Rumbo al (verdadero) Averno paceño con Marcos Loayza

Las diferentes locaciones en las que se filmó la película guardan secretos que el director develó en un recorrido que mezcla lo mitológico y lo histórico, lo real y lo surreal.
lunes, 19 de febrero de 2018 · 00:10

Samuel Misteli/La Paz  

Averno, la última película de Marcos Loayza transcurre en el espacio onírico que se encuentra entre la realidad y la fantasía, pero también recorre diversos lugares conocidos y desconocidos de la ciudad, por ello, hablamos con el director quien nos  llevó a los lugares donde se filmó la película y  acabamos en un mundo mitológico lleno de secretos. 

El principio de la película es el principio del recorrido al que nos lleva Loayza. Estamos en la calle Ecuador en Sopocachi y hemos caminado pocos metros cuando el director se para frente a un grafiti de una serpiente gigante. “Toda la película está marcada por la serpiente”, explica Loayza y roza el dibujo que dejó su equipo cuando filmaron la película en el 2016.

En la primera escena el protagonista Tupah, interpretado por Paolo Vargas, sueña que se encuentra en el Jardín del Edén, recostado en un árbol. Se despierta aterrorizado cuando una serpiente lo muerde en el cuello. Empieza un viaje fantástico en el que Tupah se sumergirá cada vez más en el submundo paceño. Cruzarán su camino policías sórdidos, prostitutas protectoras, borrachos, escritores, figuras mitológicas e históricas. Hasta que al final bajará al Averno, el bar del cual ya no se sabe si es real o si es el proverbial infierno.

La serpiente que nos enseña Marcos  está presente durante todo el trayecto. Es el símbolo mitológico más importante en una película en la cual los símbolos mitológicos abundan. Tupah, el héroe, la lleva en el cuello en forma de amuleto. 

Según el director, la serpiente tiene varios significados, pero el  más importante es la transformación. Ésta se manifiesta en la transición que vive Tupah en su camino al Averno, en el que paulatinamente va dejando atrás el mundo real. También es un viaje interior, el adolescente Tupah surgirá del Averno más maduro que apenas unas horas antes. Al final, el héroe lustrabotas se quitará su pasamontañas como una piel de serpiente. 

Entramos en el túnel que pasa por debajo del Instituto Americano. Huele a gasolina; autos, taxis, minibuses pasan uno pegado al otro. La luz amarillenta ilumina la galería de los grafitis que atraviesa toda la longitud de la vía. Aquí Tupah es salvado por el Tata Santiago cuando enfrenta una pandilla de ladrones que lo persiguen. “Nosotros somos los dueños de la noche” le presumen los ladrones al joven lustrabotas. Pero cuando aparece Santiago montado en su caballo, no tardan ni un segundo en huir.

El túnel sirve como umbral, el héroe está a punto de entrar por completo al mundo mitológico del que forma parte el santo “mataindios”. Loayza atraviesa el túnel por una acera estrecha, nos quiere mostrar una imagen del autor cuya obra inspiró ese momento en la película. Indica un grafiti de la cara barbuda de Jaime Sáenz, autor “muy místico, muy solemne, pero que con un gran sentido de lo humano”, según el director y agrega que Sáenz también “recoge la literatura andina y del occidente” y escritor de la noche y de la muerte, cuya obra ofreció las claves literarias más importantes para Averno.

El director  muestra el lugar donde se encontraba el grafiti.

Cuando salimos del túnel y vamos bajando por las calles de Sopocachi, Loayza explica que fue inspirado por la generación de los artistas que surgieron de la revolución en  1952, de un discurso que buscaba conectar la nación con sus raíces indígenas. “Sin embargo”, dice, mientras cruzamos la plaza Abaroa con sus palomas y vendedores de algodón de azúcar, “en Averno aspiraba a un tono abierto, vinculado sobre todo a la literatura oral, en la que vive la mitología”.

“A la Pichincha”, indica Loayza al chofer después de que nos hemos subido a un taxi. El taxista pone el auto en marcha, y maldice mientras trata de meterse al tráfico. Subimos por el centro, después de diez minutos bajamos en la esquina Pichincha/Indaburo. Casas coloniales nos rodean, y a una cuadra se distinguen las remozadas fachadas de la calle Jaén. Esta esquina es el punto de reunión de Tupah y sus amigos lustrabotas. Aquí es donde el héroe recibe el mandato de ir a buscar a su tío borracho al Averno: “No me falles”, le dice el policía que lo manda. Aquí también es donde Tupah bota su pasamontañas al final de la película, después de haber regresado del submundo. 

Loayza describe a la esquina como “un pedazo que está detenido en el tiempo, pero que está vivo, no es museo como la Jaén, que está pintada para la foto”. La misma esquina aparece en varias películas y Loayza la ha usado de nuevo en Averno como homenaje, pero sobre todo “porque es un lugar donde se puede hablar de identidad”. De la identidad de la ciudad de La Paz, “una ciudad que no es hermosa, que es fuerte. Por el clima, la falta de oxígeno, la gente, la pobreza. Una ciudad que no tiene orgullo histórico como París, que es más ensimismada”. 

Nido de Dragones  fue una de las locaciones de la película.

El director indica una cruz verde colocada en una casa en la entrada de la calle Jaén. “Es una ciudad peligrosa también”, dice y explica que la cruz, que también aparece en la película, fue puesta allí porque se creía que la casa estaba embrujada.

La identidad en Averno también es la de Tupah, el protagonista principal. “No es un héroe clásico”, dice Loayza, “sino un héroe pasivo, un héroe muy boliviano”. Añade  que Tupah también es “un héroe de los humildes”, que baja de la ciudad de El Alto, que se ve en el horizonte, para vivir su aventura.

Pasamos el Teatro Municipal, caminamos por la calle Jenaro Sanjinés. Estamos cerca del verdadero Averno, pero no lo vamos a conocer porque ya no existe físicamente. Pero vamos a entrar al lugar que está lo más cercano del Averno como es posible. Loayza se agacha, pasa por un portal sin letrero, baja una escalera. Entra a un bar subterráneo. La pintura se está desprendiendo, un olor a cerveza estancada llena el lugar. 

El realizador  paceño descansa en una de las locaciones en Sopocachi. 
Sara Aliaga / Página Siete

Docenas de sillas de plástico permanecen vacías, un letrero advierte que exponerse a más de 90 decibelios puede ser dañino para la salud. Un hombre está sentado en una mesa haciendo cuentas, una cholita arregla los vasos detrás de la barra, allí donde en la película hay un letrero que dice “Nido de Dragones”. 

El Nido es un boliche donde se reúnen hombres mayores, prostitutas, gente del bajo mundo. Cuando llega Tupah al Nido lo recibe una prostituta. “Ya estás cerca”, le dice, “pero tienes que tener cuidado. Nadie quiere que llegues”.

Loayza y su equipo rentaron el lugar por una semana, contrataron a un arquitecto, limpiaron, cambiaron el piso, pusieron las ventanas al revés. “Los bares siempre tienen relación con el submundo”, dice el realizador. “Siempre hay referencia al abajo. Lo que es hombre puede ser mujer, lo que está arriba, abajo, lo que es bueno puede ser malo”. Por eso el bar es el escenario icónico de Averno, película que mezcla lo real con lo surreal, lo histórico con lo mitológico, y que se niega a plantear una lección moral. El bar también es el lugar donde se celebra el alcohol, sustancia que permite cambiar de piel, como lo hace la serpiente. 

No es coincidencia que el bar se llame “El Nido de Dragones”, se refiere al hermano de la serpiente. Finalmente, tampoco es coincidencia que se hable de bares de “mala muerte”, ya que pocos lugares se encuentran tan cerca del más allá. 

“Está noche está cargada de muerte”, observa la prostituta protectora antes de despedirse de  Tupah. Sin embargo, el protagonista saldrá del Averno con vida. También salimos nosotros, subimos por el pasillo oscuro hacia la luz del día. Dejamos atrás el mundo extraño de Averno, al que nos ha llevado Marcos Loayza.

Mural  de Jaime Sáenz ubicado en el Túnel del Instituto Americano.

 

Confidencial

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