Vender o no vender

“Ahora bien, cada vez menos papel, cada vez más cosa digital, que no viene a ser ni siquiera cosa, es una imagen, un algo que no está pero está, un algo que se ve y en realidad es una serie de unos y ceros”.
sábado, 13 de mayo de 2017 · 00:00
Óscar García / La Paz
 
Los letreros y carteles sirven para informar o alertar o bien, para desinformar y alterar. O para publicitar, o para dar propaganda. O para exacerbar el culto a la personalidad. Para sacar a pasear las ínfulas o para trascender, y en una gran parte de los casos sirven los letreros y carteles para formar parte de una colección. O para base de un falso conejo servido sobre la pintura del cartel, que por supuesto contiene tantos químicos como el cerebro humano a la hora del amor.

 Y después del falso conejo con pintura, sobreviene el colapso lento que dura años provocando al fin, la muerte. Este largo proceso comienza con una leve tos matinal que parecerá nada en comparación de las toses de verdad que les agarra a los fumadores de tabaco negro y blanco, y a los fumadores de tachuelas que por cierto no se fuman pero hay gente que cree que sí y se las mete a la boca, se las traga y se muere mucho antes de lo previsto. Estas últimas no hay que tomar en cuenta. A las otras sí. 

Luego de meses de estar tosiendo en la mañana, este síntoma desaparece como apareció, sin motivo. Pero aparece otro, tan desapercibido como el primero. Se trata de uno relacionado a la adicción. Sin darse cuenta, la persona se vuelve adicta a la sardina en lata, con tomate.

 Una adicción no tan cara como otras pero molestosa. Sardina en el minibús, sardina en la oficina, sardina en el cine, sardina en la cola para renovar los papeles que acreditan a su empresa como una empresa legal y que a la larga solo sirve para cobrar una cuota que no se sabe a dónde va porque es parte de un sistema en el que por definición una empresa es sospechosa de delinquir aunque no sea del Estado, y sospechosa de incumplir todas las normas que están hechas para evitar que se funden empresas nunca más y eso es también una suerte de oxymoron puesto que sin empresas no hay negocio estatal en manos de las normas impositivas y sin impuestos no hay abrigo de pieles ni cholet ni 4 x 4 ni turismo en las islas del Caribe en pleno verano que coincide con seminarios internacionales de los cuales no se entiende un sorete porque la educación es una pérdida de tiempo que ha dado grandes satisfacciones.

En los carteles hay letras que dicen algo. No siempre pero hay. Mensajes cortos y concretos, llamados de atención e información precisa. A veces se lee lo que está escrito, a veces no se lee nada y se queda la imagen, a veces foto, a veces dibujo, a veces ilustración digital, a veces un bodrio, a veces colores planos, a veces sombras y luces, a veces nada, a veces la totalidad. Las palabras ayudan pero no son todo, Lautrec lo supo y lo supo el movimiento en la quietud. Las formas dando vueltas y las vestiduras hablando por sí mismas. Lautrec bailando y Satié tocando y ambos tomando y el humo envolviendo los ambientes en los que las copas viajan casi flotando de mano en mano y desbordando la que alguna vez fue vino y oyes la noche ligera que dura para siempre desde las manos que mueven pinceles y puntabolas y mueven teclas de las máquinas de escribir y mueven los clics de las cámaras de sacar fotos en una sola dirección y no para atrás, como se suele ver con tanta frecuencia, hasta el empalago.

En los letreros, que por su nombre se debe deducir que se trata de un anuncio con letras, nada más. Un cartel, por su nombre, debiera demostrar su propósito y como viene del provenzal cartel, es clarísimo, que no es lo mismo en relación a la palabra afiche, cuya parte de francés que a su vez tiene otra parte del latín  le otorgan no el propósito si no su fijación en un espacio, vale decir, que sea un pedazo grande de papel, con algo que decir, que esté fijado, pegado, clavado, con cinta de pegar, con engrudo o cualquier otra cosa, en una pared.

 Lo propio ocurre con la palabra póster, que nos remite al inglés, y de nuevo, al latín, o sea, un papel con información, que se pega en un poste. Esto, al margen de qué es lo que tenga como contenido, o no. Ahora bien, cada vez menos papel, cada vez más cosa digital, que no viene a ser ni siquiera cosa, es una imagen, un algo que no está pero está, un algo que se ve y en realidad es una serie de unos y ceros, de prendidos y apagados, de información que se acumula, de datos que se juntan y juntan y pesan cada vez también menos. Pero no son ni están. Se fijan en las mentes, se pegan no en las paredes ni en los postes. Se fijan en las mentes, en los vericuetos de los cerebros humanos. Como las primeras escrituras, son cosas de estadística antes que fragmentos de la poética. Cosa que no abunda en los tiempos del mercadeo personal. Con cartel o sin cartel.

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