Jorgenr ique Adoum y el cine

domingo, 07 de julio de 2019 · 00:07

Alfonso Gumucio Dagron

El viernes 3 de julio de 2009, Ecuador perdió a su escritor más importante, Jorge Enrique Adoum, quien acababa de cumplir 83 años el 29 de junio. Para respetar su voluntad, sus cenizas fueron enterradas en “el vientre oscuro y fresco de una vasija de barro”, junto a las de Oswaldo Guayasamín, bajo el frondoso “árbol de la vida”, un pino en el jardín de la casa del pintor en el barrio Bellavista, en las alturas de Quito.

Yo quiero que a mí me entierren

como a mis antepasados

en el vientre oscuro y fresco

de una vasija de barro.

Cuando la vida se pierda

tras una cortina de años

vivirán a flor de tiempo

amores y desengaños

La canción une íntimamente a ambos amigos y a otros que en una noche de bohemia, entre tragos y versos, compusieron tan emblemática música y letra: Jorge Carrera Andrade, Jaime Valencia, Hugo Alemán y los creadores de la melodía,  Gonzalo Benítez Gómez y Luis  Potolo  Valencia. (Por mi amistad con Alejandra Adoum, tengo una foto del manuscrito original, pero si la pongo aquí pasará como con mis fotos de Saenz, Cerruto, Zavaleta, Espinal y otros: cualquiera se siente con derecho sobre ellas).

Entonces, Adoum poeta, narrador, ensayista, autor de obras de teatro y de centenares de artículos de prensa, dejó una obra frondosa que ha sido recogida en sus Obras (in)completas publicadas en una bella edición por la Casa de la Cultura Ecuatoriana.

Sobre su vida y obra no hay mejor documental que el que realizó Pocho Álvarez, que ya he comentado en otra oportunidad. Por la amistad de Pocho con la familia Adoum, ese documental es el testimonio más hermoso sobre el escritor, un verdadero regalo.

Jorgenrique, como le gustaba firmar en sus últimos años, era además un amante del cine y en su ejercicio como periodista escribió crítica cinematográfica. La más difundida de todas sus novelas, Entre Marx y una mujer desnuda (1976), fue escrita con imaginación cinematográfica. Sobre ella hizo un largometraje el cineasta Camilo Luzuriaga en 1996, tratando de respetar la belleza del texto. Traducir en imágenes una novela extensa no es un desafío fácil, pero el director lo logra. Es más, a 23 años del estreno del filme lo he vuelto a ver y encuentro un encanto particular en su manera de envejecer.

La textura áspera de las imágenes, la iluminación contrastada y a veces precaria, y en general la fotografía realizada en condiciones de producción poco favorables, le otorgan “cuerpo” al largometraje, como el que adquieren los buenos vinos que se conservan a través del tiempo sin volverse vinagre. Las escenas nocturnas son magníficas precisamente por sus imperfecciones, lejos de la limpidez plástica que es tan fácil de lograr con cámaras digitales.

La película sigue el libreto del libro. Es la historia de un escritor que en la década de 1960 narra la vida de su amigo de infancia Galo Gálvez, dirigente del Partido Comunista del Ecuador, que tiene una mirada crítica sobre la manera de operar de ese partido anquilosado, separado de la población, encerrado en su discurso dogmático y doctrinario… Nada nuevo, así han sido los partidos comunistas de todos nuestros países, parece que ni uno solo se salva. De hecho, ninguno se salvó.

El narrador es a veces narradora y ocupa alternativamente el alma de sus personajes, adultos o niños, ya que se trata de un grupo cuya amistad se remonta a la infancia. Entre ellos hay una afinidad más profunda que la ideología o la política de circunstancias, y es por eso que el filme, al igual que la novela, teje con fino humor el relato de ese grupo que frecuenta un conventillo de varios pisos, donde también mora el respetable Karl Marx, que aparece y desaparece con facilidad, para jugar billar con los demás o lanzar frases en alemán que nadie entiende, hasta la escena final donde en vez de impresionar con sus sentencias filosóficas, se lanza a hablar en “ecuatoriano” de todos los días.

Cortázar, tan amigo de Adoum, sentenció a los escritores solemnes y no podía concebir una literatura alejada del humor. Un humor fino, por supuesto, no una sucesión de chistes chacoteros. Ese humor fino atraviesa la novela y la película, sostenidas ambas sobre dos ejes que giran vertiginosamente: la ideología y la sexualidad, o si se quiere: la política y el amor.

Hay amor y hay amores, no solo entre hombres y mujeres que se conocen desde niños, o que el personaje escritor imagina entre sus personajes escritos, sino también el amor de la amistad profunda, el amor por la vida, el amor por la justicia, por la verdad y por la libertad. Como la novela, el filme subraya las contradicciones entre los problemas sociales colectivos y los personales e íntimos.

Los fieles amigos y amigas de Galo Gálvez, que lo acompañan todo el tiempo y que lo cargan (porque es paralítico desde niño), toman progresivamente distancia de la burocracia que no duda en mostrarse oportunista cuando conviene acercarse al poder. No basta gritar “Abajo la dictadura” y tratar de explicar a los campesinos el significado del cisma sino-soviético, porque con toda la razón los indígenas los sacan a pedradas. Ese proceso de darse cuenta de la estupidez de los aparatos partidistas es el que se narra con una mirada crítica (pionera en la novela, por la fecha en que fue escrita y publicada).

Las escenas que imagina el escritor (Adoum y su personaje, ambos) están bellamente representadas en el filme, algunas con impronta surrealista (haciendo el amor entre dunas de arena), otras inspiradas en la gran pintura clásica europea. Las actuaciones son frescas y los personajes enternecedores porque incluyen la vivencia autocrítica y la mirada poética sobre la vida: “Cada uno de nosotros se creía el sol” o “El amor es secundario si se lo compara con la agricultura”.

Termino con la frase que es el entronque entre cine y literatura: “Mi novela debe ser como una película hecha de imágenes vagas e imprecisas”.

@AlfonsoGumucio es escritor y cineasta  

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