De Melgarejo a la Luna, un paseo por la Larga Noche de Museos

Desde la plaza Murillo, pasando por la calle Jaén, hasta San Jorge, la población paceña se volcó a las calles para disfrutar de la actividad cultural.
lunes, 20 de mayo de 2019 · 00:02

Manuel Filomeno  /  La Paz

“La fila llega hasta la entrada de la Casa Grande Del Pueblo, da la vuelta a toda la manzana” dice un joven a su novia en la plaza Murillo, son las 17:45 y faltan 15 minutos para que el Palacio Quemado abra sus puertas.

Mientras esperan y la fila se va haciendo más larga, las vendedoras de dulces y comida van tomando su lugar en los alrededores de la plaza y esta se va llenado de aromas.

A las 18:00, luego de un cambio de guardia algo accidentado, pero emotivo y de varios empujones y gritos, la gente empieza a ingresar al Palacio Quemado, donde, luego de dar una vuelta por el hall de la antigua casa de Gobierno y observar una simple pero bastante comprensible exposición sobre la historia boliviana.

“¡Belzu ha muerto! ¿Quién vive?” Una figura barbuda se apoya en una de las columnas que sostienen la escalera del Palacio Quemado y la gente responde “¡Viva Melgarejo!”, la figura entonces procede “a mostrarles su casa” y el paseo continúa en la segunda planta.

Lidia Gueiler espera en el salón de gabinete, su semblante es sombrío mientras lee su último mensaje presindencial y rememora episodios de su vida ante la atenta mirada de los espectadores.

El recorrido continúa por escaleras y pasillos hasta llegar a la moderna Casa Grande del Pueblo, en la que se exponen obras de arte y algunos de los logros del Gobierno.

Melgarejo  recibe a los visitantes del Palacio Quemado.

Rosita vive en sus recuerdos

Afuera el viento sopla, enfriando los cuerpos que buscan calentarse con café, api o cosas más fuertes. El camino hacia la calle Jaén esta repleto de vendedores.

Ofrecen desde bebidas hasta artesanías, otros venden comida y en la puerta del Hogar Quevedo un anciano canta una cueca algo desafinada.

Las filas son largas, pero los visitantes a los museos no se desaniman y se mueven como en un carrusel, lentos pero seguros.

En medio de la calle empedrada, un cuadrado de luz llama la atención de los ojos curiosos.

Adentro, cuadros, recuerdos y vestidos de la recientemente fallecida actriz Rosita Ríos muestran una parte de su vida.

“Se la extraña, esta era una de las fechas en las que más se la podía ver”, dice una persona dentro del pequeño museo que se ha armado en lo que fue su casa.

En una de las habitaciones un maniquí vestido con las prendas de uno de sus personajes más queridos preside la mesa, cubierta de sus recuerdos.

“Mira, mamá, la Tía Núñez”, una adolescente señala con el dedo la mesa y su madre asiente con la cabeza. “Es como si estuviera aquí con nosotros”, responde después de suspirar y mirar a su alrededor.

En la calle, la gente se detiene para tomarse fotografías en la entrada del pequeño repositorio.

Las luces, colgadas de los balcones señalan el camino a los otros museos de la vía, mientras el carrusel continúa con su paso lento y las viejas casas se llenan de vida.

El espacio, la frontera final

Desde el casco viejo, fijamos el rumbo a la avenida Arce, un viaje tortuoso por la cantidad de gente en las calles.

En el camino, más filas y vida en los repositorios. Música y danza en algunos de ellos y muda solemnidad en otros.

Cerca de la avenida Camacho el paso se acelera, las muchedumbres quedaron atrás y fueron reemplazadas por una importante congestión vehicular, pero eso no importa, al espacio se llega volando y eso es lo que haremos.

En la estación celeste de Mi Teleférico se ha montado un escenario y al menos dos docenas de jóvenes hacen break dance al rito de un DJ, la gente aplaude y alienta a sus favoritos.

Desde la cabina del teleférico se pueden ver las concentraciones de gente en diferentes puntos, como si fueran puntos en un vasto tablero.

La cola para entrar a la Embajada de Estados Unidos llega hasta la calle Campos y es una de las más animadas.

“Voy a ver la luna a través de un telescopio”, grita un niño a su madre, quien responde con la cabeza y sonríe.

La entrada al edificio diplomático es lenta, hay que pasar por los controles habituales, pero vale la pena.

Dentro, una veintena de funcionarios guían a los grupos de visitantes vestidos como astronautas y los llevan a través de una exposición interactiva por la historia de la exploración espacial.

Una piedra lunar, el róver, telescopios apuntando al satélite y una representación iluminada de la luna volvían al más serio en un niño de nuevo.

“Siempre quise ser un astronauta, ahora lo seré para la foto”, dice riendo un señor de unos 40 años mientras mete su cabeza a una figura de cartón prensando con la forma de un traje de exploración espacial.

Saliendo de la Embajada las calles continúan llenas y  las filas siguen moviéndose lentamente, la noche es joven aún.

Una guía  relata pasajes de la vida de la actriz Rosita Ríos.

 

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