Contante y sonante

Todos los días

“Es lo que fue y no será, es lo que se admira pero no se iguala. Es lo que se preserva o se destruye. Pero no se restituye. No es lo mismo restaurar, maquillar, hacer Nuevo lo Viejo, hacer desaparecer lo que fue”.
sábado, 30 de septiembre de 2017 · 00:00
Óscar García / La Paz

 Los días que pasan como un mal verso, como uno en el que la palabra corazón se abre paso entre cosas rosadas y de algodón, como un verso desarticulado de sí mismo, contrahecho, con tos. Uno que menciona al corazón como una casa, una casita, un lugar en el que hay adornos y pisos lustrados y hay varias ventanas que nunca se abren porque si se abren se vuelan no las aves sino las servilletas en las que están escritos los versos malos, no los otros.

Los días que pasan como si no hubieran estado ahí, nublados; lentos en apariencia, veloces en tiempo real. Desaparecen del día de la misma forma en la que aparecieron: súbitamente, sin transición, sin esas largas esperas y sin esas dudas que duran eternidades prontas y finitas. Esas que se sabe que van a llegar a un punto sin retorno. Sentados en una plaza sin palomas, en el andén de un tren sin trenes, en un cuarto con reloj de pared que no avanza nunca pero no deja, tampoco, de hacer ruido  segundo  segundo. Y es que así, en estado de espera de la muerte, o de la vida sin propósito, el sonido de un reloj inservible se convierte en algo así como las misas, como las oraciones, como los discursos fatuos, como las promesas fingidas, como todas las formas de la falacia, como todos los pretextos. El sonido, que no el reloj mismo, se convierte en la envoltura que sana, el remedio. Se convierte en la palmada de la madre en el hombro después de una caída o de un craso error. Se convierte en la palabra grave del padre, en la escritura del amigo quien oculta al mismo tiempo su inexcusable deseo. Uno de varios.

Los días que pasan lentos y no pasan nunca. Esos que comienzan con una letanía, los que huelen al pesado, aquellos que son el otro día de la noche, de la trajinada, de la oculta para unos, liberada para otros. Esos días que aparecen de pronto sin nada más que tiempo largo. Sin gratitud, sin calle y sin motivación. Sin mayor vínculo con el mundo que un tenedor olvidado sin querer en medio de una habitación tan vacía como las heredades. Esos días deplorables en cuyo final la noche está aguardando con los brazos abiertos, no con sueño. Esos en los que el sueño no prospera, ni el de la cabeza ni el del porvenir.

No hay porvenir en los días de miserable abstracción. No hay nada parecido al porvenir porque la ruina no es porvenir. Quizás en una mirada forzada y tendenciosa se vea en el desastre la posibilidad de lo nuevo. Como en los sistemas, como lo que genera una crisis, como una revolución. Pero la ruina no deja de ser ruina, a veces por eso es buena, porque desentona con lo actual, no es lo igual, no es lo parecido. Es lo que fue y no será, es lo que se admira pero no se iguala. Es lo que se preserva o se destruye. Pero no se restituye. No es lo mismo restaurar, maquillar, hacer Nuevo lo Viejo, hacer desaparecer lo que fue.

Un proceso bótox. Bótox de las ruinas, bótox de las emociones, la botoxidad de lo digital que pasa a los cuerpos como pequeñas obsesiones que culminan en la pantalla del otro, sin ánima, sin volumen y sin voz.

Los días buenos que pasan como canciones buenas, que no son buenas porque lo diga nadie que hace canciones que quién sabe si son buenas o no. Son buenas no tanto por la hechura sino por la capacidad de emocionar, para bien o para mal. Una canción que provoque  náuseas ha de ser buena si ésa hubiese sido su finalidad y aunque no se trate de una cosa utilitaria, lograrlo ya puede ser una virtud. No hay canciones virtuosas ni estatuas virtuosas, ni un poema virtuoso, ni una oración. Eso está en lo que se provoca, en cada singularidad, en cada emoción particular.

Hay días que pareciera que todo va a estar bien y todo se torna gris. El gris no es malo. Bien combinado funciona como agradable a la vista. Gris con borra de vino, es una linda combinación para unos y no para otros. Así pasa con los días. Un hombre amargado en la calle no soporta la idea de que otro hombre, al cruzar la misma calle, sonría. Nadie puede ser feliz si hay un hombre con amargura. No puede haber nadie que ría si una mujer está llorando. Eso piensa la mujer que llora, eso piensa el hombre con amargura. Al revés pasa poco. Una persona que ríe se preocupa poco sobre el porqué no ríen los demás. Está demasiado ocupado en su efímera felicidad. Ya se amargará, a la vuelta de la esquina.

Los días que pasan como ráfagas, como ventarrón. Los que pasan como una farsa larga, los que se van de costado, los días con velo, los desvelados. Todos los que van a formar parte de un recuento que sirve, para algo, alguna vez.

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