir que el agua ha hervido y es hora de una infusión o de un café.

 Y eso es lo que pasa, el agua caliente es vertida en un recipiente, de a poco, sin prisa, y provoca un sonido constante y complejo. El agua saliendo de la caldera como un río cayendo desde una roca, cerca ya de los Yungas, cayendo sin pausa, con paz y con determinación. La vista se queda en el agua que cae, se adentra en ella y comienza una danza de formas y de color, se forman de a poco rostros y lugares en los que se fue feliz de muchas formas. Aparecen los seres amados que no están más, riendo, saltando, con los ojos como preguntando todos los porqué de los que jamás se habló por el apuro de los días del mundo. 

Aparecen voces y gemidos que salen ya no del agua, sino de las formas que el agua se encarga de mostrar y que no están ahí. Están en la mirada y más allá de la mirada, en lo que la vida ha estado guardando para ese momento, el momento de las reminiscencias. Es el momento en el que al dar la vuelta la cabeza y toparse con una pared, ya no es una pared, es un momento en el que hay arena y agua, o bosques con niebla y más allá un lago y en medio del lago una isla y dentro de la isla un pozo y en el pozo un cuento que describe el lugar en el que se ha escondido el corazón de un gigante sin corazón. 

Ahí, en ese lugar, no en el corazón ni en el pozo ni en el lago. En la pared convertida en lugares ensoñados es que se detiene la vista y rehace lo vivido y recrea lo no vivido. Trae músicas desde allá, y no son músicas que se hayan jamás escuchado. Son antiguas o de un futuro que no va a llegar, con melodías hechas de timbres y no de alturas, con ritmos producidos por cosas que rozan con otras cosas, con cantos en lenguas dulces que nadie entiende y que comunican estados, solo estados y cambios cualitativos, y secretos y misterios. Y luego, desde la pared se abre una puerta.

 Y alguien que espera en el umbral, con una mano extendida y en medio de la mano una moneda única y valiosa como ofrenda definitiva y duradera. Una moneda que podrá convertirse en lo que se quiera mientras dure la visión y mientras el agua caiga dentro de ese recipiente. Que fue apenas unos segundos. Que bastaron para hacer del tiempo uno infinito. Relativo.

A la hora en la que se encienden unas luces y se apagan otras y los cuerpos se entrelazan o se despiden, llegan también los desperdicios y las cuentas y los mensajes con buenos deseos y con deseos ocultos, llegan las angustias y los deberes adelantados para cumplir con lo que hay que hacer y con lo que hay que decir, para sobrellevar la idea de convivir en paz en un lugar en el que asesinos arrastran un cuerpo y el poder culpa a victimarios imaginarios, en un lugar en el que lo que menos hay es lealtad y palabra y hay más depredadores que constructores y más odio neomedieval que dulces poemas de amor al prójimo o al próximo. Hay más residuo que totalidad. Por algo como eso, cuando dan las diez, lo que ocurre adentro, de las paredes, de los cuerpos, de las mentes, de la corriente sanguínea, es una ensoñación, necesaria, vital, que sale o bien del agua o de la nada.

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