Reseña

Aprende a amar el plástico

viernes, 3 de agosto de 2018 · 00:00

José Villanueva Criales /Poeta

Buscando deshilar el libro de crónicas de Carlos Velázquez existen dos variables que vienen a la mente, lo jubiloso y lo peligroso. Y en ambos casos, las variables se encuentran en un punto álgido,lejos del cero. ¿Cómo situar entonces en el texto un extremo júbilo, una extrema peligrosidad?

Es necesario hablar de lo excesivo, potencia del júbilo, como un leitmotiv de “Aprende a amar el plástico”. En la memoria posterior a la lectura los excesos tienden a estar relacionados con la droga (probablemente por el poder de las palabras que la nombran, decir cocaína en voz alta es estar a medio camino de tenerla delante). Sin embargo es importante resaltar que lo excesivo es parte integral de todo lo que sucede en el texto. Las enormes cantidades de carne asada deglutidas, la fila de prostitutas que acaban por mermar la voluntad de Carlos hacia sus compromisos, su propia obesidad, e incluso la puesta en escena de un concierto masivo como a los que asiste están cargados de imágenes y metáforas que recuerdan continuamente al exceso. Carlos Velázquez actúa como un sujeto genuina y profundamente desbordado. Y esta genuinidad permite a la obra brillar tan alto. Es verdad que el relato de un personaje desbordado es un lugar común en la literatura, pero sólo ocasionalmente vuelve a hacerse con maestría.

Por otro lado, es posible pensar en el lenguaje utilizado en “Aprende a amar el plástico” como un vehículo para el júbilo. Al leer a Velázquez en un país que no sea México, el amplio uso del argot podría verse como una traba para la comprensión del texto, sin embargo, más que reclamar búsquedas en el diccionario, este dota al mismo de una peculiar musicalidad. En poquísimos casos es necesario conocer el significado de una palabra, o incluso de una frase entera en argot, para entender el rumbo narrativo del texto. La mayoría de veces estamos hablando de artificios sonoros, notas al pie, cosquillas métricas, scat en el sentido más puro. Esto, además de provocar una ocasional lectura hipotética de las palabras a través de su sonoridad, dota al texto de una gran universalidad a pesar de un aparente regionalismo en el léxico, lo cuál se agradece especialmente en esta edición alteña del libro que nos encontramos celebrando hoy.

Donde el júbilo, disparado por el exceso y conducido por el lenguaje, se acerca inicialmente a la peligrosidad es en la relación del diletante de la droga con su consumo. Antes es necesaria una distinción: el drogadicto muere con la jeringa en el brazo, el diletante muere de viejo, con una colección de jeringas en el cajón. Para el consumidor habitual tener droga en el bolsillo ya es motivo de júbilo.No hace falta en una primera instancia consumirla. Y tal vez este sea el verdadero poder de la misma, su sola presencia(así como la palabra que la nombra) emana una radiación premonitoria que es de por sí extremadamente placentera. Ubicar droga es la mitad de consumirla y el mundo del diletante tiene mucha más burocracia y mucho menos romanticismo de lo que nos gustaría pensar. Muchas más llamadas a teléfonos apagadosy horas de incertidumbre, aburrimiento y espera. Un reflejo de esto puede verseen la crónica en la que Carlos mueve droga en Tepito.La suciedad misma del lugar es pasada por alto, al igual que las heridas de desesperación en los pómulos de los adictos al crack, o dentro del mismo rango de imágenes, los cuartos mugrientos donde la gente que ha perdido las esperanzas va a tomar alcohol hasta morir en un ritual patéticamente heroico.Aquí no se hallará nada de este costumbrismo yonki tan adorado en Bolivia. Aquí no hay heroísmo. Todo el enfoque de la crónica tiene que ver con que en Tepito la compra de droga funciona como un reloj, hay respetono sólo por la pureza de la sustancia y su técnica, también por la fila de compradores que esperan su turno. En el ambiente se respira verdadera caballerosidad, verdadero código.Y entonces la descripción sola de ese paraíso del diletante nos hace sentir que nos hundimos con pesas en la peligrosidad.Nos empezamos a preguntar si se puede esperar pacientemente el turno sin que el resultado inevitable sea la depravación, la adicción y la muerte.

El drogadicto halla vigor en el momento cataclísmico, en la sobredosis misma, cuando la mente se nubla por última vez. Esa es su escena predilecta. Por su lado el diletante halla vigor en el chaki del día siguiente, el momento en el que cualquier droga abusada se convierten en un poderoso enteógeno. Ese es su momento predilecto. Lo más peligroso de “Aprende a amar el plástico” tiene que ver con el hecho de que ninguna crónica termina con Carlos a punto de desmayarse después de una jornada de excesos, la forma de contar de Velázquez es excepcionalmente anti-trágica y en todas las crónicas hay un despertar al día siguiente. El libro sabe leerse como una elegía a la resaca, y no precisamente al momento en el que uno se mira en el espejo y lo inundan unas enormes ganas de llorar. El libro es una elegía a las horas siguientes, en las que despojado de agonía uno empieza a pensar que tiene que haber una forma de hacer del abuso una parte de la vida, sin descuidar todas las otras partes. Cómo se controla el desborde, cómo domar este caballo para que me lleve a mi casa. No se busca entonces el límite, se busca el camino que colinda. Y en esta búsqueda es inevitable sentir una enorme empatia que hace que leer el libro sea una experiencia tan satisfactoria. “Aprende a amar el plástico” no sólo es inmenso y lujuriosamente peligroso, además es motivacional.

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