LABERINTO VISUAL

En tierra de Sebastiana

domingo, 2 de julio de 2017 · 00:00
Alfonso Gumucio Dagron

Vuelvo a Sebastiana. Pero Sebastiana no está. Su casita a tres cuadras de la plaza de Chipaya está cerrada con candado. Nadie sabe de su paradero o el de su hija. Pocos en Chipaya la conocen, me sorprende. Menos son aún los que han visto la película de Jorge Ruiz y guion de Luis Ramiro Beltrán que hizo famosa a Sebastiana y puso en el mapa de Bolivia esta pequeña población a 100 kilómetros al oeste de la frontera con Chile. 

Debe estar pastoreando sus ovejas, me dicen. Está en Chile con su hijo, dicen otros. Se ha ido a vivir a Cochabamba, dice otro. Estos comentarios tienen su importancia porque revelan la enorme movilidad de la población Chipaya, quizás mayor aún que la de la población aymara que en el curso de varias décadas ha ido ocupando territorio uru chipaya, dejando a los chipayas reducidos a extensiones que ya no les sirven para el pastoreo y que hacen ahora difícil que de acuerdo a las nuevas leyes de autonomía la nación chipaya pueda reclamar un territorio propio. 

Ellos mismos no han logrado ponerse de acuerdo en los conflictos de límites y linderos. Por ello están ahora dedicados a promover su proceso autonómico como pueblo indígena originario, no como territorio. Muy pronto elegirán a nuevas autoridades en los cuatro ayllus: Manasaya, Wistrullani, Ayparavi y Aransaya. 

Sebastiana y su hija no están en Chipaya, el pueblo está vacío, la mayor parte de las casas exhiben candados en sus puertas. Es un pueblo que ya nada tiene que ver con el que vimos en la película Vuelve Sebastiana (1954), tampoco con el que conocí a fines de la década de 1970. Al ver cómo ha cambiado el estilo de las construcciones, la invasión del ladrillo de seis huecos y la calamina, me dice Ramiro Valdez, que hace el sonido conmigo: "Esto podría ser Alto Lima”. En la plaza de cemento, sin terminar desde hace más  un año, sin un solo árbol o plantita que le ponga un poco de verde a la imagen, juegan al trompo algunos niños, la piel del rostro curtida por el sol.

La mayoría de los hombres chipaya vive y trabaja en Chile. Los ancianos han regresado para quedarse. Entablo conversación con uno de ellos, Victoriano Lázaro Lázaro, que me cuenta que fue a vivir a Iquique muy joven, para trabajar con un patrón que cultivaba verduras. Cada cuatro o seis meses regresaba a Chipaya, sobre todo para los campeonatos deportivos, que son el elemento aglutinador de los "residentes”, es decir, los que no viven más en tierra chipaya pero regresan en ocasiones especiales. 

La palabra "residentes” tiene una connotación paradójica, pues nombra a los que se van, no a los que se quedan. Los que se van, como Victoriano son muchos, y regresan ocasionalmente a reclamar sus derechos sobre la tierra cada vez más reducida y menos productiva. 

El cambio climático es visible. Los agricultores de Chipaya han tenido que abandonar sus prácticas ancestrales porque la tierra no es buena.  En las últimas décadas la salinización aflora en la tierra, se observa a simple vista como una capa de polvo blanco que cubre grandes extensiones. No se puede plantar y apenas se puede tener animales de pastoreo. La tierra está exhausta y se defiende con su salinidad. La tierra se ha vuelto yerma y egoísta, y por ello los regresos son menos frecuentes. En Ayparavi, el más alejado de los ayllus, las dunas de arena avanzan sobre las casas como una frontera que se achica.

Por eso los chipayas tienen un pie en cada piso ecológico. No solamente se van a trabajar a Chile en temporadas de siembra y de cosecha, también se desplazan a los Yungas de La Paz, a Cochabamba y a Santa Cruz, además de mantener su casa en el páramo altiplánico. 

La señora María Condori Mamani vivió 19 años en Santa Cruz, se fue cuando tenía 21 años con su esposo, luego de perder su primer bebé. Tuvo otros cuatro que crecieron bien en el trópico y, salvo la hija, ya no quisieron regresar a Chipaya. El clima del trópico, sin embargo, era demasiado para el esposo que enfermó y tuvieron que regresar a su pueblo de origen en el altiplano, a más de 4 mil metros de altitud.

Las historias de Victoriano Lázaro o de María Condori son comunes a casi todos los chipayas, cuyas familias están dispersas por razones de sobrevivencia. Antes volvían para sembrar o cultivar, ahora solamente regresan en ocasiones muy especiales, la más importante de ellas es el campeonato deportivo anual, una verdadera institución en Chipaya. En el evento participan hombres, mujeres y niños. La convocatoria es grande, los candados de las casas de abren, la plaza principal se llena de gente. 

Tan importante es el campeonato anual, que encabeza la lista de prioridades y está por encima incluso del proceso de autonomía indígena, originaria y campesina en que están embarcados. Una vez que ya hicieron el referéndum y que aprobaron el estatuto autonómico por 77%, queda la constitución de su gobierno y la elección de autoridades que remplazarán completamente a las autoridades municipales. 

Por ello no hay mejores fechas para esas elecciones del proceso autonómico, que las del campeonato deportivo que reunirá a locales y residentes llegados de todos los confines de Bolivia y de Chile. El 14, 15, 16 y 17 de julio, casi en paralelo con los torneos de fútbol, básquet o vóleibol, serán elegidas las nuevas autoridades, mitad hombres y mitad mujeres (la paridad de género constituye otro desafío importante).

Probablemente Sebastiana Kespi regrese también para esas fechas y ejerza su derecho a votar.
 
 Para ella los cambios han sido graduales en su comunidad, pero en mi caso, los cambios me golpean.  Me dicen que la modernidad trajo calaminas porque el cambio climático hace que los techos de paja tradicionales se los lleve el viento. La modernidad trajo también teléfonos celulares que los hombres guardan debajo de los ponchos a rayas y las mujeres debajo de su urku (aksu, en aymara, vestido, en castellano). Pero la modernidad trajo también las bolsas de plástico que ensucian las calles y que el viento eleva y revolotea. 

Son impactos irreversibles, que obedecen a razones económicas, sociales y culturales. Los jilakatas, dirigentes máximos de los ayllus, son conscientes de ello y están convencidos de que la autonomía y su propio gobierno originario les permitirá recuperar, si no el territorio, al menos el terreno perdido en el ámbito cultural: la lengua uru chipaya, la vestimenta, las tradicionales trenzas de las mujeres y otras costumbres que son la esencia de su identidad. 

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