La otra cara del viento

A Welles siempre le fascinó el relato sobre la falsedad, consciente de que todo cineasta es un mentiroso, grande o pequeño. En plena guerra hizo ‘Todo es verdad’, donde casi nada es verdad...”
domingo, 1 de noviembre de 2020 · 00:04

Alfonso Gumucio Dagron 

Orson Welles dejó huellas profundas en el arte desde muy joven y después de muerto. Tenía apenas 23 años cuando saltó a la fama con “La guerra de los mundos” de H.G. Welles, un programa radial que provocó olas de pánico en oyentes que de verdad creyeron que los marcianos estaban desembarcando en la tierra. Y apenas tres años más tarde, su primera película “Ciudadano Kane” se consagró hasta ahora como la más importante en la historia del cine. 

A partir de allí, Welles podía hacer todo lo que quisiera, y lo hizo. Incluso, dejar incompleta una última película para que fuera conocida recién 35 años después de su muerte: “La otra cara del viento”, una obra extraña, armada con pedazos filmados por muchas cámaras diferentes para que parezca un reportaje improvisado, pero planificada de principio a fin como una sátira implacable. 

A Welles siempre le fascinó el relato sobre la falsedad, consciente de que todo cineasta es un mentiroso, grande o pequeño. En plena guerra hizo “Todo es verdad” (1941), donde casi nada es verdad porque el film es una mezcla de imágenes documentales y escenas dramatizadas. Fue el perfecto Falstaff en el cine y en la vida real, como si Shakespeare hubiera creado para él ese personaje. Y en el documental filmado en España “F for fake” (“F de falso”) construye una suerte de homenaje a un gran falsario, Elmyr de Hory, capaz de engañar a los mayores expertos en arte con sus falsificaciones de obras de Picasso, Matisse, Modigliani y Renoir. Orson Welles se incluye en ese documental, como parte del ambiente donde la frontera entre la verdad y la mentira se ha borrado.

“La otra cara del viento” es una secuencia lógica de esa fascinación por la falsedad creativa. La película fue producida en complicidad con Oja Kodar, compañera de Welles durante los últimos 20 años de su vida, y Peter Bogdanovich, director que llevó el falso documental a buen puerto luego de 40 años de iniciar la aventura. El gran John Huston fue otro cómplice al encarnar el personaje de un director de cine caprichoso y dictatorial, que celebra su cumpleaños número 70 con una película a medio terminar, llena de escenas banales y con poco argumento, y luego de una noche larga y estresante muere en un accidente automovilístico (ciertamente suicida). 

El film es una mina de oro. Tiene niveles de lectura, muchos guiños cinéfilos y apariciones sorprendentes como las de Susan Strasberg, Norman Foster, Dennis Hopper, Claude Chabrol, Paul Mazursky, Henry Jaglom, Gregory Sierra, Lilli Palmer, Cameron Mitchell y tantos otros cómplices en una aventura con incierto futuro, cuyos nombres no dirán mucho a los que no saben de cine, pero harán las delicias de los cinéfilos. Gracias a Netflix, el film se estrenó en 2018. 

Espectadores acostumbrados a la narrativa lineal de las producciones de Hollywood, abstenerse. Este es un film para los que quieren sentir energía estética usando al mismo tiempo su cerebro para no perderse los detalles. 

Welles-Kodar-Bogdanovich-Huston son el cuarteto conductor de una gran burla sobre la verdad y la mentira en el cine, y de quienes lo viven delante y detrás de la cámara. La parábola está armada como una historia dentro de otra historia dentro de otra historia… varios niveles de construcción dramática, a la manera de “El manuscrito encontrado en Zaragoza”, otra obra referencial por su estructura gótica y laberíntica. 

En el filme de Welles el director Jake Hannaford (John Huston) está a punto de terminar una película experimental, que en lo esencial narra la relación misteriosa entre una mujer muy bella de origen indígena (interpretada por la propia Oja Kodar), y un actor desconocido cuyo emblemático nombre (real) es Bob Random (“random” significa cualquiera, en este caso). La relación erótica entre ambos se desarrolla con planos fragmentados en sets cinematográficas abandonados, donde la falsedad de las fachadas se hace evidente.

La banalidad de la película-dentro-de-la-película contrasta con la trama que gira en torno al director esa noche de cumpleaños. Por una parte, angustiado por la desaparición del protagonista “John Dale”, con quien faltaba aún filmar algunas escenas, por otra, angustiado porque no tiene dinero para terminar el film y los productores le dan la espalda. Su viejo equipo de fieles asistentes lo acompaña, al igual que su “biógrafo” Brooks Otterlake (Bogdanovich) confidente con el que mantiene una relación tensa.

La fiesta que organiza en su casa para celebrar sus 70 años y el supuesto cierre de la filmación tiene un sabor agridulce: el director-estrella está rodeado de gente que lo conoce bien, tolera sus manías y lo quiere, pero también de estudiantes, periodistas y paparazzi que no lo dejan tranquilo y giran a su alrededor como moscas, con más de 20 cámaras curiosas. Este recurso plástico es fundamental en el film, ya que la suma de todas esas imágenes, ángulos y texturas permite editar un complejo collage en color y blanco y negro, con reflejos, contrastes y tonalidades muy diferentes, planos borrosos, saturados o muy cortos, una narrativa “amateur” que refuerza el falso testimonio con una riqueza que podía conseguirse con los formatos y calidades de película que se usaba en la década de 1970. Un rompecabezas para volver locos a los críticos y cinéfilos. Welles se divierte, ellos que interpreten. 

Lo importante es que cada una de esas texturas es un punto de vista. El director, Hannaford, quiere conectarse con la juventud sicodélica de los años setenta, rodeado por adoradores incondicionales, por amigos de larga data que posan sobre él una mirada crítica, y por los que buscan sonsacarle algún dato todavía desconocido. El tejido es complejo, pletórico en referencias sobre el mundillo cruel de Hollywood, una suerte de venganza póstuma de Welles, que a su vez rinde homenaje a la creatividad del cine europeo de la nueva ola. 

El director es un demiurgo que decide sobre la vida de los demás dentro y fuera de la pantalla. “Filmas grandes lugares y gente linda. Todas esas muchachas y muchachos. Los filmas hasta matarlos”, dice su voz en la última secuencia del film.

De más de cien horas filmadas, Welles y Bogdanovich dejaron este falso documental que quita la respiración por su ritmo y tensión narrativa. La mayoría de los actores falleció sin ver la película terminada. Hoy es como encontrar un tesoro tapiado en el muro de una casa en demolición. Es como el regalo de los secretos del gran Houdini, sellados durante 50 años después de su muerte. 

Los nuevos cineastas convencidos de que hacen un cine “de ruptura” (cuando están apenas descubriendo lo básico del séptimo arte) deberían estudiar a fondo esta película de un viejo cineasta con espíritu joven, un rebelde que deja armada una bomba de tiempo antes de morir.  

Welles murió a los 70 años (mi edad) el 10 de octubre de 1985. Escribir sobre “La otra cara del viento” a los 35 años de su fallecimiento, es la mejor manera de recordarlo y reconocer lo mucho que uno aprende de los grandes genios. 

@Alfonso Gumucio es escritor y cineasta

 

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