Brevedad

“No siempre estuvo en medio de tanta paz y tanto árbol, ni en medio de tantas aves cantando sobre un fondo de agua, lugar idílico, ideado, imaginado, ansiado. Lugar soñado, apacible, lugar despoblado de humanos”.
sábado, 17 de junio de 2017 · 00:00
Óscar García / La Paz

Allá  dentro de un bote que desde aquí se ve vacío, mecido por las aguas en paz, hay un perro herido. No puede pararse ni hacer ruido, no se escucha que se queje. Mueve apenas la cabeza en acciones repetitivas y delicadas, espera. No sabe que espera pero espera un dormir más largo que los que solía tener en la cabaña en días soleados, escuchando el trino de los cientos de cantores alados que contaban sus vidas en verso, cantado. Dormía en el piso de madera que había visto construirse tabla por tabla, abría los ojos de rato en rato para ver pasar una libélula rumbo al agua unas veces, una mariposa blanca viajando a los geranios, otras veces. Su mayor preocupación se acercaba con la hora de las comidas, había que hacer un pequeño show que consistía en dar 12 vueltas y saltar tres veces con absoluta convicción. La comida iría a venir, no sola, por supuesto. Las comidas no vienen solas, a no ser que se trate de una presa en medio de la sabana, yendo a la muerte sin saberlo y un depredador esperando, sin saberlo.

 No siempre estuvo en medio de tanta paz y tanto árbol, ni en medio de tantas aves cantando sobre un fondo de agua, lugar idílico, ideado, imaginado, ansiado. Lugar soñado, apacible, lugar despoblado de humanos. Sólo los indispensables. Hay humanos indispensables para una sociedad y los hay dispensables para la misma sociedad. Hay indispensables para una familia y los hay dispensables en la misma familia. Hay indispensables para una persona, los hay para un perro, para una gata, para una gallina. No hace falta más. El resto sobra como lo hace en una sociedad en la que hay sobrantes y faltantes.

 Los sobrantes, que no entendieron jamás el paso por estos días y sus noches, que con el pretexto de que ya estamos aquí, hacen lo que esté al alcance, en desmedro de los otros, para enriquecerse, para abusar, para transgredir, para eliminar de su entorno cualquier cosa que tenga que ver con la mínima condición de convivencia. Los sobrantes no entienden para qué sirve un semáforo o un sistema de datos que cuente la cantidad de vendedores que hay en las calles. No entienden para qué sirve un sacacorchos o un paraguas. Los faltantes  son los que no están, los que nunca estuvieron y los que se fueron antes. Los faltantes tienen sólo fotos en archivos y en colecciones privadas y en billeteras. Fotos en repisas. Los faltantes son los que hicieron lo que pudieron y no alcanzó, resistieron hasta que la piel se les puso tensa como una daga vengadora, la voz les tembló pero no de miedo sino de cansancio agrupado como se agrupan 100  caballos salvajes en la pradera, para festejar la vida. Los faltantes son quienes impulsan el día y aquietan la noche con una brisa imperceptible a la que hay que recibir cerrando los ojos en señal de gratitud, nada más.

Conoció el ruido antes y la velocidad. Conoció los afanes falsos y los afanes de verdad en medio de la ciudad. Siempre aceptó lo que fuere, lo que cada día le ofrecía. Con frecuencia el vértigo le ganaba la espalda y corría, corría sin rumbo esquivando pies, piernas, zapatos, llantas, bocacalles, fruta fresca, bocinas, cantos cristianos, trompetas, trombones, trompetas, trombones bombardinos, tacos, cohetes y más cohetes, latas, latas, latas de cerveza, bombos en la frontera con la barrera de lo soportable. Corría hacia ninguna parte intentando encontrar un lugar en el que se pudiera echar a descansar y dormitar, lejos de la devoción por la que hasta bailarían las piedras si les encantara el poder del papel moneda. En lugar de ese lugar, había  puertas cerradas. A lo mejor el instinto le decía que había un estado distinto de las cosas y ordenado de otra manera, quizás ni peor ni mejor pero distinto, y el instinto mandaba en su apuro y en su confusión. De tanto buscar, se encuentra, se habrá dicho en sus adentros cuando se topó con una camioneta cuya parte de atrás estaba cubierta con una lona. Ahí se metió y ahí se durmió protegido, tibio, solo.

Despertó con otra sonoridad y otro clima, escuchó a lo lejos un rumor de agua que no supo que era de agua y se asombró. Asombrarse era una de sus maneras de disfrutar de cosas que se pasan por alto. Respiró e inhaló un desconocido sabor a yerbas frescas que también le causó asombro. Todo era nuevo, todo desconocido y por conocer. Sin mayores explicaciones, fue adoptado por la pareja que habitaba ese lar.

Pero no es todo como quisieran los relatos buenos. Tiempo después y por motivos de la angurria y el poder humanos, la pareja fue asaltada para despojarlos de la pequeña tierra, de la cabaña, del microbosque, del microlago y al intentar defenderlos fue herido y lanzado a un bote y empujado el bote al medio del lago. Ahí espera sin saber que su vida corta e intensa se va a detener pronto, habiendo disfrutado y habiendo sufrido, y habiendo olvidado todo al instante.

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