Reseña teatral

Silencio y cadencia en el contrabajo

martes, 10 de septiembre de 2019 · 00:04

Anahí Maya Garvizu Poeta

El solo del contrabajo es el título del monólogo protagonizado por Cristian Mercado y dirigido por Percy Jiménez en base a una adaptación de El Contrabajo, del escritor alemán Patrick Süskind (1981). Narra la historia de un músico —que ha superado los cuarenta años—, y la relación que tiene con su instrumento mediante una sucesión de reflexiones en las que el tono oscila entre la calma y la vehemencia. Melomanía, soledad, hastío y desamor son algunos de los temas en la obra.

Sobre la mesa dos botellas de cerveza, dos sillas dispuestas, el contrabajo en la sala, un sillón, un tocadiscos, su colección de vinilos: “A veces tocamos pasando por alto al director sin que él se de cuenta. Le dejamos dar pinceladas en el aire hasta que se cansa (...) Son placeres muy secretos que casi no se deben mencionar”, dice el contrabajista mientras se mueve en un escenario armado con precisión. Los colores de los muebles dan la sensación de un tiempo impreciso.

Ver la obra con mi amigo Víctor Diaz J., contrabajista en Bolivia Clásica, hace la experiencia mucho más particular. A medida que el protagonista va dosificando de a poco el humor —irónico, descreído y desde el tedio—, la historia se hace más entretenida y captura la atención en el dinamismo del drama y la comedia. No podemos evitar reír al relacionar las dificultades del personaje para moverse con un instrumento tan grande y ampuloso con su experiencia en la vida real. Mi amigo recuerda con gracia las veces que estuvo a punto de no llegar a varios conciertos por no conseguir un taxi en el que pueda entrar su instrumento.

Interpretado de una manera magistral, el personaje se encuentra conflictuado por la monotonía de sus días. Se enfrenta a su propio oficio, agotado por el ritmo sombrío de la burocracia, de su empleo fijo, siente el hastío de leer partituras sin ir a ningún lugar. Él mismo se alienta y vuelve a caer en el abismo vertiginoso de los pensamientos: "(…) pensar es una cosa demasiado seria para que cualquier aficionado tontee con ella", dice ensimismado.

Sin hijos, sin amigos, aparentemente sin familia, pasa su tiempo libre escuchando sus discos de vinilo. El erotismo ha estado envilecido por la presencia de su contrabajo hasta transformarse en una sombra en la que se oculta la soledad. Declara su amor por la joven Sarah, mezzosoprano de la orquesta, desatando una serie contradicciones, de posibilidades y fracasos si le confesara sus sentimientos. Fantasea con un futuro y retrocede.

Impetuosamente repasa las vicisitudes de haberse dedicado a la música, la trascendencia de su instrumento y reprocha que todos conozcan a Paganini pero nadie a Bottesini, un virtuoso del contrabajo.

Es valorable el riesgo de la propuesta, un personaje que no se queda en la timidez o la rabia en la privacidad de la casa. El actor no teme llevarlo más lejos de su aparente conservadurismo y disciplina. No lo deja en el agradado que el público pueda tener hacia un desdichado. Da un paso más y se transforma en alguien siniestro de quien se podría esperar lo mejor y lo peor.

Finge estar en el tercer atril, se rebela, grita frenéticamente, piensa que si lleva a cabo su plan, ese acto podría salir incluso en los periódicos. Habría ruido entre la jerarquía y disciplina de la orquesta: el grito del contrabajo.  El público ríe.

La propuesta, maneja perfectamente el humor y el pesimismo. Un monólogo íntimo porque alguien se dirige a nosotros para contarnos su vida y por ello se ríe de un modo silencioso, para uno mismo. Se disfrutan las referencias a Brahms, Bach, Beethoven, entre otros y se asiste al crescendo en que es envuelto el personaje.

Nada tan agradable como ver una obra que permita acercarse a la vida de un músico en un tiempo impreciso y alejarse un instante de la estridencia de lo cotidiano.

Sin grandes pretensiones, El solo del contrabajo es el tipo de representaciones que se espera ver. Deja la intensidad del texto en la memoria, producto del trabajo esforzado y la madurez artística. Pienso en el escritor y músico Pascal Quiqnard y en su libro Odio a la música, en la gran Jacqueline du Pré o en el director Philip Glass, incluso en el mismo Bottesini, creo que les habría gustado ir al teatro a ver este monólogo sobre la música y el silencio.

La obra se presentará el domingo 15 de septiembre, a las 19:00, en el Teatro Nuna.

Confidencial

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