Santa Clara: el pasado está adelante

domingo, 05 de enero de 2020 · 00:03

Alfonso Gumucio Dagron 

En Santa Clara  (2019), dirigida por Pedro Antonio Gutiérrez, el personaje principal, Santiago Moreno (interpretado con mucho acierto por Cristian Mercado), tiene la oportunidad y el desafío de buscar el pasado en su futuro inmediato. Lo que parece ser una contradicción de términos no lo es: el pasado no resuelto está siempre en el futuro, y en este caso como una posibilidad de reivindicación, saldar cuentas con uno mismo y con los demás. 

Santiago Moreno aún era niño y escapó con vida cuando un terrateniente sin escrúpulos mató a toda su familia. En las pampas del Beni se imponía y se impone todavía la ley de la fuerza: el sonido seco de los balazos define las relaciones de poder y el silencio cómplice de la gente es una mezcla de miedo y de egoísmo. Además, Santiago ha dejado en el camino un amor que su partida dejó en suspenso y sin más noticias. La oferta económica difícil de rechazar, de arrear dos mil vaquillas a Santa Clara, el lugar de donde emergen sus recuerdos más dolorosos, constituye la trama de una historia llena de intriga y sorpresas.

Sobre esa trama Pedro Antonio Gutiérrez construye un relato verosímil que algunos han llamado “el primer western amazónico boliviano” (aunque  Mina Alaska,  de Jorge Ruiz, podría también entrar en esa categoría). Las peripecias de ese viaje de una semana por las grandes extensiones del oriente boliviano  hacen de la película algo novedoso y su excelente factura (fotografía, música, interpretaciones, etc.) le dan a la obra dignidad y calidad expresiva. El cine boliviano demuestra una vez más que goza de una calidad profesional indudable. 

Me acerqué al filme por razones afectivas atraído por la historia de las vaquillas, ya que mi padre fue el gestor, en la década de 1950, en la Corporación Boliviana de Fomento (CBF), de una empresa que algunos calificaron como “una locura”: arrear las primeras 600 vaquillas y 10 toros sementales de raza cebú (Nelore) desde Puerto Pailas sobre el río Grande (Santa Cruz) hasta Reyes (en el departamento del Beni).  En ese entonces eran más de mil kilómetros que recorrieron 34 arrieros comandados por Germán Vaca Rivera, en quien pareciera inspirarse el personaje de Santiago Moreno. Semejante aventura mereció un largo artículo de Nicole Maxwell en la revista Visión, el 17 de febrero de 1956. 

La película está situada un poco más tarde, en la década de 1960, pero el eje narrativo es similar (excluyendo las muertes y amoríos). El director hace énfasis en la sicología del personaje principal, que tiene que enfrentarse a su pasado y a una persecución sañuda por parte de una banda de malhechores (que incluye a un policía corrupto), que pretende robar el ganado y matarlo. 

Con todos estos elementos el viaje está lleno de suspenso y no resulta largo para el espectador.  La edición del filme (realizada por Juan Pablo Richter) es precisa, no tiene momentos largos o aburridos. Por el contrario, apegado a la tradición del género ofrece numerosas escenas de conflicto en las que se muestra diferentes facetas de la naturaleza humana: la lealtad, la traición, el esfuerzo colectivo, la amistad, etc. 

Hay algunos problemas en la representación del tiempo y de continuidad, pero no son mayores. Quizás la debilidad mayor de  Santa Clara  es un sesgo telenovelero que afecta los minutos finales de la película, cuando se “revela” que dos de los principales personajes supuestamente enemigos mortales son en realidad hermanos… Concesiones melodramáticas de ese tipo también estaban presentes en  Bárbara, una anterior película del mismo director. La búsqueda de mercados internacionales a veces obliga a hacer concesiones. 

Cada vez estoy más convencido de que los cineastas bolivianos tenemos dificultad en la concepción de cómo debe concluir una historia. Por lo general es hacia el final de las películas donde aparecen las debilidades de los guiones, los aspectos inverosímiles o las soluciones abruptas. 

Hay varios aspectos que sobresalen en el largometraje. Uno de ellos es la música original, con composiciones del paraguayo Fran Villalba (compositor de la música de  Siete cajas). La música inspirada en tradiciones locales le otorga una calidad especial a la banda sonora, que, sin embargo, no adquiere protagonismo, lo cual se agradece. En otras películas la música destaca tanto, que distrae la atención sobre la historia, pero no es el caso en Santa Clara. 

La fotografía de André S. Brandao es en todo momento estupenda. Destacan los planos aéreos de centenares de vaquillas atravesando campos y ríos, magníficos atardeceres y escenas de noche. Es una fotografía que fluye sin altibajos, adecuada para la historia que se narra. 

En la pantalla parece una producción costosa, pero comparada con otras películas latinoamericanas, los 400 mil dólares que costó no son mucho, aunque sabemos que no se recuperarán en el país debido a la apatía del público. Dice el director que solo en alimentar durante seis semanas a las 90 personas del equipo de filmación  se gastó 70.000 dólares. 

El cine boliviano ha volcado por lo general su mirada sobre el altiplano, reproduciendo para el mundo la imagen de un país montañoso y austero. Es sano y agradable ver que existe otra mirada en películas producidas en años recientes, donde la geografía de un país más amplio y desconocido -para los propios bolivianos- ocupa la pantalla. 

@AlfonsoGumucio es escritor y cineasta 
 

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