Contante y sonante

Importaciones

sábado, 29 de abril de 2017 · 00:00
Óscar García / La Paz

La importancia de saberse ajeno. La importancia de saberse intruso. La importancia de saberse ruido. La importancia de saberse obsolescencia. La importancia de saberse discrepancia. La importancia de saberse ilusión. La importancia de saberse humo y no cristal. La importancia de saberse perplejidad y no asombro. La importancia de saberse sombra. La importancia de saberse espiral y no línea recta. La importancia de saberse coma y no punto final. La importancia de saberse gerundio. La importancia de saberse el camino recién mojado por la lluvia, antes que saberse huella. La importancia de saberse textura, texto a medio escribirse, antes que biblia definitiva, inmaculada, inventada, malcriada.

 La importancia de saberse una palabra tachada cien veces con una puntabola distinta cada vez, para retornar en círculos concéntricos a empezar de nuevo a configurar, antes que prefigurar. La importancia de saberse observador de todos los acontecimientos importantes del mundo, de cómo se transforma un huevo al freírse, del crecimiento de los helechos en el frío, de la trayectoria de una mosca sin mayor propósito que estarse dando vueltas en busca de luz y de deshechos. De la persona que conduce un vehículo hablando de manera inteligente por un aparato inteligente yendo ambos hacia un alto porcentaje de la muerte, con total inteligencia artificial. 

La importancia de saberse observado desde una esquina oscura como si uno tuviera en los bolsillos algo más de valor que el ya importante valor de seguir de pie en medio de tanta combinación de Falacias y de precariedad en los corazones, aunque tengan más de sangre que de emociones. La importancia de envelarse antes que mostrarse por partes o de humanidad entera para conseguir la atención y los elogios que en su momento debieron ser escasos o encubiertos por polvo, telarañas, frazadas, ignorancias.

 La importancia de contemplar pensando y pensando y sopesando, a la paredes o al techo como los horizontes más inmediatos convertidos en los límites del mundo particular donde se guarda por último todo cuanto se lleva al final al silencio único, a la oscuridad propia, a la quietud ansiada en secreto.

La importancia de improvisarse en los momentos en los que se han terminado las consignas y las normas. En las situaciones en las que ni normas ni consignas sirven para respirar ni para caminar, ni para abrir un grifo, ni una lata de sardina. La importancia de crear. De crear siempre cosas y no cosas, inútiles, sin ínfulas ni afanes de ovaciones como un fin último para tener un busto en una plaza a trasmano, hecha de bronce ideal para enverdecer y servir de baño público para las palomas que por cierto se han multiplicado como minibuses pero no tanto, en la ciudad de las alturas.

La importancia de saberse lectores salteados antes que sistémicos y letrados verificadores de conocimiento en gradiente para llegar un día a la luz del saber prístino y final, casi divino.

La importancia de saberse a veces silencio, que no es la contraposición al ruido, el ruido no es una cosa que deba explicarse a través de la materia sonora o de la física del sonido. El ruido se constituye desde hace ya mucho rato, como una forma de las interrupciones por lo que hay ruido en la imagen, en las pasiones, hay ruido en el cielo y hay ruido en un plato gourmet. Un cabello en la sopa hace ruido, y una araña colgada en medio de una escena de El mercader de Venecia, hace ruido. 

Saberse a veces silencio no es ausencia de sonido, es retiro, en medio de las intensidades de estas calles y de estos aparatos que informan y que sugieren y que mandan, en medio de las voces que sin necesidad de decir una sola palabra te mandan a cumplir con todo lo que supone que debes cumplir, las monjas al hábito, los poetas a la noche, los vientres a la madre, los padres al legado, las mascotas a todas las clases de consuelo. Los gatos a las solteras y los caballos a los conductores de vehículos hechos por fabricantes de vehículos para gente que se sube al caballo para dar una vuelta en la campiña, cuando no fueron nacidos para perseguir vacas en medio de la Patagonia.

La importancia de saberse rudimentarios y con las más simples nociones de la vida que exigen saber cambiar un foco y abrir una botella de vino de seis formas diferentes sin la ayuda de nadie porque llega un día en el que una copa de vino es el único objeto con el que se compartirá una historia en una mesa, sin queja, esperando que el final llegue cualquier rato, bienvenido. La importancia de saber decir a tiempo lo que dañe, lo que ame, lo que arañe, lo que salve, lo que detenga, lo que impulse, lo que quede resonando hasta volverse pulsación y tremulación.

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