Cine latinoamericano en 2018

domingo, 06 de enero de 2019 · 00:04

Alfonso Gumucio Dagron 

Como en años anteriores, fui invitado como jurado de las películas finalistas del Premio José María Forqué, lo cual me permitió ver las producciones más importantes de América Latina y de España realizadas durante el año  2018. Hago con gusto ese trabajo de descubrimiento, ya que la mayoría de las películas seleccionadas no se ha exhibido en Bolivia, y quizás nunca ocupe las pantallas de las multisalas de cine, tan dedicadas, salvo excepciones, a promover chatarra cinematográfica. 

El Premio funciona así: Egeda (Entidad de Gestión de los Derechos de los Productores Audiovisuales), que organiza el Premio José María Forqué (y también de los Premios Platino que vienen unos meses después), ha realizado una preselección de todas las películas presentadas a concurso, una veintena, por lo menos, en cada categoría: a) Largometrajes de Ficción o Animación (del cine español), b) Largometrajes Documentales, c) Cortometraje Cinematográfico, y d) Película Latinoamericana del Año. Además, se premian las mejores interpretaciones masculina y femenina, y se otorga un premio especial al Cine de Educación en Valores.

De toda la inmensa producción de cine latinoamericano y español, los jurados latinoamericanos tenemos que decidir el orden de las cuatro mejores películas que ya han sido preseleccionadas por los organizadores. En nuestra categoría nos presentaron como opciones: Roma de Alfonso Cuarón, Sergio & Serguéi de Ernesto Daranas, La noche de 12 años de Álvaro Brechner y Las herederas de Marcelo Martinessi. En suma: una película mexicana, una cubana, una uruguaya y una paraguaya (aunque todas son coproducciones que involucran a España y varios otros países). 

El resultado de nuestros votos se dará a conocer en la ciudad de Zaragoza este 12 de enero, en una ceremonia que suele ser espectacular, una especie de ensayo de lo que serán los Premios Platino, donde suelen competir las mismas películas. 

Sobre Roma de Cuarón ya he publicado mi crónica rendida de emoción: es un filme monumental, un fresco de México de principios de la década de 1970, maravillosamente realizado en todos sus aspectos técnicos. La película permite niveles de lectura que son como ríos subterráneos profundos que se interrelacionan y entrelazan en el imaginario de quienes conocen México y han vivido esa etapa de cambio de sociedad, ese punto sin retorno.

La mayoría de los espectadores, mal guiados por el propio Cuarón (un autor no es necesariamente quien mejor puede reflexionar sobre su obra), se ha concentrado en la lectura de primer nivel: la historia de una familia donde la empleada indígena es el personaje principal, el factor de equilibrio y el referente de sociedad.  Sin embargo Roma tienen otros niveles de lectura que son como los personajes y detalles en los frescos de los grandes muralistas mexicanos: cada detalle está pensado y significa algo, no es casual. 

Como interpretación de la historia con gran “H” me pareció también extraordinaria la producción cubana Sergio & Serguéi de Ernesto Daranas, formidable periodista de radio y guionista de televisión con dos largometrajes anteriores en su haber: Los dioses rotos (2008) y Conducta (2014). Por esa experiencia anterior, entre las virtudes de este filme están los diálogos que van tejiendo la historia.

Desconozco si es un dato real la relación que establece Sergio, un radioaficionado cubano, profesor de marxismo en la universidad, con Serguéi, cosmonauta ruso que gira alrededor de la tierra en la última misión de la estación espacial MIR, pero esa relación le permite al autor de la comedia hablar de la historia de Cuba en el mundo con maestría y sentido crítico. 

Estamos nada menos que en 1990, en plena disolución de la Unión Soviética, unos meses después de la caída del muro de Berlín el 9 de noviembre de 1989. En ese contexto, la nueva Rusia se ha “olvidado” del cosmonauta que gira en torno a la tierra, postergando su regreso por razones burocráticas. El hombre está prácticamente abandonado en el espacio, incomunicado, con muy pocas noticias sobre lo que sucede en la tierra, hasta que el radioaficionado cubano, que habla ruso porque ha estudiado en Moscú, establece casualmente contacto con él.

Se trata de un drama, sin duda, pero tratado con fino humor. Un drama porque el mundo ha dado un vuelco geopolítico que afecta no solamente las vidas de los habitantes de la ex-URSS, sino también la de los cubanos, la de los americanos; en general, la del mundo entero. Eso es lo que muestra la película a través de pocos personajes y sin mayor parafernalia.

Es una película crítica del socialismo, una película que muestra con asombrosa sinceridad las condiciones de vida en La Habana y las relaciones que se tejen entre el poder y los ciudadanos en esa nueva etapa en que, sin el apoyo de la URSS, Cuba ingresa en el “periodo especial” durante el cual la sobrevivencia se hizo tan difícil. El tercer personaje que enriquece la trama es Peter, el radioaficionado gringo interpretado por Ron Perlman. Este es un filme indispensable.

También es indispensable la película de Álvaro Brechner, La noche de 12 años, que es el relato de los años que pasaron en prisión, totalmente incomunicados, tres jóvenes tupamaros durante la dictadura militar en Uruguay. En 1973 son apresados José Mujica, Mauricio Rosencof y Eleuterio Fernández Huidobro y lo que viven durante dos sexenios es a la vez una historia de terror y de resistencia. Para sus captores, ellos no son presos políticos, sino rehenes cuya vida pende de un hilo: si los tupamaros cometen atentados contra la dictadura, los tres rehenes serán ejecutados.  

Mientras tanto, la consigna es enloquecerlos con tortura física y psicológica, manteniéndolos totalmente incomunicados.  Imaginemos lo que eso significa: encapuchados las 24 horas, sin saber cuándo es de día y cuando de noche, ni qué día, qué mes o qué año es. Por supuesto, sin saber de la familia, del país ni del mundo. 

Todo esto lo narra de manera magistral Álvaro Brechner, sin caer en ningún momento en la morbosidad de la violencia, pero sin obviarla tampoco. Lo que se propone mostrar es la capacidad de resistencia, la voluntad de sobrevivencia y la solidez de las convicciones. 

La cuarta película de la preselección, Las herederas de Marcelo Martinessi, no pertenece a la misma categoría de relatos históricos, pero dice a su manera lo que significa un cambio de sociedad: dos mujeres de alcurnia viven un proceso de empobrecimiento que las obliga a vender “la vajilla de la abuela” y todo lo que han heredado. Una de ellas pasa por la cárcel por fraude y la otra comienza a hacer algo que en su vida había hecho: trabajar. 

Ya que mi calidad de jurado del Premio Forqué me permitía acceder a todas las demás películas en concurso, vi también las cuatro obras seleccionadas en la categoría de Mejores Largometrajes de España: Campeones de Javier Fesser, Carmen y Lola de Arantxa Echevarría, Entre dos aguas de Isaki Lacuesta y El reino de Rodrigo Sorogoyen. Son todas películas “políticamente correctas” (discapacitados, gitanos, corrupción), pero sin una narrativa cinematográfica que destaque; francamente, muy inferiores a las latinoamericanas que he mencionado brevemente en este texto.

@AlfonsoGumucio es escritor y cineasta