“Las mujeres solemos formar tribus para sostenernos”

Con Codex Corpus, una poética exploración de la muerte, la escritora y gestora cultural cochabambina que vive en Santa Cruz logró el reconocimiento del jurado.
sábado, 09 de noviembre de 2019 · 00:02

Milen Saavedra  / La Paz

Una obra poética que explora el inicio de la muerte -que a veces es un proceso- y de la muerte en sí -que es algo que probablemente no tiene un final-, fue elegida por el jurado del Premio Nacional de Poesía Yolanda Bedregal como la ganadora de este año.

    La autora es la  narradora, poeta, feminista y gestora cultural Paola Senseve Tejada conversó con Página Siete sobre su escritura, el momento literario femenino en el país y su posición frente a la legalización del aborto. 

       ¿Cómo fue el proceso de escritura del libro Codex Corpus? ¿Por qué el título?

Fue un proceso largo, sin apuros y con mucha paciencia. Son alrededor de cuatro años de trabajo en los que también hubo intentos fallidos, reformulación y bastante edición.

El título es un homenaje al Codex Seraphinianus, un libro completamente encriptado, al mejor estilo poético, la pureza misma. Además, creo que es en los cuerpos, especialmente de las mujeres, donde se escriben ciertos códigos fundamentales.

       ¿Qué hará con el premio?

Voy a tomarme un tiempo considerable para dedicarlo solo a escribir. Es algo necesario que jamás he podido hacer y ahora que lo decidí, me genera a la par pánico y emoción.

       ¿Cómo se animó  a postular?

Me animé porque sentí que tenía un trabajo avanzado que ya podría sostenerse solo. Esa parte siempre es difícil, decidir cuándo cerrar o terminar de editar, borrar, aumentar y cambiar para enviar la obra a los otros ojos.

       ¿Cuál es la importancia de las mujeres, las de su familia y las mujeres en general, en su literatura?

En literatura prefiero hablar y escribir de lo que tengo más cerca, aunque no lo entienda, aunque lo conozca por completo, aunque solo me lleve a levantar cuestionamientos. 

Creo también que las mujeres solemos formar tribus para sostenernos, para mantenernos con vida, pasarnos información, arrullarnos. Tejemos relaciones solventes y complejísimas que nos ayudan a sobrevivir en el mundo de los hombres. Y no lo menciono con ánimos de hacer una victimización romántica, todo lo contrario.

         Siempre se dijo que las mujeres han estado relegadas en el mundo de la literatura y los referentes nacionales son generalmente hombres, ¿cómo ve el papel de las mujeres actualmente en este campo?

Es un hecho, nuestra memoria e historia oficial recién está rescatando figuras como la de Hilda Mundy o María Virgina Estenssoro. Y el rescate lo han hecho otras mujeres con mucha dedicación, como una postura política feminista.

Ahora mismo se sigue necesitando de ese arduo trabajo de visibilización porque siguen existiendo brechas escandalosas y son más los hombres publicados, leídos, reseñados y estudiados sin otro reparo que la continuidad de los sistemas de poder.

En Bolivia académicas como Blanca Wiethüchter, Alba María Paz Soldán, Virginia Ayllón, Emma Villazón, Giovanna Rivero, Magela Baduoin y Liliana Colanzi hicieron y hacen un titánico trabajo por lo propio.

       ¿Qué lectura hace de la sociedad boliviana ante la ola de feminicidios y violencia que estamos viviendo?

No queremos comprender los motivos reales de la violencia contra las mujeres. No escuchamos a las feministas que vienen estudiando y hablando del tema desde siempre. Nuestros sistemas y medidas no funcionan porque niegan sistemáticamente el machismo, la violencia naturalizada en la socialización de lo masculino. La sociedad comunica constantemente que los cuerpos de las mujeres les pertenecen a los hombres. Esos mensajes se convierten en la pedagogía oficial porque son leyes, como la penalización del aborto.

Si como sociedad no legalizamos el aborto, lo garantizamos sin distinción alguna de clase y no aceptamos que las formas de socialización de lo masculino son violentas; pues los feminicidios, las violaciones y las agresiones contra las mujeres no van a parar.

       Ha pasado de la narrativa a la poesía, ¿cómo ha sido esa transición? ¿qué le permite decir el poema?

Ha sido muy natural, pero a medida que pasaba el tiempo y el impulso escritural fui comprendiendo que la poesía me sacaba de mis propios límites, ya que por concepto no los tiene. En el camino experimenté con poesía visual y concreta, fui sacando a la poesía del libro para que converse con la realidad inmediata, la volví a meter al libro cuando había sido creada para estar fuera, intenté escribir sobre distintos cuerpos para poder tocarla y otras exploraciones. Todo eso es poesía. Y ahora, si vuelvo a hacer narrativa, estoy segura que va a estar inevitablemente ligada a la poesía.

       Hay en Latinoamérica, en general, y en Bolivia, en particular, una gran tradición de poesía, de todos los estilos. ¿Qué poetas considera imprescindibles, por qué?

Me cuesta muchísimo esas preguntas porque las palabras como “imprescindible” son totales, y no admiten error ni omisión. Pero te puedo contar a qué poetas repaso, desde mi subjetividad, con constancia. Mis búsquedas particulares me llevan a la rareza, el riesgo y la experimentación. En Bolivia a Hilda Mundy, Emma Villazón, Mónica Velásquez, Eugen Gomringer. Luego te puedo mencionar a Marosa Di Giorgio, Juan Luis Martínez, Blanca Varela, Carlos Oquendo de Amat, Raúl Zurita, Idea Vilariño.

       ¿Qué deben significar los premios para un escritor?

No me atrevo a decir qué deben significar, para cada individualidad es distinto. Para mí, por ejemplo, este premio es una gran declaración de amor a mi abuela. Sin embargo, me siento más cómoda diciéndote creo que lo que habría que evitar es que signifiquen seguridad y complacencia.

   Parece un designio que el premio nacional rinda homenaje a  Yolanda Bedregal ¿Qué opina de ella y de su obra?

Pienso que es justísimo que el premio lleve su nombre porque es el recuerdo constante de una gran carrera, no solo en literatura, llena de reconocimientos y trabajo en pro de la cultura y el arte en Bolivia.

 

Fragmento

hace mucho que no hago nada, mamá
ningún movimiento muscular 
o espásmico

 

soy un cúmulo de resistencia
rumiando un relámpago que no llega
esperándolo 
para poder escribir
y rotar sobre mi propio eje genético

un segundo después de tu muerte, abuela, 
nuestros cuerpos se van a tornar
en cristal

en plastilina sumergida en agua
o en el rigor de una espera
infectada por la impaciencia


hace meses que no hago nada, mamá
nada que te pueda inflar el pecho de orgullo


me he limitado a sacar la basura
en bolsas negras
a masticar carbohidratos
a imaginar qué haremos el día
en que el cuerpo de mi abuela
se desintegre en luz que
posteriormente se posará
con todo su peso


sobre nuestras narices

Confidencial

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