Contante y sonante

Lo callado

“Que ahí se estén, que se conserven hasta que mueran de hipotermia con un momento de sublime pasión sin vuelta de hoja. Pero en silencio”.
sábado, 23 de septiembre de 2017 · 00:00
Óscar García / La Paz

 Ssssssshhhht!!! Que no vuele una mosca, que se detengan los bosques aledaños y hagan las nubes una pausa en su magia de vapor y de agua. Que los trenes lejanos que ya no andan por ahí de pronto floten un poco como si estuviesen en un estado impecable de levitación. Que no se ría nadie, que nadie llore. Que no haya gemidos ni madres ni padres haciendo gala de sus arrebatos.
 
Que no salgan a lucir las cámaras ni las de fotos ni las de de gas y menos las cámaras altas o bajas, ésas que debieran estar mejor por debajo de cualquier consideración real o abstracta porque ahí están las gentes que por lo general y en estos tiempos valen menos que una caja de fósforo sin fósforo.

Que se atraganten las angurrias con sus cuartos de pollo en medio de la garganta para que no digan nunca más ni una sola palabra, al menos no las que se escuchan siempre y repetidamente con el sentido cambiado, con el sentido austero, con el sentido angustiado, vaciado, invisibilizado.
 
Que se atoren de callados.

Que mueran los vientos de muerte súbita, de muerte blanca. Como toda vibración, que se extingan pero en un segundo. Que se cierre su ciclo. Que dejen de moverse. La quietud ayuda.

Que todas las marchas habidas y por haber cesen. Que se detengan en el estado en el que se encuentren. Que si están al borde del abismo, ahí que queden. Que si están en medio de una carretera, que ahí queden. Que si en la punta de un iceberg, que ahí se congelen como fotografía hecha con antigua cámara y con antigua sensibilidad. Que ahí se estén, que se conserven hasta que mueran de hipotermia con un momento de sublime pasión sin vuelta de hoja. Pero en silencio.

Tómense de las manos. No,  mejor no. Levanten las manos. No, tampoco. Va a parecer un asalto.
 
Mejor extiendan las manos, sin hacer bulla. Todos. Extiendan las manos y prepárense para recibir y para dar. Para recibir una piedra y entregar la misma piedra en señal de avance. En señal de tiempo transcurriendo y en señal de una deconstrucción para construir de nuevo. Mantengan las manos extendidas y en acción, que no se pierda ni un solo gesto ni un grano de arena ni una pizca de polvo. Cada pedazo de concreto a modo de piedra es una señal del humano haciendo y del humano deshaciendo. El humano enfrentado a eso que quiso dominado, a eso domesticado, a eso atrapado, a eso modificado y agachado. Eso que no fue ni será doblegado a pesar de todos los intentos de la razón. Eso, un abrupto de lo natural, una tos ígnea, un estornudo eólico, un escupo hídrico, una picazón arbórea.

Que los hacedores de humo no molesten, que no insistan en las asimétricas formas de este complejo sistema que sirve para cubrir las ruinas y las letanías. Que desistan de todos los intentos y de todas las patrañas, que vuelvan a sus lugares de barro seco y de vacío animal, a rehacerse si es posible, desde la madre. Que vuelvan a enrollarse en sus propias columnas o meterse a sus capullos sin que nadie más se dé  cuenta. Y que no se muevan para no entorpecer a los alientos nuevos ni a las nuevas alondras ni a los arbustos en formación. Que no se metan, que no saquen las manos para nada. Son capaces de aplaudir.

A callar todo alrededor, a silenciar hasta al silencio inexistente, aquel que no existe sino como pausa de todos los excedentes sonoros del entorno, vibrando con disimulo a lo lejos, cuidando de que no se note,  oculto en los resquicios, en los pliegues de las cortinas que salen apenas desde las ventanas, mecidas por un tenue viento. A callar las cortinas y los aparejos, a callar las aldabas y los juegos de naipes. A callar los casquillos de balas que esperan en algún lugar al corazón equivocado pero destinado.

A silenciar de oficio cualquier cosa que se parezca a una detonación o a un susurro. A silenciar la urbe el orbe la ubre. Que no cruja la madera y si lo hace,  que parezca el latido último de la cosa hecha para contribuir a la pisada y al alquitrán y a la cera.

Todo silencio es útil, todo ruido un pedazo de hielo en el que chocar.

Todo silencio es necesario como una daga, como un sartén, como un rallador de queso. Claro, todo en su contexto. Todo silencio es bienvenido cuando se trata de escuchar a un animal respirando allá, en alguna parte, debajo de 100 toneladas de escombros hechos por humanos para cubrir todo vestigio de vida. Todo silencio es útil allá. Aquí no. Aquí no es preciso callar. Allá,  sí.

AVISO IMPORTANTE: Cualquier comunicación que tenga Página Siete con sus lectores será iniciada de un correo oficial de @paginasiete.bo; otro tipo de mensajes con distintos correos pueden ser fraudulentos.
En caso de recibir estos mensajes dudosos, se sugiere no hacer click en ningún enlace sin verificar su origen. 
Para más información puede contactarnos

66
1