El regreso de Bazoberry: La Guerra del Chaco

domingo, 14 de abril de 2019 · 00:00

Alfonso Gumucio Dagron

Hay películas que tienen derecho a una segunda vida.  Es el caso de  La Guerra del Chaco  (40 minutos) de Luis Bazoberry García, recuperada por la Cinemateca Boliviana y hoy restaurada y exhibida en una copia renacida, pulcra, libre de rayas y asperezas.

El trabajo de restauración -en un país que no tiene las condiciones técnicas de otros-, fue realizado por dos jóvenes amantes del cine: se hizo cargo de la imagen Luis Alberto Tapia Heredia y del sonido Alberto Fabián Velasco Aguanta. Ambos merecen el agradecimiento de los espectadores que luego de ocho décadas pueden ver este documento de valor histórico incontestable.

Me siento particularmente cercano a la vida accidentada de esta película, que vi por primera vez hace varias décadas, lo que me permitió escribir un detalle muy pormenorizado de sus escenas en mi  Historia del cine boliviano, que luego de 12 años de investigación terminé de escribir en 1980 y que se publicó recién, por razones de golpe mayor, en 1982.

Cercano y adolorido, porque mi investigación sobre  La Guerra del Chaco  me costó las cuatro muelas del juicio. Literalmente.

Las muelas me las sacó el Dr. Bazoberry, odontólogo que ejercía en un segundo piso de un edificio antiguo en la calle Comercio, a quien frecuenté para que me contara sobre su padre, y la mejor manera de hacerlo era convirtiéndome en su paciente a lo largo de varios meses. Recuerdo no solamente el dolor de las  muelas extraídas (el doctor afirmaba que tenía raíces de Homo Neandertal), sino del despertar de la anestesia con éter, una experiencia espantosa.

Lo importante de esa historia, dejando a un lado las anécdotas, es que en un momento dado en 1975 o principios de 1976 el Dr. Bazoberry me dijo que pensaba vender la película de su padre en el extranjero, y fueron necesarias varias sesiones en su sillón de tortura para convencerlo de que pronto se iba a crear la Cinemateca de La Paz y que ese documento gráfico era patrimonio histórico y cultural de Bolivia.  De ese modo se pudo conservar en el país y ahora restaurar gracias al apoyo del “Fondo concursable municipal de promoción y desarrollo, salvaguarda y difusión de las culturas y las artes” (FOCUART) que obtuvo la Cinemateca Boliviana.

No tuvo la suerte Luis Bazoberry García  de contar con el apoyo oficial con que contaron otros cineastas para realizar documentales en el Chaco.  Por el contrario, enfrentó dificultades que tuvo que resolver completamente solo.

Luis Bazoberry García era un buen fotógrafo. A finales de 1924 hizo una muestra de retratos, en las vitrinas de la joyería Buck y en la Casa Ortiz, que impresionó al cronista de La República. El comentario anuncia que Bazoberry trasladará “en próxima fecha” su taller de Cochabamba a La Paz. En efecto, meses más tarde se publica un anuncio donde leemos que se ha instalado en los altos de un edificio en la esquina de la calle Comercio y Socabaya (probablemente donde estaba el consultorio de su hijo años más tarde), pero que solo atendería “hasta agosto” pues pensaba trasladarse a Buenos Aires. No sabemos si llegó a Buenos Aires, pero sí que fue secretario privado del presidente Hernando Siles y que en 1925 hizo una parte de las fotos del álbum del Centenario de Bolivia editado por el gobierno de Saavedra.

Al estallar la guerra, Bazoberry no fue movilizado inmediatamente, sin embargo, a pedido del Dr. Aurelio Melena, director general de Sanidad en Campaña, aceptó la misión de realizar un álbum de fotografías sobre los Hospitales de Campaña. Asimilado como Mayor de Sanidad en Villamontes, fotografió los hospitales de retaguardia, pero apenas transcurridos ocho días fue llamado por el general Peñaranda y el coronel Toro  para que se hiciese cargo de la Sección Aerofotogramétrica en reemplazo del coronel Alemán Gundewiter.  Este trabajo desempeñó Bazoberry en los meses siguientes, volando con los aviadores Santalla, Jordán, Nery y otros.

Bazoberry no se limitó a fotografiar, sino que filmó la guerra “con un juguete de máquina filmadora” –para utilizar sus propios términos, y tuvo que luchar contra el pesimismo de sus superiores para convencerlos de que “algo saldría”.  El “juguete” era, según su hijo, una pequeña cámara Pathé, pero según un artículo de la época se trataba de una Kinamo.  En cualquier caso la cámara solo aceptaba rollos de 25 metros.

A lo largo de la guerra impresionó cerca de 25.000 metros, filmando día a día escenas cotidianas en los campamentos y en el frente.  La pasión con la que encaró el proyecto fue objeto de burlas, pero él persistió a pesar de las dificultades, tantas en el momento de filmar como después: cuando ya había impresionado una buena cantidad de rollos, descubrió con tristeza que el calor del Chaco (40 grados)  había inutilizado una buena parte de lo que había filmado.  La película se había convertido en una masa inservible.  Desde entonces optó por enviar los rollos a su familia, a Cochabamba, a medida que filmaba.  Cada toma duraba 25 segundos, tiempo apenas suficiente para captar una escena que refleja en qué ambiente vivían los combatientes.

Al concluir la guerra, Bazoberry se trasladó a España en octubre de 1935.  En Bolivia no había infraestructura cinematográfica suficiente para hacer el trabajo de posproducción.  En Barcelona hizo revelar la película y descubrió que el 60 % del material no servía.  El clima del Chaco seguía luchando en su contra. El cónsul de Barcelona, Dr. Rafael Ballivián, le extendió un documento certificando lo que había sucedido con la película.  Con 3.000 metros en buen estado tuvo Bazoberry que montar  La Guerra del Chaco en los laboratorios Bosch (Barguño, según su hijo).  Para financiar el costo que representaba el trabajo de laboratorio, trabajó para esa misma empresa filmando cortos comerciales. Más de un año vivió sacrificadamente esa situación, mientras la familia pasaba por una circunstancia no más ventajosa en Bolivia. Hizo el montaje, y post-sincronizó la película con un comentario sobre la guerra.

El estallido de la guerra en España coincidió prácticamente con la terminación de todo el proceso.  Bazoberry obtuvo cuatro copias, y regreso a Bolivia en el trasatlántico Américo Vespucio, en el que viajaba  también monseñor Quirós.

Aunque la guerra había terminado meses antes, la película no tuvo el éxito que había conocido  La Campaña del Chaco, quizás porque la derrota había enfriado ya los ánimos que pudieron estar caldeados cuando la guerra recién había comenzado.  El filme se estrenó en el Teatro París a fines de septiembre de 1936, pasó a principios de octubre al Cine Mignon, y se exhibió días más tarde en el Teatro Municipal.

Más que un documental, el filme es un documento visual, un informe narrativo que rinde homenaje a los héroes de la guerra pero también a la hermandad entre los soldados y oficiales paraguayos y bolivianos. Su principal problema en términos históricos  es que no habla de la derrota de Bolivia (para no bajar los ánimos nacionales), por ello son para algunos poco comprensibles las imágenes de confraternización entre los dos ejércitos, casi de buenas a primeras, como si abruptamente la guerra hubiera terminado en tablas.

La película que hizo no le aportó ninguna satisfacción, ni reconocimiento, salvo del teniente coronel Germán Busch, Jefe del Comando y más tarde Presidente de la República, quien le envío una nota de felicitación firmada con lápiz rojo.  El 3 de agosto de 1964 murió Luis Bazoberry, “aquel gran señor de la bondad, el arte y la profunda simpatía humana de su conducta”, según escribió Armando Montenegro en una hermosa nota necrológica.

 @AlfonsoGumucio (twitter) es escritor y cineasta

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