Fuertes

domingo, 10 de noviembre de 2019 · 00:03

Alfonso Gumucio Dagron

En la Cinemateca Boliviana pude ver el largometraje Fuertes (2019) de Óscar Salazar Crespo y Franco Traverso Chueca. Es un placer ver películas cuando no hay público que hable o juegue con sus celulares, ni mastique pipocas con olor a mantequilla rancia.  Uno se puede concentrar en la gran pantalla y dejarse conquistar por la narrativa cinematográfica. 

Entré a ver Fuertes con la mejor disposición, atraído por la historia de 600 estronguistas (jugadores y simpatizantes), quienes, cuando estalla la Guerra del Chaco con Paraguay en 1932, deciden enlistarse en el Ejército boliviano y formar parte de un destacamento que tendrá la misión de defender Cañada Esperanza (hoy Cañada Strongest). 

No soy ni aficionado ni conocedor de fútbol (aunque por invitación de Ricardo Bajo he escrito a cuatro manos con Carlos D. Mesa un cuento para el libro que celebró el centenario de The Strongest), y tampoco me gustan las narraciones que rebalsan patriotismo, pero me atrajo la perspectiva de ver cómo los directores de la obra habían logrado tejer el entramado del fútbol y de la guerra, a partir de una historia real, no muy lejana en el tiempo. 

Luego de 115 minutos de proyección, casi dos horas, salí de la sala con impresiones y sentimientos encontrados, tratando de buscar los hilos de la historia para poder comentar esta obra que es representativa de las nuevas corrientes en el cine boliviano. 
Recordé a Henri Langlois, el fundador y director durante muchos años de la Cinémathèque Française, quien alguna vez afirmó que solía ver las películas sin sonido, para apreciar mejor la calidad del relato. Puede parecer un extremo, ya que en el cine tiene tanta importancia la imagen como el sonido, pero fue inevitable pensar en esa aseveración cuando lo primero que uno nota en el filme es la voz en off que narra demasiado, y lo segundo, una música imprudente, que pretende un papel protagónico en el filme, pero no ayuda al conjunto.

El argumento desarrollado, por Salazar y Traverso, es rico en anécdotas, muchas de ellas basadas en hechos reales, lo cual es muy atractivo desde el punto de vista histórico y biográfico. La sola mención, por ejemplo, de Juan Lechín en su época de crack del fútbol, emociona. Sin embargo, sobre las precisiones históricas me remito al formidable comentario que hizo del filme Ricardo bajo, alguien que realmente conoce el tema y que podía haber sido consultor en la producción. 
Sigo. Ciertos personajes son más creíbles que otros… Con esto quiero decir que algunos actúan con mayor naturalidad y otros tienden a la caricatura, pero ya sabemos que un actor es alguien que puede modelarse, y, que, al final, la responsabilidad de la dirección de actores recae sobre los autores de la película, aunque en este caso pareciera que cada actor tuvo mucha libertad de interpretar su personaje a su manera (quizás por eso el Víctor Zalles de Luigi Antezana resulta un tanto caricatural). 

Veo mis notas, tomadas en la oscuridad de la sala (no como Julio de la Vega, quien tenía una puntabola con luz), y rescato lo bueno de este filme, que es un tributo sincero a un episodio histórico importante para los bolivianos, y que está motivado por valores humanos fundamentales: la amistad por encima de todo, el amor a la patria, el coraje frente a la muerte, el valor de la familia, etc. El personaje principal encarna todo eso. Mariano Velasco Romero (Christian Martínez) es un joven absolutamente bueno, estudioso, esforzado y apasionado. De esos que se enamora cuando niño y cultiva ese amor toda la vida. Con la misma fidelidad y pasión se une a The Strongest o marcha a la Guerra del Chaco.  Es un personaje perfecto, sin contradicciones. 

El “arco dramático” (una expresión que les gusta usar a mis estudiantes de cine) tiene una progresión lógica, aunque en su primera parte muy larga y reiterada. Para establecer la personalidad del personaje, su relación con quienes lo rodean y el contexto de Bolivia en aquellos años, asistimos a numerosos entrenamientos, partidos y campeonatos de fútbol entre barrios (San Pedro versus Los Obrajes, y otros). Tantos que se llevan la mitad del filme, hasta que aparecen las primeras alusiones a la Guerra del Chaco. 
En el esquema de un filme convencional, el clímax del arco dramático es la ruptura que se produce cuando el fervor patriótico hace que todo el equipo de The Strongest y 600 fanáticos del club sigan la consigna de “pisar fuerte en el Chaco”. Y en la segunda parte del filme, transcurrida ya una hora de proyección, lo hacen al grito de ¡Huarikasaya K’alatakaya!, mientras salen del túnel de Cañada Esperanza (como si salieran del túnel del estadio) dispuestos a dar lo mejor de sí mismos en una de las pocas batallas ganadas por Bolivia. Allí se reiteran escenas de solidaridad y de amistad que se proyectan más allá del sentido de pérdida y de muerte, y no cabe duda de que son escenas enternecedoras, de mucha carga emocional. Lamentablemente, todo ello con muy poco análisis crítico, que es más o menos obligatorio cuando se hace una reconstrucción histórica y se mencionan nombres y hechos reales. Los jóvenes que marcharon al Chaco manipulados por gobernantes irresponsables y carentes de estrategia y logística, fueron empujados por un patriotismo sin respaldo real, a una muerte que su entusiasmo no podía evitar. Hay escenas que sugieren esa falta de apoyo a quienes estaban en el frente (falta comida, agua, armas), pero todo ello con tanta sutileza que pasa desapercibido. 

El filme está narrado con una fotografía y con encuadres y movimientos de cámara magníficos, y una “paleta de color” (otra expresión que usan mis estudiantes) que refleja el imaginario que nos transmiten las fotos antiguas, amarillentas porque, con el tiempo, el químico del fijador tiende a homogeneizarlas. Me saco el sombrero dominguero para saludar la fotografía de Gustavo Soto, la producción de Pilar Groux, la dirección de arte de Serapio Tola y el vestuario de Melany Zuazo, realmente impecables. Todas las locaciones de filmación son estupendas, y se agradece las interpretaciones mesuradas de Fernando Arze, Christian Martínez, Christian Vázquez y Reynaldo Pacheco, actores con mucha experiencia. 

Entonces, si todo parece tan “en su lugar”, ¿por qué salgo de la sala con la sensación de que me falta algo? Quizás porque todo está demasiado prolijo y carente de contradicciones y, a la vez, narrado en un estilo de telenovela donde las actuaciones de algunos personajes dejan la impresión de ajustarse a la pequeña pantalla. Así como he identificado más arriba las fortalezas en el argumento, en la fotografía, producción y dirección de arte, quiero mencionar las que a mi juicio son debilidades: el comentario en off excesivo con datos que no interesan en la propuesta dramática (la historia minuciosa de los campeonatos de fútbol), la música omnipresente y melosa que impregna la cinta buscando protagonismo propio (sin desmerecer que la composición pueda ser de calidad), la falta de una mirada crítica sobre la guerra, y algunas actuaciones y diálogos poco convincentes. 

A pesar de sus limitaciones, Fuertes es una película boliviana que hay que ver porque se suma a un puñado de producciones recientes muy significativas de una nueva etapa profesional en nuestra cinematografía, que no ha perdido su vocación social. Pienso en Muralla, de Gory Patiño, Lo peor de los deseos, de Claudio Araya, o Cuando los hombres quedan solos, de Fernando Martínez, entre otras dignas de ser vistas y comentadas.

@AlfonsoGumucio es escritor y cineasta 

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