La crítica de cine y el espectador

domingo, 12 de mayo de 2019 · 00:00

Alfonso Gumucio Dagron

Mi hermano menor me reprochó que, en alguno de mis comentarios sobre cine, yo había contado “el final” de la película, y que eso le había quitado las ganas de verla. Me puse a reflexionar sobre el tema y llegué a la conclusión de que los críticos de cine no siempre tenemos claro para quién escribimos.

En mi caso, lo hago para los que leen crítica de cine –aunque parezca una obviedad– es decir para una parte insignificante de la población.  Además, suelo escribir para los que leen crítica de cine sobre películas diferentes, y no las que saturan la cartelera, como ha sucedido recientemente con una película que se exhibía abusivamente en todas las pantallas de un centro comercial, sin ofrecer otras opciones al “consumidor”. Tengo claro que no escribo para la gente que hace largas filas para llenar esas salas y que pasa el tiempo haciendo bulla, comiendo pipocas malolientes y mirando sus celulares. Esos espectadores no me interesan, aunque entiendo que sean objeto de estudio de colegas que investigan patrones de consumo.

En la década de 1970, solía publicar en “Semana” de Última Hora extensos ensayos críticos sobre películas comerciales muy taquilleras, con el propósito de desmontar sus contenidos. Con sincero entusiasmo me dedicaba a desmenuzar hasta el esqueleto a películas como  King Kong,  El exorcista,  Aeropuerto, La torre infernal, y otras que antes de estrenarse ya tenían garantizada una audiencia sumisa porque venían –como ahora– precedidas por un intenso bombardeo de publicidad. Mi análisis de  Love story, por ejemplo, me valió un comentario entusiasta del escritor Augusto Céspedes. Con eso me bastaba.

Esos desmontajes del lenguaje cinematográfico de las películas taquilleras fueron incorporándose a un libro todavía inédito:  Hollywood: fenómeno e ideología. Entre tantos proyectos, quedó postergado en parte porque ya no me interesa ver películas comerciales.

Ahora escribo para gente que tiene curiosidad por el buen cine y que se inclina más hacia la calidad narrativa. Los cineastas que saben contar una historia me interesan más que los que repiten fórmulas seguras de narrar.

¿Qué sería de la historia de  La Soga  o de  Los pájaros, ambas de Alfred Hitchcock, en manos de un director con menos genio? Lo mismo podríamos decir de la literatura: las historias de  Cien años de soledad  no podrían ser contadas por otro escritor que no fuera Gabriel García Márquez, o las de  Rayuela  por otro que no fuera Julio Cortázar. Los comentarios que escribimos los críticos de cine son para que la gente se aproxime a la narrativa de una obra, no solamente a la trama. Lo mismo con una novela: importa la historia pero sobre todo la manera de narrar.

The Washington Post publicó hace tiempo una lista de las diez mejores películas sobre Romeo y Julieta, la historia de William Shakespeare que todos conocemos pero que vemos cada vez con ojos nuevos dependiendo de quién la haya adaptado al cine. Hay más de 50 versiones de  Romeo y Julieta, pero unas pocas son las que valen la pena.

En el panorama actual de la crítica de cine en Bolivia constato que los que escriben sobre cine se han multiplicado, en parte porque ahora es fácil publicar en internet, ya no necesariamente en un diario o revista. En la década de 1970, cuando comencé de novato a ejercer la crítica de cine inspirado por predecesores como Eduardo T. Gil de Muro, Julio de la Vega o Luis Espinal, no había por supuesto ni internet ni DVD, y la única forma de ver cine era en las salas. En poco tiempo se añadieron a esa labor Pedro Susz y Carlos Mesa, con quienes llegamos incluso a conformar una asociación de críticos de cine, CRIBO, que publicaba en el Semanario Aquí las recomendaciones sobre los estrenos.

La proliferación actual de críticos con pretensiones de “ruptura” no es necesariamente sinónimo de mejores análisis, aunque las posibilidades de ver buen cine se han multiplicado: DVD, Vimeo, YouTube, Cinemateca Boliviana, etc., permiten acceder a prácticamente todas las producciones, incluso las más recientes. 

Casi todas las publicaciones impresas tienen sus críticos de cine regulares, entre los que destacan los que escriben en el suplemento  La Ramona del diario Opinión (Espinoza, Laguna y otros), los cuatro que publicamos en Página Siete  y, por supuesto, Pedro Susz con sus columnas en La Razón. Pedro ha sido el más constante y prolífico crítico de cine en Bolivia, y el más tesonero porque se ha dado el trabajo de reunir en cinco tomos (3.259 páginas en total) sus “papeles de cine”, publicados por Plural con el título “40/24”. Confieso mi admiración y también la enorme pereza que me daría hacer lo propio: digitalizar miles de páginas amarillentas y reunirlas en libros.

Reconozco el valor de realizar esa reunión de textos dispersos cuando se trata de un crítico tan experimentado y con una trayectoria tan prolongada como Pedro Susz. Se debería hacer lo propio con Julio de la Vega y con Luis Espinal, por ejemplo.

También me parecen importantes las antologías de crítica sobre películas o sobre periodos históricos, como las compiladas por el grupo Cinemascine:  Insurgencias: acercamientos críticos a la obra de Jorge Sanjinés  o  Extravío: acercamientos críticos a Olvidados, o como lo hicieron Espinoza y Laguna en dos libros con intención histórica:  El cine de la nación clandestina. Una aproximación a la producción cinematográfica boliviana de los últimos 25 años (2009) y  Una cuestión de fe: Historia (y) crítica del cine boliviano de los últimos 30 años (2011).

El aporte reciente de Mauricio Souza,  Después de Sanjinés: una década de cine boliviano (2009-2018) va en ese mismo sentido. Se trata de compartir reflexiones sobre películas que van construyendo periodos históricos. Souza es, además, uno de los más agudos críticos de cine y ya tiene una trayectoria suficiente como para comenzar a recoger sus escritos de prensa en libros.

De lo que no estoy seguro es de que todo texto sobre cine que se publica en algún diario tenga que convertirse en libro, sobre todo cuando se trata de comentarios sin profundidad de análisis, que no rebasan un nivel descriptivo bastante superficial. Hay una suerte de “búsqueda de visibilidad urgente” en la nueva generación de comentaristas de cine, que resulta en libros que no tienen necesariamente una estructura porque están hechos de pedacitos dispersos. En otras palabras, carecen de capacidad analítica y de esfuerzo de investigación científica.

Los folletos que producen las propias salas de exhibición suelen incluir notas informativas con breves descripciones de películas, pero eso no es crítica cinematográfica.  Si lo que se quiere es estimular la capacidad de comprensión de los cinéfilos, se necesita algo más de profundidad y de pensamiento crítico. Una cosa es el acopio indiscriminado de todo lo que se escribe, y otra muy diferente la selección de lo mejor que un autor ha producido (algo que debería hacerse luego de una trayectoria fecunda, y no cuando se dan los primeros pasos). Las antologías son útiles cuando están guiadas por criterios de calidad. De otro modo, las páginas de los libros improvisados (sobre todo aquellos mal impresos) también se sueltan y se las lleva el viento.

@AlfonsoGumucio es escritor y cineasta

Confidencial

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