“Vivimos una época aterradora en la que se normaliza el fascismo”

El reconocido narrador cruceño presenta la edición boliviana de la novela que cierra una etapa realista de su obra. “Me interesa ser local sin ser folklórico”, dice.
domingo, 31 de marzo de 2019 · 00:04

Liliana Carrillo V. / La Paz

El escritor Maximiliano Barrientos ha rozado el terror de los mundos en destrucción en su obra. Lo  hizo en su novela En el cuerpo una voz y también en La desaparición del paisaje, cuya edición boliviana se presenta el viernes. Lejos de la ficción, para el reconocido autor cruceño, “lo francamente aterrador es la euforia de esta época en la que se está normalizando  la ultraderecha”.

La desaparición del paisaje, publicada originalmente en 2015 por la editorial española  Periférica, se lanza ahora en Bolivia con la editorial El Cuervo. La presentación paceña será este viernes (19:00) en la Cinemateca.  

Todo autoexilado que regresa a la tierra de sus afectos es siempre un extraño. Con esa premisa,  Barrientos cuenta en La desaparición del paisaje la historia  de Víctor Flanagan, quien siendo muy joven escapó de su natal  Santa Cruz para no revivir la historia de violencia y alcohol de su padre. Ahora que ha vuelto a casa, tendrá que enfrentarse a la soledad de quien sobrevivió  a sus muertos.

Sobre esta novela y otros asuntos, no sólo literarios, conversamos con Barrientos, uno de los narradores más reelevantes de las letras nacionales.

Ha dicho que  La desaparición del paisaje    clausuró una etapa “realista” en su obra. Su narrativa ahora transita por otros ámbitos, es el caso de su más reciente novela distópica En el cuerpo una voz. En ese sentido, ¿cuál es su expectativa con la edición boliviana de La desaparición…?

La novela es una especie de bisagra, ya que si bien cerró una etapa, contiene algunos temas que luego fui explorando, como la violencia. Hacía tiempo que queríamos sacarla con Fernando (Barrientos, editor de El Cuervo) en Bolivia, por suerte conseguimos los permisos de Periférica y la publicación se hizo  realidad. Ojalá que encuentre buenos lectores en Bolivia como los encontró en España y en algunos otros países latinoamericanos. 

Aunque corresponden a etapas distintas, sus dos últimas novelas se desarrollan en mundos en destrucción (el familiar de Víctor  Flanagan  en La desaparición del paisaje  o el país posible en El cuerpo una voz),  ¿por qué?

Quizás porque la literatura funciona en esos espacios de disolución en los que las certezas se suspenden. Supongo que sin crisis no hay tensión, y la literatura se monta alrededor de una tensión, ese es el motor básico de toda narrativa. 

La trama de La desaparición del paisaje va a contrapelo de un mecanismo que funciona en otros textos suyos, que es el del viaje como sanación. ¿Qué papel juega en la trama el retorno?  

Quería explorar lo que ocurre cuando la huida acaba. Ese fue el primer impulso de la novela. Quizás se podría pensar en La desaparición del paisaje como la contracara de lo que planteaba Hoteles. En ambos libros el pasado es una fuerza gravitacional, pero se lo encara desde dos momentos distintos: en el primero desapareciendo, entregándose al viaje sin destino. La disolución como un paliativo a la ausencia de redención. En el segundo, regresando al lugar en el que ya no se encuentran los afectos. El que regresa nunca es el mismo que el que se marchó, esa adulteración en la identidad del que vuelva me interesaba, pensaba que podía narrarla. 

A diferencia de sus anteriores libros, La desaparición…  tiene acento y personajes cruceños. 

Supongo que poco a poco eso se fue dando en mi escritura. Me interesa que la prosa tenga distintos registros, uno elevado y otro bajo. Ese contraste es importante, la oscilación, la transición de uno a otro no sólo otorga verosimilitud al texto narrativo, sino que también lo enriquece, lo vuelve algo vivo. Me interesa ser local sin ser folklórico. Se puede escribir sobre la aldea desde los mecanismos narrativos que surgieron en las distintas vanguardias. Creo que esa es la vía para escapar del provincianismo. No hay libros más provincianos que aquellos que se esfuerzan por ser modernos, por ser universales. Y eso es algo que se ve bastante en España, por ejemplo, o en algunos países latinoamericanos. 

Desde Los Daños hasta  En el cuerpo una voz  está presente un protagonista –hombre, milenial, descreído, intelectual– que cambia de nombre y circunstancias pero sigue siendo el mismo, me parece. ¿Es una versión de Maximiliano  o –a  lo Flaubert–  su personaje es usted?

Tengo mis dudas con lo de milenial e intelectual. Nunca me pongo a pensar cómo va a ser un personaje, me parece que eso lo vuelve acartonado. Pienso las circunstancias, las situaciones, y lo dejo sólo ante ciertas adversidades. De acuerdo a cómo va reaccionando se construye el personaje.  Primero es la acción, luego la psicología. 

“Los libros que quiero escribir ahora y en 30 años cuentan la vida del cuerpo”, dijo en 2014. ¿Ha radicalizado esa posición con En el cuerpo una voz, donde la experiencia corporal pasa por la tortura y el canibalismo?

Me interesa ahora una escritura que no exponga al sujeto, sino al cuerpo antes del sujeto, por eso me interesa  explorar géneros como el terror o lo fantástico, que me permiten mayores posibilidades narrativas que las de cierto realismo que venía practicando con los primeros libros y que creo concluye con La desaparición del paisaje. Los géneros son dispositivos, herramientas que se adaptan a ciertas búsquedas narrativas en la medida en que los libros no terminen encasillándose. Ese coqueteo, esa promiscuidad es bastante sana. 

En el cuerpo una voz imagina una Bolivia futura, divida y terrible; pero, ¿cómo ve el presente, cómo ve   la Bolivia actual?

Es difícil saberlo. La ultraderecha se ha vuelto un peligro en todo el continente. Creo que contra eso tenemos que apuntar y tomar las medidas necesarias para que no llegue a Bolivia. Vivimos una época en la que se está normalizando el fascismo y en la que se quieren revivir ciertas prácticas que pensábamos enterradas –como la vulneración de los derechos humanos–, y todo esto está surgiendo en un ámbito de euforia, en muchos casos de euforia religiosa, que es francamente aterrador. 

Se lo ha comparado con Raymond Carver, quizás por su ascetismo narrativo; pero usted no cita a autores bolivianos como referentes, ¿no tiene ninguno? ¿De dónde viene como escritor? 

Soy un recontra fan de la poesía de Jaime Saenz, es uno de los grandes. Mis referentes varían, ahora me siento lejos de Carver, aunque eso no disminuye el profundo cariño y la admiración que le tengo. Me siento más cerca de lo que hace gente como Otomo, P. K. Dick y VanderMeer, por ponerte tres ejemplos. 

Autor y editor,    en la presentación del libro en Cochabamba.
Foto: Centro Patiño

¿Cómo ve a su generación literaria? Pienso en Rodrigo Hasbún, Liliana Colanzi o Sebastían Antezana, por ejemplo.

Los escritores que mencionas son muy talentosos y tienen obras diversas que en buena medida han rejuvenecido la escena literaria boliviana. Me siento agradecido de pertenecer a la misma generación. 

¿Qué libro y qué película (dada la  influencia del cine en su narrativa) se llevaría a una isla?
Me llevaría Hospital Británico de Viel Temperley, la poesía de Saenz, Zbigniew Herbert y de T. S. Eliot. Me llevaría las primeras pelis de Cronenberg y los videojuegos de Hidetaka Miyazaki: Bloodborne, Dark Souls 3 y Sekiro. 

¿En qué obra trabaja ahora?

Estoy trabajando en un libro de cuentos muy raros que va a ser más extenso que los otros tres que he publicado.

HOJA DE VIDA

  •  Maximiliano Barrientos    Nació en Santa Cruz de la Sierra, en 1979. Es uno de los escritores latinoamericanos más relevantes de su generación.
  • Obras   Publicó los libros de cuentos Los Daños (2006) Diario (2009), Fotos tuyas cuando empiezas a envejecer (2011) y Una casa en llamas (2015).
  • Novelas   Hoteles (2011), En el cuerpo una voz (2017) y La desaparición del paisaje.

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