Kolibrí

domingo, 13 de octubre de 2019 · 00:03

Alfonso Gumucio Dagron 

¿Cine para niños? ¿Cine con los niños? ¿Cine desde los niños? ¿Podemos hablar de un cine que los adultos hacen poniéndose en el lugar de los niños? ¿El cine de animación es un cine dedicado per se a la infancia? ¿Existe un cine hecho por los niños y dirigido a los adultos que no los entienden? ¿Los niños deberán hacer cine para niños? 

Son algunas de las preguntas que me hago y que formulé durante mi corta intervención en el panel de especialistas en proyectos audiovisuales educativos “Situación de la producción audiovisual para la niñez y la adolescencia en Latinoamérica”, que tuvo lugar el 9 de octubre en la “Cátedra Luis Ramiro Beltrán” de la Universidad Católica Boliviana, como una de las actividades del XII Festival Internacional Kolibrí, dedicado a niños, niñas y adolescentes.  En el panel participaron invitados de Argentina, Cuba y Bolivia, cuya relación con el audiovisual para la infancia es diversa: algunos son productores o realizadores de programas de televisión o de animación, otros son docentes de cine o promotores del cine destinado a la infancia, como es el caso de la organizadora del evento, Liliana de la Quintana (y toda su familia, podríamos decir), quien lleva muchísimos años forjando en Bolivia espacios de capacitación, de participación, de producción y de difusión en el tema de cine para la infancia y la adolescencia. 

Empecé recordando a los asistentes y participantes del panel la feliz coincidencia de estar en la Cátedra Luis Ramiro Beltrán, quien fuera el guionista de Vuelve, Sebastiana, la primera película en la historia de Bolivia donde los protagonistas son dos niños. Qué feliz coincidencia. 

Aunque no estoy involucrado directamente en la producción de cine para niños, mis siete años de experiencia de trabajo en Unicef en Nigeria y en Haití me han permitido hacerme las preguntas que formulé antes, y adoptar una posición crítica con la organización de Naciones Unidas, supuestamente dedicada a la infancia, pero, en realidad, una burocracia muy mal llevada para responder a las necesidades reales de niños, niñas y adolescentes. El sistema educativo en Bolivia también suele ignorar el potencial del audiovisual en el aula, lo que muestra sus enormes límites a pesar de los discursos grandilocuentes desde el Estado. 

Razón de más para interesarme en proyectos de otras instituciones privadas o del Estado que efectivamente dedican sus esfuerzos al campo del audiovisual para la infancia, y escuchar sus relatos, aunque el panel me pareció demasiado descriptivo de lo que cada uno hace, sin entrar en reflexiones más amplias y entablar un debate sobre el tema. Es un mal común a los paneles de eventos, en general, que cada quien viene a contar su propia experiencia sin elevar un poco el nivel de análisis. 

El Festival Kolibrí recibió este año 280 obras, de las que fueron seleccionadas 158 para concurso, de 26 países en cinco continentes. Esos números indican su capacidad de convocatoria, pero detrás de las cifras hay mucho más: una evolución de las temáticas que interesan crecientemente a los niños, niñas y adolescentes, entre ellas el medioambiente, la discapacidad y la diversidad sexual. En los talleres que se realizan anualmente en los colegios, en diferentes departamentos de Bolivia, los propios niños han propuesto otras temáticas vinculadas a los derechos humanos (Luis Espinal, por ejemplo) y a la violencia familiar, entre otras, de las que surgen producciones de documental, animación o ficción realizadas por los propios niños y adolescentes que participan en los talleres que organiza Nicobis (la familia Ovando) y el Festival Kolibrí.  Más de un centenar de obras se han producido de esta manera en diferentes lugares de Bolivia: aymaras del lago Titicaca, poblaciones afrobolivianas en Yungas, Tarabuco en Chuquisaca, los distritos mineros, Alto Beni, guaraníes del Chaco tarijeño, etc. 

Las producciones del XII Festival fueron clasificadas y premiadas en varias categorías:  ficción, animación, documental, serie de televisión y obras realizadas por niños y adolescentes. 

Cuentos de la cuenca (2018, 7 min.), de Andy Garnica Iriarte, obtuvo el primer premio en la categoría de animación.  Es una hermosa alegoría que, en la línea de la ya clásica Abuela grillo, muestra la preocupación por el medioambiente y la necesidad de vivir en armonía con la naturaleza tejiendo comunidad y    valores. Una visión pesimista nos inclinaría a decir que ya es demasiado tarde con un Estado tan indolente y depredador, pero lo cierto es que el cambio de actitudes individuales y comunitarias, como muestra el corto, es la clave para que ecocidios como el de la Chiquitania no vuelvan a ocurrir. Por la belleza de su narrativa y la pertinencia de la historia, este corto debería ser obligatorio en todas las escuelas y en todos los canales de televisión. Es mucho más importante que toda la propaganda o los falsos programas para niños que saturan la pequeña pantalla. 

Una excepción honrosa, cuyo director, Jesús Vilca, recibió un Premio a la Trayectoria, es Muyuspa (Girando), serie producida por la televisión estatal boliviana, que en cada edición le da la palabra a niños, niñas y adolescentes de algún lugar de Bolivia (Cobija, Chorolque, Trinidad, Desaguadero, Chipaya, entre otros) con mensajes educativos sobre problemas que aquejan a las comunidades.  La serie adolece de cierta falta de rigor en su estructura y de creatividad en su expresión audiovisual (los niños repiten lo que les piden decir para la cámara, incluso con sesgo político), pero cumple una función didáctica necesaria. Muyuspa me recordó a las videocartas de la Televisión Serrana, la experiencia cubana con niños desarrollada ya hace varias décadas en la Sierra Maestra por Daniel Diez Castrillo. 

En la categoría documental se llevó el premio El sembrador (México 2018, 86 minutos), de Melissa Elizondo Moreno, que muestra la dedicación de un profesor rural en Chiapas, quien trabaja con niños tzeltales, mientras Cocodrilo (España 2018, 4 minutos) recibió el Premio de ficción.  El jurado consideró que “sintetiza el conflicto entre un adolescente con sus padres recurriendo a un lenguaje claro sobre las diferencias generacionales y plataformas comunicacionales que van surgiendo por la tecnología, redes sociales y videojuegos. Es emotiva y esperanzadora, pues concluye en lo que se presume un reencuentro gestado desde el amor materno de entender los intereses del hijo adolescente. Parece estar  dirigida a los padres, quienes muchas veces no comprenden los modos de vida de sus hijos, pero, al mismo tiempo, por cómo fue realizada, es atractiva y reflexiva para un público infanto-juvenil”. 

He visto algunos capítulos de Crónicas elefantiles, la serie televisiva colombiana de Miguel Otálora (que se transmite por Señal Colombia), que recibió el Premio a la Mejor Serie de Televisión.  Es una muestra de que la capacidad de síntesis (cápsulas de menos de dos minutos) y la creatividad (mezcla de animación y documental) tienen más y mejor efecto en los niños que producciones largas y pesadas. En Bolivia, un excelente ejemplo de este estilo es el programa para adolescentes Pica, producido por Nicobis, otra prueba de que lo bueno, si breve, es dos veces bueno.

Muchas otras actividades giran alrededor de este proyecto ambicioso que es Kolibrí, que comienza a merecer la atención del Estado para garantizar su continuidad en el tiempo. No me cabe la menor duda: las nuevas generaciones “picadas” por este dulce Kolibrí serán mejores.

@AlfonsoGumucio es escritor y cineasta 
Gabriel Chávez  / Santa Cruz