Las dos vueltas de la vida

sábado, 27 de mayo de 2017 · 00:00
Óscar García  / La Paz

Dadme una palanca y moveré al mundo, es posible, fue posible y lo será todavía mientras la física sea regidora del movimiento del planeta y de sus habitantes, de los ceros y de sus vertientes, de sus energías y de sus serpientes voladoras. Sin embargo en la ciudad de las alturas que alguna vez fue la ciudad de las retamas en la que se solía respirar un aire con menos humo de motor y con algún aroma que la brisa trasladaba de aquí allá como en un dibujo animado, llevando el olor de las retamas y de los floripondios, y de los geranios, y de las llajuas molidas al batán con un toque perfecto de yerbas aromáticas sin lugar a la equivocación, en esta ciudad, es más fácil detener que mover.
 
 Hace falta un grupo de no más de 20 personas reclamando cosas muy personales o muy colectivas, para detener la vida y su movimiento. 20 personas y un gato son suficientes para detener la marcha de la ciudad hacia la nada. Suficiente para cambiar el transcurso y el curso de lo cotidiano. El inspector y notificador de las multas que el sistema impositivo ha tenido a bien designar para ir en busca de los candidatos a víctimas, se ha preparado desde temprano en una habitación en la que el frío impera como un ser de niebla. El funcionario se levanta a las 6:00, para llegar a las 8:00. Y a veces no alcanza. Hay un sistema más complejo que el humo, es el del tráfico y el del movimiento en la ciudad.
 
 El inspector no sabe nunca, nunca, cuánto tardará en llegar hasta su víctima, una ciudadana que tuvo en medio de su entusiasmo la mala idea de convertirse en contribuyente y tener un emprendimiento privado que estuviera apegado, el emprendimiento, a la ley. Pero la ley es cosa del orden imaginado y éste, el imaginado, un orden a la medida del poder. La ciudadana sujeto de amedrentamiento y presión ha cambiado de ser sujeto de presión baja a ser sujeto de presión alta. Vive en un lugar en la que los pájaros no cantan ya y no tienen por ello pareja. Los pájaros están solos y destinados a morir en soledad porque el canto era su manera de llamar a una pareja, y de seducir. Pero en el lugar en el que vive las bocinas de los bocineadores han callado a los pájaros y más temprano que tarde, los harán desaparecer.
 
En el lugar en el que vive, más abajo de su casa, está la tienda del señor Corrales. A 10 metros de su casa que no es su casa. Nunca, en sus tantos años al servicio de la patria, pudo tener la posibilidad de tener su casa, ya se sabe que para tener casa, en el estado del estado, hay que tener casa. Y no pudo tener casa para tener casa. La última vez que se animó a ir a un banco a averiguar qué podría hacer, la señorita, muy amable por cierto, que atiende a los clientes, le hizo muchas preguntas, algunas incómodas, sobre sus ingresos y sus egresos y por su situación sentimental, que no se sabe si le vino al caso o no. El resultado del interrogatorio fue la vehemente y definitiva respuesta, usted no es sujeto de crédito. Si no tiene un bien inmueble para comprar una casa, no es posible. Apenas le alcanza para un modesto alquiler, y eso.
 
 Le recomiendo trabajar el triple o dedicarse al cultivo de sustancias controladas, controladas, claro está por algún sindicato que tenga la máxima protección de los seres del espacio exterior, que es posible. Así que mujer, le recomiendo, por su bien, volver a la práctica religiosa de rezar y de llevar velas a todos los santos posibles. No conozco a un santo de las casas pero debe haber. Investigue y préndale velas, o haga una sanación en su alma, a lo mejor alguna persona, que las hay, sin familiares y a punto de la muerte, le deja de herencia una casona bella de las que están entre caerse y resistir, allá por la Sagárnaga o inmediaciones. Lo digo porque en nuestra institución hay un chico cuyo trabajo es averiguar qué casa vieja tiene dueño viejo, para estar atentos, claro, siempre es bueno saber de quién aprovecharse. Pasa en todo lado, no crea, pasa en cualquier clase de trabajo. Hay los que hacen trabajar a otros y los que se quedan con el trabajo de los otros, sin ponerse ni siquiera colorados de Bolivia.
 
A pocos pasos de la casa de la mujer sin casa está la tienda del señor Corrales, de los Corrales de Unduavi. Llegado a la ciudad hacen ya cincuenta años. No se acuerda cómo es que vino a parar a la ciudad alta. Ni a qué. Lo que sabe, después de un tiempo y sin derecho a replica ni a indulto ni a pataleo, es que aparecería atendiendo una tienda de abarrotes ahí donde está ahora. Cuando la leche venía en botella de vidrio. Antes de la era de la bolsa de plástico. Cuando había revistas y se leían y se intercambiaban y era un placer especial leer. Desde ése entonces recuerda que está metido en la tienda. Le daba el sol en las tardes, ahora no le da nada, ni le da la gana. Se volvió fría y oscura. Pero tiene su lado bueno, la gente que compra ahí está segura que a raíz del frío, todos los productos están frescos y conservados. La ciudadana sabe que ahí están las cosas frescas, las mandarinas y los recuerdos y el beso de negro, y las heridas viejas, y las torturas de toda clase. Ahí adentro, en la penumbra, esta flotando un pedazo de las raíces de estos tiempos.
 

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