Sebastiana

domingo, 27 de octubre de 2019 · 00:00

Alfonso Gumucio Dagron

Una de las últimas veces que estuve con Sebastiana Kespi Mamani en Chipaya, en el ayllu Wistrullani, donde vivía, la miraba caminar con paso rápido de un lado a otro.  Rengueaba porque los pies ya no respondían como antes, pero aún así se desplazaba como una hormiguita inquieta y laboriosa. “¿Qué haces Sebastiana?, le pregunté con curiosidad y me respondió que estaba construyendo su nueva casa, no muy lejos de la antigua y de la casa de su hija, Emiliana. 

En años recientes estuve varias veces en Chipaya y siempre buscaba a Sebastiana, mientras filmaba el documental del largometraje Amanecer chipaya (2018). No dejaba de visitarla y de incluirla en las actividades que desarrollamos mientras rodábamos la película. En cada caso ella participaba entusiasta y voluntariosa. 

Desde La Paz, llamaba de vez en cuando a Emiliana o al yerno de Sebastiana, para que me dieran noticias de ella, que en los últimos años sufría de demencia senil. Una de las veces que llamé fue con motivo de la desaparición de Sebastiana en las calles de Oruro, a principios de noviembre del 2017. Había salido sola muy temprano el jueves 2, y no había regresado a su casa. La noticia apareció en las redes y en los medios, y muchos se movilizaron para buscarla. La Policía colocó carteles de “persona desaparecida”, con una foto antigua de ella. Ese jueves y viernes hablé varias veces con Emiliana, que no tenía buenas noticias hasta que finalmente me las dio el viernes 3 por la noche  la habían encontrado deambulando por la calle Soria Galvarro. Deshidratada, tuvieron que hospitalizarla por unas horas. 

Tuve la suerte de conocerla y de conversar con ella muchas veces cuando todavía su memoria no la traicionaba, aunque poco recordaba de su participación en la película emblemática Vuelve Sebastiana (1953) de Jorge Ruiz, sobre un guion de Luis Ramiro Beltrán, cuando tenía 10 años de edad. O quizás le daba pereza de responder cuando le preguntaban sobre esa etapa de su vida que la hizo famosa. Lo de “famosa” no deja de ser una ironía, pues todos se olvidaron de ella durante varias décadas, mientras Sebastiana vivía pobremente en Chipaya, y pasaba la mayor parte del tiempo en casa de su hija Emiliana. 

En mayo de 2015 la Cinemateca Boliviana le hizo un merecido homenaje. Me senté a su lado mientras veíamos la película de Jorge Ruiz, que ella veía -según me dijo- por primera vez, aunque otras versiones indican lo contrario. Durante la proyección se mantuvo atenta, con la vista fija en la pantalla. Al finalizar le pregunté sobre sus impresiones y respondió: “Ahí vive mi papá, ahí vive mi mamá, por eso estoy llorando”. Quería decirme que sus padres vivían todavía en la pantalla.  Para ella, eso era magia. Luego retomó el hilo que más le interesaba de la conversación: “Algunos me dicen, usted tendría que tener un sueldo, por qué no tiene sueldo”.  No supe qué responderle.  “No tengo sueldo, quiero morir”, me dice, pero esta vez sonriendo con cierta picardía, como si todo fuera un juego para victimizarse.

Llegó aquella vez a La Paz con su única hija mujer. Además, tiene un hijo varón y diez nietos. Dos de ellos viven en Antofagasta, a donde ha ido a visitarlos varias veces. Me contó que de allá traía algo de dinero para comprar arroz en Oruro. Por lo demás, sobrevivía de las 25 ovejas que tenía, el equivalente de una cuenta bancaria: “Yo sigo pastoreando, llorando, llorando”, me decía. Elaboraba queso con la leche de las ovejas, pero “en marzo la tierra se seca y las ovejas ya no dan leche”. Los meses buenos son de junio a febrero, cuando llueve. Luego las ovejas se secan como la tierra. 

Por iniciativa del diputado Santos Paredes de la Comisión de Naciones y Pueblos Indígena Originario Campesinos, Cultura e Interculturalidad de la Cámara Baja la Asamblea Plurinacional  recibió una medalla vistosa. Me la mostraba con cierto orgullo, pero al mismo tiempo decía con sorna: “Qué voy a hacer con la medalla, mejor me hubieran dado platita”. 

Jorge Ruiz, con quien conversé tantas veces, solía decirme: “En toda mi carrera de cineasta, sólo he hecho  unas cuatro películas de mi propia voluntad, todas las demás han sido encargos”. Entre ese puñado de películas propias, Ruiz citaba Vuelve Sebastiana, considerada por muchos su obra más importante. 

Sebastiana me contaba que el maestro de la escuela de Santa Ana de Chipaya la había “prestado” a Ruiz por sus buenas notas, pero no recordaba cuánto duró la filmación: “una semana, dos semanas ¿o un mes será?”. Todo eso que importa tanto a los cinéfilos, a ella la tiene sin cuidado. No recuerda sino tres momentos de la filmación: las escenas donde aparece pastoreando ovejas, aquellas tomas que se filmaron en Sabaya, y también la escena de la muerte del abuelo que se aventura en el altiplano para buscarla. Cuando le pregunté sobre la muerte del abuelo, me contó que lloró de verdad, no fingió. “De verdad he llorado, pues”.  “¿Por qué?”, le pregunté. “Porque se ha muerto”, responde. “Pero si no ha muerto de verdad”, insistí. “Igual he llorado. Vas a llorar me han dicho, entonces he llorado”. 

El periodo que más frecuenté a Sebastiana fue en 2017 cuando filmé Amanecer Chipaya, con un equipo reducido a Freddy Delgado y Marcos Machaca como camarógrafos (ambos se turnaron), y Ramiro Valdez como sonidista. La película nació de la iniciativa del Servicio Intercultural de Fortalecimiento Democrático (SIFDE), del Órgano Electoral Plurinacional.  El SIFDE tuvo la iniciativa de documentar los tres primeros procesos de autonomías indígenas originario campesinas, consagradas en la Constitución Política del Estado de 2009. Charagua Iyambae, Uru Chipaya y Raqaypampa fueron, en nueve años, las únicas naciones indígenas que accedieron a su autonomía. 

Lo que tenía que ser un sencillo registro de 15 o 20 minutos (el presupuesto no alcanzaba para más) se convirtió en un documental de largometraje porque me enamoré de los Chipayas y sentí mucha empatía con ellos por su historia, su cultura y sus condiciones de vida, que están plasmadas en la película. Pero además la filmación me dio la oportunidad de rescatar la figura de Sebastiana y devolver a los chipayas parte de su memoria. Siempre tuve en mente que además de cumplir con el SIFDE, debía hacer un documental que sirviera a los propios chipayas y a las futuras generaciones, como unas páginas de su libro de historia.

Sebastiana ya había recibido homenajes y medallas, pero nadie sabía (ni preguntaba) lo que había sucedido con Paulino, el niño aymara que protagoniza con ella la película de Jorge Ruiz. Un día, conversando con ella en el patio de su casa, le pregunté qué había sido de la vida de Paulino, y su respuesta me sorprendió. Entre risas me dijo: “No es aymara, es chipaya, del ayllu Manazaya, vive en la esquina de la plaza”. Solo podía ser una esquina, ya que la escuela, la alcaldía y una tienda ocupan tres esquinas. Lo fui inmediatamente a buscar en una humilde casa azul y encontré a un Paulino López (ya no Lupi), bonachón que me recibió con una mirada cristalina y una gran sonrisa. Paulino confirmó que Jorge Ruiz había pedido “prestados” a los dos mejores alumnos de la escuela, y que el profesor había seleccionado a ambos. 

El “descubrimiento” de Paulino ha sido en mi vida de cineasta tan importante como el redescubrimiento de José María Velasco Maidana en Houston el año 1975. Dos satisfacciones enormes como cineasta y como historiador del cine. Paulino se queja, con razón, que ha sido olvidado por todos, nadie le hizo hasta ahora el homenaje que se merece. Es una promesa que le hice y que quiero cumplir.

Las nuevas generaciones no habían visto nunca Vuelve Sebastiana en Santa Ana de Chipaya, de modo que como parte de la filmación organizamos una proyección en el auditorio del colegio. En primera fila estaban Sebastiana, Paulino y los dirigentes de los ayllus. Filmamos sus rostros mientras veían el film y al día siguiente “me presté” de nuevo, seis décadas más tarde, a Sebastiana y a Paulino para filmar con ambos unas cuantas escenas que reproducen aquellas en las que se los ve juntos en la película de Jorge Ruiz. Fue emocionante para el equipo de filmación pedirles que repitieran lo que habían hecho tantos años antes, y lo hicieron de buen gusto, como cómplices divertidos. Esas escenas también están incluidas en la edición final del documental. 

Esta vez Sebastiana se fue para no volver. La recordaré siempre en movimiento, participando en todas las actividades de su pueblo, haciendo fila para votar y bailando el día de las elecciones de autoridades originarias en el ayllu Wistrullani, siempre con una sonrisa un poco pícara. 

@AlfonsoGumucio es escritor  cineasta