Cuando los paramilitares se reciclan

domingo, 19 de enero de 2020 · 00:03

Alfonso Gumucio Dagron 

Luego de verla por segunda vez, aquello que más me interesó en la película Cuando los hombres quedan solos (2018, estrenada en 2019), de Fernando Martínez, es su manera de sugerir que la historia es cíclica  y que no siempre nos ayuda a profundizar la democracia. 

Filmada durante el periodo del llamado “proceso de cambio”, la tesis del filme es que aquellos dispositivos de represión que sostienen los golpes militares y los regímenes autoritarios  se reciclan y se mantienen intactos de un gobierno a otro, en una macabra sucesión que opera en las sombras. Como diría Juan Ramón Quintana, el poderoso brazo derecho de Evo Morales: “En todo gobierno, alguien tiene que hacer el trabajo sucio”.  

Este es un proyecto que tuvo un largo periodo de gestación, interrumpido y postergado varias veces, y una de esas veces nada menos que por la muerte accidental de su director, cuando recién había concluido la filmación del largometraje. Esa tragedia no impidió que la productora ejecutiva, Viviana Saavedra, concluyera el proceso de posproducción de acuerdo al guion y a las indicaciones originales del director. Hay quienes, habiendo visto el primer corte, me dicen que en el proceso de edición de imagen (Daniel Moya), sonido (Ramiro Fierro) y música (Mau Montero), Viviana Saavedra se constituyó en artífice de la obra. 

Hay maneras diferentes de contar la dictadura militar de García Meza. Hice en 1982 un libro que ganó el Premio Nacional de Testimonio del Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA) en México, y hay otros libros publicados sobre el tema, pero si mi información es correcta esta es la primera película argumental donde se aborda ese periodo histórico tan violento como absurdo, producto de la ambición personal de un militarote torpe y corrupto. 

El inicio es documental porque se trata de situar el momento histórico: julio de 1980, golpe militar de Luis García Mesa y de su brazo derecho, Luis Arce Gómez. Sobre el sonido del discurso inaugural del dictador  se tejen imágenes de tanques, soldados, paramilitares y víctimas como Luis Espinal y Marcelo Quiroga Santa Cruz, de quienes sabremos más a medida que se desarrolla el largometraje. 

Aunque no se especifica un orden cronológico preciso, (porque una de las virtudes del filme es ir alternando 1980 con mediados de la década de 2010 sin una progresión lineal), la acción argumental comienza con el asesinato de Luis Espinal, cuyo cuerpo acribillado es abandonado en un basural de Achachicala. Ese primer acto nos permite conocer a los tres paramilitares que guían la narración: Carlos Camacho (Ariel Vargas, en la versión “joven”), Alberto (Raúl Beltrán) y Arturo, un convincente Jorge Jamarlli en el papel del paramilitar argentino que no tiene nada que perder, que parece disfrutar su pequeña parcela de poder como torturador y asesino, y que envejece menos que quienes lo rodean. 

Para quien no conozca la historia reciente de Bolivia quizás muchas escenas y personajes pasen 

desapercibidos (o percibidos como episodios simbólicos antes que reales), sin embargo los directores (Martínez y Saavedra) se han preocupado de reproducir con mucha fidelidad, con base en testimonios, tanto el mencionado asesinato de Luis Espinal, como el asalto a la Central Obrera Boliviana y asesinato de Marcelo Quiroga Santa Cruz, la tortura en la caballeriza del Estado Mayor del Ejército en Miraflores y la masacre de militantes del MIR en la calle Harrington, que se muestra desde la perspectiva de la única sobreviviente, Gloria Ardaya. Estos son datos históricos concretos que impactan a quienes los hemos vivido en 1980. 

Entre los personajes claramente identificados está Luis Arce Gómez (el polifacético Luigi Antezana) con su tristemente célebre amenaza a los que denunciamos y nos opusimos al golpe militar  de que debíamos caminar con “el testamento bajo el brazo”. El sujeto se pudre ahora en la cárcel de Chonchocoro luego de cumplir 30 años de condena por narcotráfico en Estados Unidos (algo que podría suceder con los narcotraficantes vinculados al régimen de Evo Morales). 

Los espectadores desmemoriados o poco conocedores de nuestra historia  pasarán por alto la presencia de Klaus “Barby” entre los asaltantes a la COB, o del propio general Banzer (Cacho Mendieta) en la escena de torturas del Estado Mayor. Estos guiños son para confirmar lo que la historia ha demostrado desde los años 1970: Banzer estuvo detrás de todos los golpes militares de derecha. 

Sin embargo, el filme no se limita a la reconstrucción de la historia con gran H. Está también la historia (esta vez inventada) de la familia de Carlos Camacho, uno de los paramilitares, aparentemente el que más dudas tiene sobre el “trabajo” que realiza, pero resulta depositario de los archivos de la dictadura (que esconde en un cuartucho en su casa), a la vez una bomba de tiempo y un pasaporte a la impunidad. Su esposa, cuyo padre ha sido perseguido por la dictadura, se exilia en España dejando a Carlos con dos niños varones que, al crecer hasta la época actual, desarrollan personalidades y opciones de vida diferentes. 

Una cortina de animación previa al título de la película, permite un salto en el tiempo, explicando en dibujitos la evolución de la familia, y luego tenemos a lo largo del filme suficientes flash back a 1980 que explican los hechos históricos acaecidos. 

La trama de la historia familiar de Carlos Camacho (David Santalla), el abuelo paramilitar, tiene algo en común con la vida del paramilitar joven: la misoginia y el maltrato hacia la mujer. La mujer es la ausente, la que abandona, la que no entiende que todo es válido para la sobrevivencia, es la birlocha, o en el mejor de los casos el objeto sexual. 

Bajo la influencia del envejecido paramilitar, sus dos hijos varones se debaten entre reproducir ese modelo o rechazarlo. Carlos, el hijo “bueno” (Fernando Arze) es un policía reprobado que se emplea como guardia de seguridad privada en un mercado callejero, mientras que su hermano Armando  es un policía “exitoso” porque está envuelto en redes de corrupción. Es, además, misógino y machista como su padre, mal hablado, mal ejemplo para su sobrina y sobrino. Cuando la sobrina pregunta qué rostro tiene su madre, él le muestra una revista de moda y le dice que elija el rostro que quiera, porque da lo mismo. La presunción es que la madre también abandonó a sus hijos, aunque sabemos que lo hizo para buscar un mejor destino para ellos en España, y que nunca dejó de escribirles y de enviarles regalos que fueron alevosamente escondidos por el abuelo paramilitar.
La historia tiene algunos giros de sorpresa que contribuyen a confirmar que los paramilitares nunca dejan de serlo ni se arrepienten: en un momento del presente, Arturo (el argentino) y Carlos (el abuelo) “eliminan” a “Don Alberto”, el tercer paramilitar, amigo de cama, rancho y crímenes, quien, aunque hizo fortuna, nunca fue feliz (si se puede concebir tal cosa en un asesino alevoso). 

Hay agujeros en el guion, escenas de marcado melodrama, lugares comunes (como el bar de mala muerte donde los viejos “paracos” se emborrachan),  y algún personaje sobrante (como el caricatural abogado “Hugo Boss”, pésimamente sobre-interpretado), pero en general la película se sostiene gracias a la fotografía, a las actuaciones de los demás personajes, a las referencias históricas y a la narración no lineal, que es la que permite en última instancia realizar la analogía entre el totalitarismo militar y el civil del “proceso de cambio”: el mismo Luigi Antezana, no por casualidad, interpreta a un ministro de Defensa “plurinacional” con un discurso parecido al de las dictaduras, mientras los paramilitares se reciclan y los archivos de las dictadura no se desclasifican, por mucha “Comisión de la Verdad” que se ponga como pantalla de propaganda. 

@AlfonsoGumucio es escritor y cineasta

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