Los jovencitos

“Esos, los que tienen el concepto perfecto de la felicidad como se ve en la película de donde sacaron el modelo para saber lo que es felicidad”.
sábado, 8 de abril de 2017 · 00:00
Óscar García   / La Paz

   Por un puñado de dólares  es una película. Pero es también un motivo. Es un propósito. Es una película con bandidos y jovencitos. Se decía hace tiempo que siempre, en una película de acción, tendría que haber un jovencito y un bandido. Las gentes se reconocían en el primero. En el jovencito. Personaje que por definición, aunque viejo, era el bueno. El que hacía todo bien, el que se tomaba la sopa, el que iba a comprar pan para la casa y no se quedaba con el cambio. El que hacía su tarea hasta tarde a la luz de una vela, el que cepillaba al gato. El personaje que no sólo caía bien, el personaje que las gentes querían ser. El que agarraba al bandido a lapos o a punta de pistola. El que en el orden imaginado se agachaba a todo. El que creía cualquier cuento y el que pagaba todos los impuestos, el que sabía de memoria la tabla del 9, sumando, multiplicando, dividiendo. Nunca restando. El que sería un modelo para seguir durante toda la existencia. Ya se sabe, de ahí vienen algunas personas. Es de fijarse sin mayor esfuerzo. Están las que persiguieron a instancias de los jovencitos y de los padres, el éxito, a cualquier precio.

  Con sus chompitas de lana americana hecha con la lana de ovejas de Nueva Zelanda y tejidas por manos birmanas, en México, cuyo nombre proviene de la cultura mexica cuyo perfil de acuerdo con  un ente con acento español, es de nazi. Cosa que no está en discusión puesto que se discute algo cuando al menos hay dos opciones que vale la pena o la alegría poner sobre el tapete. En este caso, está el planeta y los seres pensantes, por un lado, y el ente ése, por el otro.
 
Es de poner atención a las acciones de las gentes, y por supuesto, a sus palabras.

A estas últimas no tanto porque cada vez valen menos. La palabra vale menos, casi nada. Vale como un tomate, y eso, teniendo en cuenta que hoy por hoy un tomate cuesta más que la palabra. Cada la palabra tiene un valor intrínseco. Pero las palabras de las personas, no. Tienen poco valor. En el mundo medieval en Europa, el honor, el honor y la palabra se valoraban tanto que podrían costar hasta la vida. Hoy por hoy dar la palabra es un acto que debe ser acompañado con un soborno, al menos con una salteña, un refresco, una copa de singani, una entrada para el clásico de las Alturas, el que tiene sin lugar a duda, una amplia y larga supremacía celeste que a decir verdad es una cosa que, lo siente el autor, pero gentes sin palabra no lo entenderían. Hay que estar siempre en estado de alerta, para descubrir a los seguidores de los Buenos de la película. Ahí están, sonriendo sin motivo al saludar y preguntando sin interés alguno por la salud de quien saludan. Es claro que no importa pero es políticamente correcto preguntar. No importa pero se ve bien. ¿Y la familia? ¿Y la casa? ¿Tenías un gato? ¿No? ¿Sí, me acordé, se llamaba el Señor Bola, no? No. Ni tenía gato ni me conoces, te habrás confundido.

Los seguidores de los Buenos, los que siempre se consideraron salvadores, sanadores seres de luz y de bondad, seres milagrosos, seres impolutos, que se las saben todas, que siempre tienen la razón, que nunca se equivocan, que tienen la casa más pulcra, que toman té con el meñique levantado apuntando al horizonte, esos, esos son los que al final del camino terminan con un puesto y con prestigio y con una cuenta abultada en un banco que queda lejos y en medio del mar. Esos, los que tienen el concepto perfecto de la felicidad como se ve en la película de donde sacaron el modelo para saber lo que es  felicidad.

 Y no tiene que ver con vivir, ni con la contemplación ni con las ramas de un árbol meciéndose por una brisa de primavera. No tiene que ver con inventar las formas de reír sin chiste de por medio. No tiene que ver con las carencias de las que se sale adelante sabiendo que si no hay pan en una mesa, hay que ir a comprar. No tiene que ver con sentencias ni profundidades del espíritu. Tiene que ver con poder. Con el poder. Y por él, todo es posible. Ser traidor, desleal, ser una persona que a cambio de una pizca de poder, lo puede todo. Está escrito en la frente, en la mueca. Está escrito en los actos, en la curvatura de los ojos que se abren desmesuradamente ante la presencia del oro, aunque sea de Coro Coro.

De estas gentes hay más de las que se piensa. Están en todas partes, en la sopa, están en la cancha de pasto sintético. Están en el quiosco donde venden el mejor sándwich de palta del mundo, mejor aún al que venden en Mali, donde no se sabe si hay palta.

Están en las inauguraciones de muestras de pintura convencional, están en sus puestos, detrás de un escritorio mirando las fotos de los hijos que correrán la misma suerte de ser buenos y morir con éxito, porque a propósito, van a morir igual por un puñado de dólares.

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