Le gai savoir

domingo, 18 de agosto de 2019 · 00:03

Alfonso Gumucio Dagron 

Fue en 1938, en Bringing up baby de Howard Hawks (con Katharine Hepburn y Cary Grant (él mismo homosexual), que se utilizó por primera vez en el cine la palabra “gay”. Pero pasaron décadas antes de que la sociedad reconociera que la homosexualidad no era una enfermedad o una perversión.  

Desde que se abrieron los clósets a fines del siglo pasado, nos olvidamos que la palabra “gay” en inglés (gai en francés, gayo en castellano) tiene como sinónimos: alegre, vistoso, jovial, feliz, animado, exuberante, boyante, vivaz… y otros similares. Tu me manques (2019), el más reciente largometraje de Rodrigo Bellott, viene a recordarnos esos significados porque muestra el amor homosexual con una normalidad que las sociedades más retrógradas han querido escamotearle hasta ahora. 

Sin embargo, no todo es alegría y pasión amorosa en el largometraje, puesto que narra un drama que nace de la propia experiencia del director y probablemente de muchos que han pasado por episodios similares: Jorge (el actor argentino Oscar Martínez) descubre luego del suicidio de su hijo que Gabriel era gay y que mantenía en Nueva York una relación amorosa con Sebastián (un excelente Fernando Barbosa), otro inmigrante boliviano. Nacido en una familia muy conservadora de Santa Cruz, Gabriel es prácticamente empujado al suicidio en Miami, cuando la familia le exige regresar a Bolivia. 

El padre, quien  no conocía bien a su hijo, viaja a Nueva York para encontrar explicaciones en Sebastián y en los amigos de la comunidad gay (hay una hermosa secuencia de testimonios de jóvenes gay), y ese viaje significa para él un aprendizaje, un proceso de conocimiento y toma de conciencia que constituye el alegato central de Tu me manques. A lo largo del filme se contrastan valores morales y generacionales, a través de un guion muy elaborado y muy bien llevado a la pantalla (a partir de la obra de teatro de Bellott). 

Ese es, en síntesis, el argumento. Pero ya sabemos que buenos argumentos no hacen necesariamente buenas películas. Si bien el tema es de gran importancia actual (sobre todo en un país conservador como Bolivia), la película de Bellott ofrece mucho más. 

Tu me manques teje una trama compleja en la que se mezclan tiempos y espacios y a veces se superponen dentro de una misma secuencia con mucha versatilidad. Gabriel, ya muerto desde que comienza el filme, revive en la memoria de Sebastián, de Jorge y de los amigos gay a través de una dramaturgia bien pensada, que involucra muchos personajes e incluso tres actores que interpretan a Gabriel (algo que no deja de ser caprichoso, puesto que en el filme no se llega a entender en qué se diferencian). 

La ficción cinematográfica se entreteje con la obra de teatro que prepara Sebastián en memoria de Gabriel, que en la realidad “hors-champ” fue creada por Rodrigo Bellott. La obra teatral aporta a la obra cinematográfica hasta cierto punto, sobre todo en las secuencias en las que se subraya la emotividad de los actores, todos masculinos. Sin embargo, conspira contra ella en los minutos finales del filme porque introduce una especie de noticia periodística que nos dice que la obra se presentó con éxito en Santa Cruz, que la gente aplaudió, bla, bla. La obra de teatro (o más bien la coda sobre ella) se “come” el desenlace del filme y es ajena a la obra cinematográfica, pues la prolonga vanamente, en lugar de concluir con el retorno del padre a Bolivia. 

Los actores-personajes de la comunidad gay de Nueva York son entrañables en su manera de relacionarse con humor y picardía, algo que a Jorge (el padre) le permite levantarla venda de los ojos y el estigma católico sobre la homosexualidad (la escena sobre la biblia es excelente, por el cuestionamiento crítico de las cartas de San Pablo). A ratos los personajes resbalan en el estereotipo (me comentó un amigo gay que vio el filme), y no aparecen personajes homosexuales femeninos, pero ello no le resta a la representación una gran naturalidad y complicidad. Es una obra madura para la que ya no caben las disculpas propias del cine boliviano que se esconde detrás de la pobreza del quehacer cinematográfico en nuestro medio.

Toda obra de arte está hecha de préstamos y de homenajes. Tu me manques me hizo recordar Le gai savoir, tanto la obra original de Nietzsche como la película de Godard. En ambas abundan las frases sobre la humanidad, sobre el conocimiento, sobre las crisis, sobre la importancia de aprender con alegría.

En sus apuntes y aforismos sobre la vida, Nietzsche escribió: “¿Qué significa la vida? Vivir quiere decir arrojar constantemente lejos de uno aquello que tiende a morir; vivir quiere decir ser cruel e inmisericordioso con todo lo que hay de débil y de reprimido en nosotros, y no sólo en nosotros”.

En el largometraje de Godard, la teatralidad de las escenas y de los personajes permite concentrarse en un discurso que tiene frases que bien podrían repetirse en el filme de Bellott. En un escenario vacío que reproduce el eco de las voces teatrales, dice Jean-Pierre Léaud: “Y naturalmente, como siempre, estamos solos”, y a esa frase sigue la réplica de JulietBerto: “Evidentemente, estamos todavía en la Edad Media”. Aunque ambos se refieren al desierto de la política francesa inmediatamente después del fracaso de Mayo de 1968, el texto nos remite a la “alegría del conocimiento”, el “saber más” para acercarse a las soluciones de los problemas.

Pero al igual que las películas de esa época realizadas por Godard, la voluntad didáctica corre el riesgo de anular los planteamientos estéticos y dramáticos. En Tu me manques los últimos 15 minutos deshacen un camino que se había planteado en el inicio del filme. 

Desde el momento en el que el  actor-padre comienza, en la escena de la obra de teatro en la que súbitamente aparece incorporado, un monólogo de cómo se le abrieron los ojos sobre la realidad de su hijo homosexual, se pierde el encanto. Ese discurso sobra, porque las palabras no pueden remplazar el proceso que ha vivido el personaje en Nueva York en la comunidad gay, y que lo ha ayudado  a entender sus prejuicios y limitaciones. Basta la formidable actuación de Oscar Martínez a lo largo del filme para que el espectador entienda esa transformación a través del conocimiento y la experiencia, y no sea necesario un discurso didáctico. Menos aún, enterarse de manera extemporánea (a través de una entrevista que sirve para tapar agujeros) que en realidad Sebastián nunca conoció al padre, que el padre es un actor más, etc. cuando el espectador ya se había enamorado de ese personaje que va en busca de la verdad sobre su hijo.

Con sus virtudes y sus limitaciones, como cualquier obra de arte, la película de Bellott tiene todos los elementos para lograr una carrera internacional importante, ya que cuenta con dos actores de mucha trayectoria, como Rossy de Palma (favorita de Almodóvar) y Oscar Martínez, y toca un tema que no puede ser de mayor actualidad en sociedades que reconocen los derechos de las comunidades LGTBI, y practican ahora una discriminación positiva para contrarrestar la injusta marginación en la que vivieron (y siguen viviendo en algunos países).

@AlfonsoGumucio es escritor y cineasta 
 

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