Las vueltas de la heredad

Ahora respira hondo, escribe una frase importante en el teléfono y la envía. Escribe una promesa y la envía. Escribe unos textos políticamente correctos y los sube...”.
sábado, 11 de agosto de 2018 · 00:04

Óscar García / La Paz

Parece estar por algo así como los treinta y seis años, quizás poco menos, poco más. Pierde cabello rápido, se nota y quedará sin cabello, seguro, como a los cuarenta. Se mira al espejo, en silencio, tiene el suficiente buen humor como para no hacer de su pérdida un drama. Se ríe un poco de ello pero en el fondo sí le preocupa y en las calles lo esconde. Nada tan grave pero lo esconde. Se mira al espejo, antes de hacer la foto de rigor, del día, para hacerse notar ante el mundo, para protestar ante el mundo, para mostrarse ante el mundo porque sin mundo no existe y al mundo él le es imprescindible. Lo que diga es, para el mundo, crucial. Al menos eso le dijeron en su casa, su madre, sobre todo. Mientras lo peinaba, a sus pocos años de vida, frente a un espejo, le decía –te vas a comer el mundo hijo, eres lindo, fuerte, inteligente, lo que digas va a ser importante, lo que hagas va a ser determinante. No puedes bajar la guardia, nunca. Tienes que saber que donde vayas, va a haber gente alrededor tuyo, que te siga, que te crea, que se enamore de ti hasta el punto de la desesperación. Ahora, estás listo, andá por tu mochila, no vayas a atrasarte–.

Y lo creyó, todo, palabra tras palabra. Ahora respira hondo, escribe una frase importante en el teléfono y la envía. Escribe una promesa y la envía. Escribe unos textos políticamente correctos y los sube. Se afana para salir a cumplir con las cosas que hace para vivir.

Su padre fue un buen funcionario público, de los que había antes. Trabajó cien años en la oficina de Correos, nunca lo ascendieron. Comenzó clasificando paquetes y terminó clasificando paquetes. Era un hombre rutinario, silencioso. Era un hombre amoroso pero también riguroso con los hijos, que eran dos. Este, el del espejo, el influenciador y uno menor, por poco, que estudió Psicología apenas, pagando sus estudios con un trabajo de ayudante de carpintero en una de las pocas carpinterías que quedaron en la ciudad.

El hombre del correo murió de pronto, sin mayor anuncio, en su puesto de trabajo, de un fulminante ataque al corazón. Sin nada que dejar, sin legado, sin pena ni gloria. Eso, eso es justamente lo que cada cierto tiempo atormentaba a Gabriel. Es su nombre. El hijo mayor, el elegido, el empujado a ser perfecto y bueno, a ser único, especial, ganador, seductor, alquimista, líder de una manada. Con miedo permanente a repetir lo que el padre hizo. No lo que fue. Fue un buen hombre. Pero estático, conformista, viviendo siempre entre lo justo y la pobreza. Gabriel descubrió que las vidas suelen repetirse, supo que no hay justicia en la historia, que así como se heredan y repiten los privilegios, de la misma forma la pobreza y la ignorancia, el delinquir, las vidas siempre al borde de la desgracia y de la muerte se repiten.

Ahora anda preocupado por eso. Busca las maneras de burlar al destino. No quiere repetir. Ve que hay personas que cambiaron el curso de la historia. Pero son las excepciones, son como un elemento distinto que se entromete en un sistema complejo para hacer que éste cambie, para dar lugar a un sistema nuevo. Ni mejor ni peor, simplemente diferente, nuevo.

Su madre, fuerte, siempre combativa, convencida del destino triunfador del hijo mayor y de la poca suerte del menor en las lides de la vida, abandonó el hogar cuando Gabriel tenía como 16 años, para irse con un comerciante de animales silvestres pero defensor de los árboles antiguos, a vivir un idilio en el que al cabo de pocos años salió perdiendo todo.

No supo nadie más nada de la madre. Tampoco les importó averiguar mucho, ni antes ni ahora. Tampoco esto quiere repetir Gabriel. No quiere ser desleal ni traicionar. No quiere, a pesar de que no todo es cosa de voluntad, dejar que las cosas que construye solo o acompañado se vayan a destruir por mano propia. Como un autoatentado. Así que sale. Hoy va a pedir un crédito, hoy va a inaugurar un emprendimiento en línea. Hoy va a decirle a una persona que la ama aunque sea una mentira. Mentir es una herencia, finalmente. Una de las que no va a poder librarse nunca.

Hoy va a honrar al padre, pasará por el edificio en el que hubo, antes de ser un país casi medieval, una oficina de Correos, dirá un verso frente a la puerta y en un acto evocativo, amará su pasado, uno de ellos, antes de sacarse otra foto para su perfil.

Otras Noticias