Viaje sin camino

domingo, 26 de mayo de 2019 · 00:00

Alfonso Gumucio Dagron
Lo primero que se me ocurre decir de Wiñay (2019), largometraje de Álvaro Olmos, es que es una película honesta. Es una película sin pretensiones en el buen sentido: su ambición no es la espectacularidad, sino la introspección. Se agradece la sencillez del tratamiento y la simplicidad de la historia.

Algo de espectacularidad hay, legítima, en este viaje de dos mujeres jóvenes hacia lo desconocido, pero se justifica porque no puede existir desplazamiento de un territorio valluno y sobrio, a uno tropical y lujurioso sin que se note. No es una concesión, es una necesidad.

Cambiar de espacio vital es sano para cualquiera que enfrenta una situación de crisis existencial. Dos mujeres, una francesa (Susane, interpretada por Marie Soriano) y otra boliviana (Sole, interpretada por Sarah Tamayo) están en crisis de pareja: a la primera la abandonó el hombre que era una de sus motivaciones para quedarse a vivir en Bolivia, y la segunda abandonó a su marido. La primera se autodefine como rutinaria, no proclive a las aventuras (aunque luego habla de sus aventuras en otros continentes) y la segunda todo lo contrario, aventurera.

Lo que une a ambas, sin haberse conocido antes, es el propósito de hacer un “viaje” con ayahuasca (“vino del alma”), la poción ritual indígena cuyo contenido de alcaloides y psicotrópicos produce alucinaciones reveladoras. Para ese viaje interior ambas tendrán que emprender un viaje por caminos tortuosos que llevan a un punto perdido en el mapa, donde las esperan los maestros de la ceremonia de ayahuasca. Todos los arreglos se hacen por internet, porque al fin y al cabo, indígenas o no, este es un mundo moderno y (probablemente gracias a algún satélite) se sugiere que hay conectividad en lo más profundo de la selva. 

La intención del realizador es hacer un mix de road movie y drama psicológico, pero me temo que en ambos propósitos el resultado se queda a medio camino. 

Por una parte el viaje físico (en meat space, diría mi amigo John Perry Barlow), está lleno de baches en el tratamiento del guión. Cito alguno como ejemplo: llegadas a un pueblito del camino para descansar la primera noche, las invitan de buenas a primeras a bailar y a beber, de modo que pasadas las horas cuando regresan de madrugada al jeep de Susane, éste ha desaparecido. Casi estaba cantado al ritmo de la música del baile. Las denuncias a la Policía a veces sirven, puesto que el jeep aparece mágicamente abandonado en una cancha de fútbol, con sus cuatro ruedas, su motor intacto, sólo que sin gasolina. Susane y Sole van a buscarlo, sin que la Policía aparezca de nuevo, ni siquiera para cerrar el caso. 

Otra inconsistencia notable es que cuando las dos mujeres (ahora amigas, unidas por el destino) llegan al lugar anhelado, se encuentran con los dos maestros de ceremonia demasiado apurados por regresar a la ciudad.  Es decir, ni siquiera viven allí ni están dispuestos a regalarles una noche más a estas arriesgadas mujeres que han llegado hasta ahí luego de atravesar peligrosos campos de maíz, en uno de los cuales Susane sufre uno de sus varios desmayos. 

El trópico de Cochabamba es muy lindo, pero, por las razones que todos conocemos y que hacen infeliz a este país, no es precisamente el paradigma de la selva tropical amazónica, donde cabría extraviarse porque no hay poblaciones cercanas. Cuando las dos protagonistas se extravían en el bosque, no deja de notarse que hay cultivos e incluso una construcción de concreto abandonada. 

En cuanto al viaje interior, la búsqueda de sí mismas, si bien no se realiza a través de la ceremonia de ayahuasca, se enriquece en la relación entre ambas mujeres, que es quizás lo más rescatable de la película de Olmos, y probablemente su motivación principal para hacer el largometraje. Susane y Sole no solamente tejen una amistad venciendo sus diferencias y la desconfianza inicial, sino que crecen (wiñay significa “crecer”) en la medida en que comparten sus experiencias pasadas y sus dudas sobre el horizonte de sus vidas. 

Al final no encuentran soluciones, porque eso sería demasiado simplista y un fallo del tratamiento, sino que deciden continuar juntas la búsqueda de sí mismas aislándose en medio de la supuesta selva “a dos días de camino del poblado más cercano”.  

Desde el punto de vista de la realización, el filme está bien hecho, a pesar de tratarse de una producción de bajo presupuesto, realizada casi “sobre la marcha”. La idea de combinar el drama psicológico con el viaje es oportuna, ya que si fallara la densidad psicológica quedarían los percances del camino. 

Las actuaciones de las dos protagonistas sin experiencia cinematográfica anterior son buenas, quizás en parte porque interpretan sus propios roles y lo hacen con naturalidad y frescura. Hay una clara conexión entre el director y sus actrices. Algunos planos secuencia con cámara en mano subjetiva y voz en off, y las tomas de flash back intercaladas, ayudan a adentrarse en la psicología de ambos personajes, aunque sin descubrir nada fuera de lo previsible. 

La fotografía es funcional, no hace alarde de los paisajes y usa el dron con discreción para situarnos en el viaje a vuelo de pájaro.  A veces, el uso de cámara lenta es meloso e innecesario, pero no son muchas las tomas de ese tipo. El sonido de pájaros añadido a la banda sonora es a veces estridente, quizás con la intención de colocarnos en el contexto de la “selva”. 

Sin duda es un filme bien intencionado, de ahí que incluye escenas algo mistificadoras de la población local. Los campesinos acogen siempre con el corazón abierto a Susane y a Sole, en los momentos en que más ayuda necesitan, sobre todo Susane con sus quebrantos de salud. Las buenas intenciones no siempre se traducen en buenas películas, pero Wiñay se deja ver sin que haya momentos de exasperación. Es una obra que fluye sin necesidad de artificios, por ello me parece honesta en el sentido de que no pretende más de lo que el director se propuso: narrar la búsqueda de estas dos mujeres para saber dónde están paradas en sus vidas, y qué pueden hacer de ahí en adelante. 

Otro aspecto interesante es la tenue frontera que existe entre el cine de ficción y el cine documental, cuando se trata de exploraciones dramáticas como Wiñay. Si bien existe un guión (probablemente con un margen de improvisación), el estilo de narración es testimonial y subjetivo, lo cual lo acerca al documental, mientras que los “accidentes” del camino constituyen la parte argumental, donde los diálogos no son necesariamente buenos. 

Aunque no sea una obra lograda totalmente (de acuerdo a los enunciados de su director), Wiñay se suma a exploraciones valiosas en el cine boliviano actual, como Eugenia de Martin Boulocq, El río de Juan Pablo Richter, y El corral y el viento de Miguel Hilari, entre otras.

La ventaja de los nuevos realizadores del cine boliviano es que manejan bien a través de internet las ayudas internacionales, los concursos y múltiples festivales, de modo que sin mucho esfuerzo consiguen producción, distribución y una mayor visibilidad. 

Al final de la proyección la memoria me brinda una frase: “se hace camino al andar…” El verso más emblemático de Antonio Machado me sirve tanto para calificar a Wiñay como a su director, Álvaro Olmos. Un cineasta hace camino al andar, y en este caso valoro su propuesta de realizar una obra intimista, con profundidad psicológica, antes que una película de vocación estrictamente comercial.

@AlfonsoGumucio es escritor y cineasta

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