Un cementerio lleno de vida

domingo, 11 de noviembre de 2018 · 00:04

Alfonso Gumucio Dagron

La muerte es algo que todos vamos a encarar algún día.  Lo mágico de ella es que no sabemos cuándo. No tenemos ningún control ni posibilidad de evitarla. Como Woody Allen, podríamos decir: “No le tengo miedo a la muerte, simplemente no quisiera estar allí cuando me suceda”, pero sabemos que vendrá, y que ahí se acabó todo, aunque no, según algunos.

Los cristianos y musulmanes creen en una vida más allá de la muerte, ya sea en el cielo, el infierno o el purgatorio, que es como una estación donde uno espera el tren sin saber cuándo va a llegar. Creo que los evangélicos o los mormones piensan que para el anunciado “juicio final” todos revivirán para encontrarse con los seres queridos (aunque no dicen en qué estado físico). Los hinduistas, a quienes he visto en Benarés quemar los cuerpos con madera de sándalo y echar las ceniza al caudaloso Ganges, creen en la reencarnación, que sería como un proceso de perfeccionamiento a lo largo de varias vidas para llegar al Nirvana. 

La idea de quemar el cuerpo y esparcir las cenizas es la más atractiva. El poeta mexicano Alejandro Aura, con quien mantuve contacto por correspondencia alguna vez, hizo cremar sus restos y sus cenizas fueron colocadas detrás de una placa conmemorativa en el café que solía frecuentar en el Parque Centenario de Coyoacán. Algo así me gustaría, pero aquí no hay un café tradicional que dure varias vidas. 

El culto a los muertos es importante en muchas sociedades. Los cementerios tienen un encanto particular, sobre todo aquellos que gozan de cualidades artísticas. Otros destacan por su opulencia desmedida: los cementerios de narcos en el norte de México sobresalen por su lujo exacerbado. En el panteón de Humaya, Sinaloa, hay tumbas como las de Beltrán Leyva, Amado Carrillo o el Güero Palma, que son mansiones de tres pisos, con música perimetral, internet, aire acondicionado, colecciones de arte y armas, y guardias armados las 24 horas, por si acaso. 

Me hace gracia la propaganda de los cementerios tipo jardín que ofrecen “tranquilidad” o “vista al mar” como si eso importara a quienes están enterrados. Me atraen otro tipo de cementerios y he tenido la oportunidad de visitar y fotografiar algunos emblemáticos y hermosos como el de Mompox (Colombia), el Cementerio Colon de La Habana (Cuba), el más antiguo de Boston (Estados Unidos), el Panteón de Dolores en Ciudad de México, el antiguo cementerio judío de Praga (República Checa), y, por supuesto, el de Pere Lachaise y el de Montparnasse en París, donde descansan Cortázar y César Vallejo, entre otros. 

Todo lo anterior para hablar de nuestro Cementerio General, en La Paz, donde descansa mi padre a quien suelo visitar con la idea de conversar con él durante unos minutos.  A la salida siempre dejo un clavel a Luis Espinal, mi amigo y mentor. 

El Cementerio General de La Paz fue fundado en 1831 por instrucciones del presidente Andrés de Santa Cruz después de las guerras de independencia que llenaron hasta el tope los pequeños cementerios que había en las iglesias de la ciudad. Este nuevo cementerio, que entonces estaba fuera del reducido casco urbano, ha quedado ahora atrapado en medio de uno de los barrios con mayor movimiento comercial y contrabando. 

Si al principio hubo mucha resistencia de la burguesía local para enterrar allí a sus difuntos, después surgió una competencia por hacerlo en mausoleos familiares en estilo gótico ornados de esculturas y relieves. No fue sino después de muchos años que se construyeron los cuarteles “multifamiliares” donde descansan los que no pertenecían a familias acaudaladas, y otros medianamente exclusivos como el que alberga el nicho de mi padre. Las placas más antiguas del cementerio son obras de arte y ahora se exponen debajo de vidrios de protección (lamentablemente cagados por palomas y que hay que limpiar constantemente).

Gracias a la gestión municipal que encabeza el ingeniero Ariel Conitzer el Cementerio General está estupendamente mantenido y en años recientes embellecido por setenta pinturas murales en las paredes laterales de los cuarteles. 

En 2014 el artista Sergio Tórrez fue el pionero con la primera intervención mural y un año más tarde se añadieron cuatro nuevos murales del artista Marco Soria. En 2016 con el apoyo del colectivo mARTadero se hizo en el Cementerio General el Encuentro de arte urbano y muralismo Ñatinta, y se pintaron 21 murales nuevos. 

En 2017 una alianza entre mARTadero y el colectivo de arte Perrosueltos de Cochabamba permitió que se enriqueciera el espacio público con 19 murales, además de restaurar algunos de los anteriores. Se invitó al evento artístico a muralistas nacionales e internacionales. Entre los nacionales: Die 77, Oveja 213, Khespy Pacha, Puriskiri, Knorke Leaf, Sak Crew y Nona. Y entre los extranjeros: Lluc (España), Medianeras (Argentina), Coche (Argentina), Leiga (Brasil) y Ledorian, Bufon y Memo (Chile).

Cada quien hizo lo que quiso, mostrando una gran diversidad de expresiones alrededor del día de los difuntos. La libertad creativa es evidente en la diversidad de estilos y expresiones. 

En 2018 el desafío ha sido aún mayor. Con el lema “Arte urbano donde menos te lo esperas”, 37 artistas cubrieron de murales 30 paredes laterales de los cuarteles en una semana, haciendo uso de imaginación y humor (algo que falta en estos casos para romper el exceso de solemnidad).

Entre los participantes extranjeros Alme, Nebs y Samir de Chile, Decoma y Kolejo de España, Kiki y Malegría de Colombia, Tekaz y Agus Rúcula deArgentina. Entre los bolivianos, HXC Crew, Osek, Willka, Smooth, Andino, Rat, Tuer, Huayllas, La Wasa, Nando Pantoja, Gabriela Zeballos y otros. Como Banksy, algunos son reacios a ser fotografiados, a pesar de estar en un lugar público y creando obra pública. Me pasó con una joven que pintaba junto a la puerta trasera del Cementerio General: a veces la timidez se junta con la arrogancia. 

Pasear por el cementerio es algo mucho más interesante que trepar el pasto de los cementerios privados de la ciudad, que carecen de atractivos artísticos porque no existe una política de reinvertir las ganancias en ello. En el Cementerio General saltan los colores.  Incluso las escaleras que permiten acceder a los nichos más altos están pintadas de colores vivos que hacen juego visual con los murales. 

El Cementerio General de La Paz es muy lindo, y está cada vez mejor. Dan ganas de quedarse… 
 

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