Contante y sonante

Texturas

“La cocina que termina como apariencia y comienza como nada. Como un recipiente con agua que terminará en, digamos, cazuela de pollo con verduras y especias de la forma tailandesa”
sábado, 22 de julio de 2017 · 00:00
Óscar García / La Paz

 De una hebra imprecisa pero firme y sedosa está hecha la conexión entre urdimbre y trama y de ella crece un tejido profundo y duradero que sabrá cubrir y proteger a quien le toque, en tiempos buenos y en tiempos malos porque los tiempos o son unos o los otros. No los hay a medias tintas, son duales, como las religiones que se dicen monoteístas y se mienten porque viven en una eterna pugna entre dos bandos inexplicables, o bien y mal o luz y sombra, sin reglas, sin delimitaciones claras. Los tiempos son como las pugnas, o para bien o para mal. Puede una mañana saber a eterna primavera hasta que una maceta siniestra termine sobre la cabeza desguarnecida y tornarse tan mala como tan buena comenzó. Puede aparecer un billete de lotería, ganador como el más de los más, en una cartera, olvidado y al emerger de ella ante el asombro de la persona afortunada, descender la moneda en una abrupta inflación de tal manera que todo lo ganado ya no valga nada más que lo que cuesta una botella pequeña de gaseosa en el kiosko que está a punto de cerrar. El sufrimiento está en todas partes y la alegría lo está también. Ambas son cosas del deseo.

  Sin deseo no habría ninguna de las dos por lo que cada instante consiste más o menos, con mayor o menor profundidad, en la satisfacción, para bien o para mal. De ahí es que pareciera que no hay nunca nadie satisfecho, con la fama, con la riqueza, con las personas, con las mascotas, con la obra, con la edad, con la fruta, con la cara, con las catedrales, con los días, con el clima, con el contenido de los bolsillos, con la forma de la sonrisa, con el caminar, con el sabor de las cerezas, con la temperatura de la lata de cerveza, con la sed, con el tamaño de los sauces. Nunca hay satisfacción a no ser, que de pronto y en un ataque de lucidez extrema, se ame. De muchas formas, claro, desde las más rudimentarias, como el amor de una planta a su inmediata tierra, haciendo que la raíz abrace y beba gota a gota el agua suspirada para proyectarla luego hoja por hoja, hasta la visión que de ella se tiene, de la que resulta una frase cualquiera como oh, qué bella está tu plantita, ¿qué le pones? Amor, y claro, agua, eso le pongo, dos veces a  la semana, o a veces más, según cómo la vea porque no siempre es una cosa mecánica.

 El amor no es una cosa mecánica, a veces se le debe poner meas, a veces sobra. Según. Como la cocina, o sea, no como la cocina en físico, la cocina en físico es un espacio con dimensiones específicas y concretas, con paredes y azulejos, con grasa y con olores, con carencias o abundancia. Cosas concretas. O hay pan o no lo hay. No. No esa cocina. La que no tiene definiciones más que referencias. La que se hace con pizcas, con sensaciones y con intuiciones.
 
Esa que requiere, como el amor, de una constante creación y motivación, la que se construye con todos los sentidos.

 La cocina que termina como apariencia y comienza como nada. Como un recipiente con agua que terminará en, digamos, cazuela de pollo con verduras y especias de la forma tailandesa, que a lo mejor es también una cosa imaginada antes que vista. Claro, una receta ayuda, como ayuda un modelo en el caso de una pieza musical o como ayuda una historia clásica y cerrada para un guión de cine convencional, ayuda en el sentido de que se puede apegar uno a la receta o al modelo, hasta copiarlo para que salga perfecto. Eso es un deseo. La perfección, o lo que se entienda por ello.

 Antes de la perspectiva lo plano fue la perfección y antes de la polifonía lo fue la monodia. Fue perfecta la gordura en el renacimiento y la esclavitud lo fue en tiempo de Aristóteles. Cosas del deseo lograr la perfección sobre la base de recetas y modelos, en todos los campos. 

Una receta ayuda referencialmente, el resto lo pone la creatividad y en ella, una superpuesta actitud, que a lo mejor es lo que se llama amor. O pasión o por último, una suma de deseos proyectados hacia lo sublime. Como una espiral de eterno retorno, lo que va, vuelve, lo que empieza como la nada, vuelva a la nada después de haber sido totalidad. 

Así desaparecen los fricasés o las más sanas delicadeces de la naturaleza, como una trufa del bosque convertida en abono después de su cotizada figura. Así desaparecen para volver en otra cosa. Y no es rencarnación. Es ciclo vital.

De una hebra imprecisa pero firme y sedosa está hecha la conexión entre urdimbre y trama y de ella crece un tejido profundo y duradero que sabrá cubrir y proteger a quien le toque, en tiempos buenos y en tiempos malos. Es el tejido ése que se está haciendo aun antes de haber nacido, aprendiendo a hacer con los lazos una textura amorosa, inquebrantable.

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